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Reflejo

Etiquetas: [Identidad]  [La Princesa Soledad]  [Reflejos]  [Reflexiones]  
Fecha Publicación: 2014-08-24T09:52:00.000-07:00



        La princesa seguía encerrada en la torre con su vestido raído y su maquillaje corrido. En la tinta azabache y húmeda de sus ojos podía verse reflejado el brillo de una luna decreciente, a punto de ser presa del mismo olvido que iba a consumirla a ella misma. Lagrimas, sus pupilas eran bañadas por lágrimas, y su iris, y sus córneas, y toda ella. Miraba a través de aquel ventanal inmenso, único testigo de su cautiverio, con su esperanza enferma y deshojada. Miraba esperando que la rescataran, sin plantearse si ella misma podría escapar de aquel lugar.

        Tan hechizada estaba por aquella pena que era incapaz de darse cuenta de que aquel torreón en lugar de ser el Himalaya era un diminuto montículo al que a penas separaba del suelo un metro de altura. Su pánico la engañaba. Y veía veinte metros donde existían treinta centímetros; donde podría saltar y correr libre por el bosque. La princesa trató de recobrar fuerzas y buscar un motivo por el que deberían de ir a por ella, pero fue incapaz de hallarlo. Cielo santo, ni siquiera podía recordar su nombre. Ni siquiera era capaz de mirar dentro de ella misma y descubrir algo que no fuera blanco. Se miraba y se encontraba ante su traje blanco y rasgado de monarca, ante su cabello largo y blanco, despeinado y absuelto de algún tipo de joya, ante su tez enferma y repleta de venas, ante sus ojos grises... Su llanto era lo único que tenía color; la tinta negra de sus lágrimas sobre unos coloretes difuminados y perdidos en la inmensidad de unas mejillas pálidas y gélidas.

        ¿Quién era?, ¿había, acaso, olvidado también cuál era su reinado? De la Esperanza, sabía que su reinado tenía esa palabra. Esperanza, ¿y qué más? Aquello a secas no podía ser su reino. La esperanza y la soledad eran una mezcla amarga que a ratos se convertía en algo ácido y repleto de edulcorante. Allá, al fondo del frondoso bosque, vio algo oscuro y lleno de cromatismo. Le gustó pero a la par tuvo miedo. De nuevo se topó con un cóctel quizá demasiado fuerte para alguien tan insulso como lo era ella. Soledad y Soledad, pensó una y otra vez. Tanto que terminó sintiéndose identificada con aquella palabra. Y le gustó el apelativo. Y decidió tomarlo como identidad antes de encontrar la suya. Al fondo percibió cómo avanzaba el color, a lomos de una dama de cabello rojo y sonrisa tierna. De mirada oscura y determinada. Soledad, pensó la princesa, aquel era su nuevo nombre. Y aquella joven su salvadora.

        Cuando estuvo lo suficientemente cerca como para tocarla fue cuando se rompió el embrujo. Y saltó por la ventana. Y se dio cuenta de lo ridícula que se veía con su disfraz blanco, y de lo patético de aquel torreón constituído por plástico y cartón. Se había convertido en una actriz de un papel que nunca había deseado interpretar; en alguien prescindible en un escenario lleno de celebridades. Fue entonces cuando la dama cromática se acercó a ella lo suficiente como para mostrarle que tenían la misma cara y el mismo cuerpo; fue entonces cuando la princesa Soledad se dio cuenta que sin comerlo ni beberlo ella había sido salvada por su propio reflejo.





El secreto de la dama del tutú

Etiquetas: [Azucena]  [Bailarina]  [Ballet]  [Imaginación]  [Peso]  [Pies]  [Tutú]  [Volar]  
Fecha Publicación: 2014-08-18T10:49:00.001-07:00




        Había una vez una joven llamada Azucena a la que le pesaban mucho los pies. Cuando se ponía a andar tenía que hacer un esfuerzo tan grande, tan grande que sus piernas chasqueaban y chasqueaban como lo haría la porcelana de dos tazas de té chino al impactar entre sí. Muchas veces tenía que arrastrase por el suelo, dado que en ocasiones le daba la sensación de que sus huesos y músculos, no pudiendo soportar semejante esfuerzo, se quebrarían y romperían como el cristal.

        Un día decidió dar un paseo por la plaza de su pueblo. Habían puesto un mercado de objetos antiguos y ajados; de aquellos que contenían esa nostalgia y poder tan característicos de haber existido años y años; de aquellos cuyo destino fue terminar en un desván. Se deslizó por aquel lugar haciendo un notorio esfuerzo por sacudir sus piernas y avanzar entre estante y estante. Sus ojos, hipnotizados por aquel revuelo de objetos, fueron fijándose en cada artículo a la venta, ansiosos ante la expectativa de poder adquirir alguno de ellos.

        Centró su atención, entonces, en un joyero de madera de arce cuya estructura, de un marrón pálido, parecía haber sido construida por un artesano dedicado y sabio. Se imaginó durante unos instantes cómo fue creado: vio a un hombre de manos callosas y mirada honesta; vio cómo lijaba cada tabla de madera y le daba forma con una sierra caladora fina; vio cómo pulía las zonas más ásperas para, finalmente, darle una tierna y delicada capa de barniz. 

        Tras aquello encontró algo que la llamó todavía más la atención: bajo el joyero había una llave para darle cuerda. Extasiada por la anticipación de pensar que contenía una maquinaria en su interior giró la llave. Y le dio una vuelta. Y otra vuelta. Y otra. Y sonó una melodía semejante a una canción de cuna. Y se abrió la tapa del joyero, dando paso a la imagen de una bailarina, que giraba sustentanda por un suelo imantado por algo más que imanes; por magia, pensó Azucena, la bailarina se movía por magia. La melodía sonó fuerte, de modo que no pudo escuchar otra cosa que no fueran aquellas hechizantes notas. Entonces fue cuando Azucena quiso ser aquella mágica bailarina. Lo deseó con todas sus fuerzas; apelando a algún tipo de deidad para que ocurriera el milagro y sus pies en lugar de ser dos losas pesadas de granito se convirtieran en ligeras plumas, propias de los zapatos de Mercurio. 

        Y ocurrió. Durante la duración de aquella canción Azucena pudo volar. Su cuerpo adquirió la misma forma que el de la dama del tutú y se deslizó por los aires alto, muy alto. No obstante, cuando la melodía terminó volvió a sentirse tan mediocre y condenada como lo estaba antes de descubrir aquel objeto único. Se dio cuenta, entonces, de que el joyero debía de ser suyo y de que nunca, por nada del mundo, debía de confesar a nadie aquel secreto.





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Etiquetas: [Abismo]  [Decisiones]  [Indecisión]  [La Princesa Soledad]  [Pozo]  
Fecha Publicación: 2014-08-08T16:29:00.003-07:00




          La princesa Soledad se mantuvo callada y un tanto ausente mientras su mirada se posaba sobre un pozo antiguo y sin fondo. Aquéllo que cayera por aquel siniestro agujero desaparecería y se sumiría en un vacío interminable. Se sentó en el borde de aquel atemorizador pozo y pensó en la idea de terminar resbalando, cosa que la aterrorizó. No obstante, ante aquella imagen encontró algo entre mórbido y divertido. El riesgo mismo de caerse la hacía sentir un extraño poder sobre sí misma. En aquel instante lo tenía todo: la gracia para seguir en tierra firme y la incertidumbre de las profundidades del abismo.

          Se sintió como suspendida de un diminuto hilo que la dirigía hacia dos caminos de los cuales no había elegido aún. Y aquello le gustó; le agradaba mantenerse en la cuerda floja, como un ignavo de los castigados cruelmente en la Divina comedia. Ahora podía entender por qué tanta gente pecaba en su indecisión: en el momento previo a la elección lo tenía todo: el sí y el no; la promesa y la realidad. La princesa Soledad quiso poder conservar aquel instante previo a seleccionar un sendero a seguir en la vida pero, no obstante, aquello era  un propósito demasiado grande para sus zapatos.

          Resignada tras aquella reflexión se alzó del bordillo del pozo y le lanzó un suspiro entre la añoranza y el descaro. Quizá en otro lugar, en otra situación y en otro tiempo habría otra princesa Soledad que fuera capaz de descubrir lo que ocultaba el abismo.






El joven suspiro

Etiquetas: [Amor]  [Besos]  [Suspiro]  
Fecha Publicación: 2014-06-26T08:48:00.002-07:00





               Había una vez un suspiro; un diminuto e insignificante suspiro que vagaba de unos labios a otros como un aventurero en busca de terreno virgen por explorar. Ese suspiro había nacido de multitud de esperas, susurros y silencios. Había conocido la tristeza que arrancaba de la boca un leve soplo de aire; había experimentado el éxtasis de una sonrisa tras la salida de la aurora; había conocido el placer de un gemido entrecortado en la cama, seguido de un murmullo perezoso y ronco de unos labios que ansiaban estar sobre otros.

               Nuestro suspiro viajó de aquí allá y aprendió con cada una de sus expediciones una serie incontable de secretos que le hicieron darse cuenta de lo importante que era su labor. Un día se acercó en su danza por los vientos hacia una pareja de adolescentes que se miraba con ternura a los ojos. Los labios de él temblaban en busca de algo que decirle a ella; los labios de ella estaban húmedos y a la espera de su compañero. Fue entonces cuando el intrépido suspiro se aproximó a ellos e hizo la magia. De los labios de ambos se escapó un soplo de aire elegante y suave. Entonces fue cuando todo cambió. Las bocas se unieron, la saliva se mezcló, el aliento se convirtió en brisa de mar y, finalmente, el suspiro descubrió lo que era un beso.

               Cuentan que desde aquel día el joven suspiro decidió tomar un nuevo propósito en su vida; conseguir besos. Robarlos, regalarlos, tomarlos... ¿Qué importaba? Besos. Para él no había nada más bello que aquello.





Hija de la luz

Etiquetas: [Crossover]  [Hija de la luz]  [Princesas]  [Soledad]  
Fecha Publicación: 2014-05-23T12:52:00.000-07:00




             Había una vez una princesa a la que denominaban hija de la Luz. Decían que era la más hermosa de todo el reino de Lemuria y que nadie, absolutamente nadie, podía negar la fuerza vital que emanaba su diminuto cuerpo. Podríamos decir que además de princesa era hada: tenía una magia tan sobrenatural que había conseguido igualarse con el mundo de los elfos, de los seres pequeños y místicos que estaban escondidos en los lugares más recónditos de nuestras casas: en el dedal de un costurero, entre las juntas de las baldosas del techo... 

             La joven princesa solía pasearse cada amanecer por los alrededores del reino; batía sus alas y se elevaba por las alturas alto, muy alto, y contemplaba las nubes. Y se imaginaba lo hermosa que sería Lemuria si cayera una lluvia de estrellas, de aquellas que concedían deseos. Podría pedirles millares de cosas: que todos los días fueran sábado, por ejemplo, y que siempre hubieran empanadillas de pisto en la despensa. Sería tan feliz viendo aquella caída de estrellas que sentiría que todo gira y da vueltas; su felicidad le daría tal consciencia del universo que vería el modo en el que orbita la luna junto a la tierra; sería consciente de la hermosa e interminable danza de los planetas en su Sistema Solar.

             No obstante la vida de la princesa tenía un lado oscuro; había desaparecido la luz de Lemuria y ella debía de recobrarla para regresar la prosperidad al reino. Para ella no fue sencillo aquello; no sabía cómo afrontar semejante batalla. Así pues decidió hacer lo que siempre le había servido de ayuda: volar. Se elevó por las alturas y viajó lejos, muy lejos; tan lejos que sintió que algo se rompía y que aparecía en un monitor. En él se podía ver un folio en blanco repleto de letras, puntos, comas, espacios, silencios... Sus ojos se deslizaron sobre aquel archivo de texto para toparse ante la historia de otra princesa. Aquella aprendiz de monarca parecía tener más miedo que ella y menos fuerzas para seguir adelante.

             —Soledad, no estés triste —le consoló con vehemencia—. Todas las princesas tenemos problemas y debemos de aprender a afrontarlos con fiereza.

             Aquel archivo de texto empezó a emanar palabras. En ellas figuraba cómo las dos princesas se tomaban de la mano y se miraban a los ojos sintiéndose identificadas. Y ocurrió. Soledad cobró vida y le dio un abrazo. Fue entonces cuando, tras aquello, ambas alzaron la vista para toparse con el rostro de la responsable de que estuviera impresa su historia, de que en aquel instante ellas tuvieran vida.






¿A qué estás esperando?

Etiquetas: [Destino]  [Libertad]  [Mundo]  [Naturaleza]  [Represión]  
Fecha Publicación: 2014-04-24T08:26:00.002-07:00



         La muchacha se quedó sentada a la sombra de un árbol de aquellos que utilizaban para decorar los parques y paliar el efecto de tanto cemento y hormigón armado. Sintió cómo el sol calentaba sus piernas, que sobresalían hacia fuera, y cómo en su espalda incidía la rugosidad de la corteza de la planta. Sonrió sintiéndose diminuta comparada con aquello que la rodeaba; insignificante. Apareció entre aquella neblina  de sofocante calor una imagen, una persona, un rostro. 

         —¿A qué estás esperando? —le preguntó aquel espectro, como haciendo alusión a que estaba embobada mirando a la nada. Como haciendo alusión que aquella era su rutina diaria. Como haciendo alusión a que era una ignava que dejaba transcurrir los días sin penas ni gloria. Como si, tal vez, careciera de algún tipo de ambición.

         Por su parte la muchacha sonrió y pensó que aquella brisa que empezaba a arrebolarle el cabello era más que agradable y que estaba acorde, además, con la humedad del ambiente. Se sentía bien en aquel lugar. Acto seguido se encogió de hombros mirando los ojos de su interlocutor, o lo que fuera aquello, y sonrió de nuevo.

         —Estoy esperando al tiempo, tratando de disfrutarlo en cada momento. Estoy esperando a los días, a las horas, al día y a la noche. A que este mundo sea un poco más justo y menos restrictivo. Estoy esperando ser libre y, por encima de todo, feliz. Y hasta que todo lo que aguardo no ocurra puedes darte con un canto en los dientes porque yo, por mi parte, seguiré disfrutando de esas pequeñas cosas que hacen que esta vida merezca la pena y tratando de quitarle hierro al asunto al resto. Puede que el mundo me diga lo que tengo que hacer pero, de momento, tengo la potestad de decidir si me apetece obedecer o si tengo ganas de invertir mi tiempo en otras cosas menos productivas pero que se acercan más a mis gustos.

         Tras aquella respuesta la joven trató de mirarlo a los ojos y de mesurar cuál sería su reacción. No obstante se topó con un montón de hojas secas que giraban y bailaban la misma melodía que la brisa que jugaba con los mechones de su pelo.





La joven de cristal

Etiquetas: [Amor]  [Corazón]  [La joven de cristal]  [Pecho]  [Sentimientos]  
Fecha Publicación: 2014-04-08T12:10:00.000-07:00


            Había una vez una joven de cristal; su estructura estaba constituida por un gélido y afilado vidrio en el que cuando se reflejaba la luz podía percibirse el arcoiris. No había persona que pudiera evitar quedarse anonadada por el resplandor cromático de su cuerpo. Por ello aquella dama había sido envidiada y presa del rechazo. Nadie, absolutamente nadie, quería estar al lado de una muchacha que tuviera el poder de eclipsar. Cuando la luz solar se reflejaba en ella las miradas únicamente se centraban en su hermosura y en el armónico modo en el que los rayos de sol se paseaban sobre sí. 

            Un día la joven conoció a un tipo mortal de piel clara y translúcida. A través de ella se podía adivinar un entramado de venas y arterias, lo cual daba pie a una desconcertante mezcla en tonos rojizos, morados y azules. La muchacha de cristal pensó que había encontrado finalmente a alguien que superaba con creces sus exóticos tonos y aquello le gustó. Fue entonces cuando se acercó a él y, hechizada, intentó tocarlo. Desafortunadamente sus manos estaban demasiado afiladas; cuando las posó sobre la piel del chico se formó un corte y la singular ramificación de venas y arterias lloró. Empezó a formarse un reguero de sangre lentamente mientras la joven pensaba que sus dedos, a pesar de ser finos y estilizados, estaban más afilados que las cuchillas. Ciertamente, toda ella cortaba. Era como un diamante; afilada, hermosa y delicada.

            Ante aquel fatídico descubrimiento el desconocido se encogió de hombros intentando quitarle hierro al asunto, antes de articular «Eso solo significa que soy demasiado mediocre para alguien tan perfecto». Ella solo pudo negarlo y revolverse, y negarlo con más ahínco. Y llorar. El joven mortal al ver que la bella dama de cristal estaba triste solo pudo suplicarle que sus lágrimas cesaran. Desgraciadamente, aquello no ocurrió. El llanto de la muchacha aumentó, evidenciando el dolor que sentía por su condena. Ella solo quería tocarlo, ella solo quería dejar de ser quien era. Odiaba que todos la miraran; detestaba los colores que desprendía su cuerpo. Quería, solo quería ser feliz, y cuando por una vez en su vida había aparecido la promesa de algo nuevo, lo perdía. Se convertía en sangre borgoña. En un reguero líquido que le indicaba un muro que nunca, jamás, podría franquear. 

            Sonó un chasquido; algo se rasgó. Y el chasquido se hizo más notorio, y aquello que se rasgó se hizo más grande. El aire, su llanto había roto el aire. Y se abrió una brecha oscura que parecía llevar a ningún lado. La joven continuó llorando y aumentando el tamaño del pozo de Nada. ¿Por qué tenía que ser ella?, ¿por qué tenía que hacerle daño? Millares de lágrimas cristalinas cayeron de forma armónica. Eran una bella cascada brillante, tan destructiva como hipnótica. 

            Fue entonces cuando un grito compitió con la pesadumbre de la muchacha. Aquel chiquillido fue agudo, estremecedor y estaba completamente plagado de desesperación. El agujero que se había formado tras la ruptura del aire estaba engullendo al humano, que se estremecía sobre la nada tratando de encontrar algún modo de huida. La dama de cristal se dispuso a tomarlo de la mano pero recordó que no podía.



Dibujo realizado por David

            Limitada por sus capacidades pensó que era horrible; un monstruo que solo servía para hacer daño. Sin siquiera detenerse para evaluar si estaba haciendo lo correcto, se lanzó de lleno en el agujero. Desconocía si aquel oscuro hoyo podría llevarle a algún lado, tal vez se iba hacia una muerte segura, no obstante aquello no le importaba lo más mínimo. Lo que verdaderamente anhelaba era estar con él; con aquel humano de hermosa piel y ramificaciones mágicas. Así pues, empezó a ahogarse junto al joven mientras sus ojos se fijaron en el cuerpo de aquel tipo; en su pecho brillaba un corazón. La dama de cristal pensó que aquello era algo de lo que probablemente carecía, dado que el el vidrio únicamente era vidrio: no necesitaba nada más para funcionar. Sin embargo él, que tenía piel, que tenía sangre, lucía algo incluso más hermoso que sus venas y arterias.

            Con aquella idea en su cabeza se sintió vacía e insignificante. Aquel tipo tenía todo aquello que ella pudiera desear. Repentinamente vio una grieta en su mano derecha, y otra en su izquierda, y otra en su vientre. Y se rompió. Su delicado cuerpo no pudo soportar aquella situación y se hizo añicos. La hermosa dama se había transformado en diminutos y hermosos trozos de cristal que brillaban mientras giraban en la nada. El joven al verla perecer derramó lágrimas con vehemencia, de similar manera a la de la chica minutos antes. Fue entonces cuando los trozos se aproximaron a su pecho como si fuera un imán. Durante unos instantes el chico esperó feliz su muerte: estaría contento de irse donde estaba ella. No obstante, aquello no ocurrió. En lugar de fallecer los pedacitos se adhirieron a la mitad izquierda de su pecho, para instantes después salir de allí sanguinolentos. De la nada empezaron a construir a una joven de piel semejante al cristal en su forma, pero suave y tersa al tacto. En su pecho residía la mitad de un corazón. El joven, por su parte, sintió cómo se volvía más dura su consistencia y cómo había perdido la mitad de un latido.

            Ambos, estupefactos, tendieron sus manos y se tocaron; aquello se sentía bien. Se elevaron, entonces, hacia las alturas: lejos de la brecha abierta en el aire, que se cerró nada más salieron de ella. Y volaron abrazados por la inmensidad del cielo. Y sonrieron abrazados porque su cuento había alcanzado un final feliz.



¿Eres feliz?

Etiquetas: [Destino]  [Dinero]  [Felizdad]  [Libertad]  [Mundo]  [Sociedad]  
Fecha Publicación: 2014-03-30T13:35:00.002-07:00




          La joven ejecutiva miró nuevamente el correo de su portátil; tenía millares de mensajes sin leer y montones de documentos por revisar. Sacudió aborrecida su cabeza y tomó un sorbo de su café favorito, cargado de azúcar para contrarrestar su amargo sabor. Aquella noche, cuando llegara a casa, se tendría que acostar muy tarde para ponerse al día; no podría leer aquel libro que había dejado pendiente o, simplemente, perder el tiempo en el sofá. 

          Conforme pasaba el tiempo se iba sintiendo más cansada y con menos ganas de tiar para adelante con aquella carga: había estudiado una prestigiosa carrera en una prestigiosa universidad, había sido la mejor alumna de aquella generación, había... Lo había hecho todo. Alcanzó la cumbre, el éxito, la fama, y aquello..., y aquello la hacía sentir vacía. ¿De qué le servían tantas cosas, tantos títulos, si no era feliz?, ¿de qué le servía tanto estudio, tanto trabajo, si conforme iban pasando los días se volvía más esclava de lo que tenía que hacer? Le prometieron una libertad falsa; le dijeron que estaría contenta el día de mañana. Y aquello... Y aquello era mentira.

          Con una determinación que se le hizo un tanto extraña y ajena tomó su chaqueta y salió de la oficina. Se deslizó por la acera con la cabeza gacha, balanceando su caro maletín de cuero y resguardada con su gabardina de El corte inglés. Todos los bienes que poseía solo la hacían sentir más vacía incluso; no anhelaba tener dinero, no anhelaba poder consentirse caprichos. En el pasado pensó que no habría nada mejor que no pasar necesidad, que tener un buen sueldo. Y ahora se sentía horrible. ¿De qué le servía todo aquello si ni siquiera lo estaba disfrutando? Su libertad, ella aclamaba solo eso. 

          Repentinamente, algo llamó su atención. Era un tipo vestido con ropa gastada y modesta que estaba arrodillado en el suelo, pintando en el asfalto con tizas un hermoso paisaje con un río inmenso, con árboles de hojas en tonos rojizos y amarillentos que decoraban tanto el suelo como sus propias ramas. Aquella tierna imagen otoñal la hizo imaginarse a sí misma ahí dentro, sin ataduras, libre, inhalando profundamente el aire puro y sin viciar. 

          El tipo parecía concentrado en el dibujo. Su mirada estaba ida, como visualizando dentro de su cabeza aquello que iba a plasmar. La ejecutiva le dedicó una sonrisa rota y se agachó para dejarle un billete de cien euros sobre la lata que había dispuesto en el suelo pidiendo limosna. Aquel hombre se giró hacia ella y le dedicó la sonrisa más sincera que aquella mujer había visto en lo que llevaba de vida.

          —¿Eres feliz? —se atrevió a preguntarle, estupefacta.

          —Todos los días. No hay ni uno en el que no dé las gracias por todo lo que tengo. —El tipo sacudió sus manos, repletas de restos de tiza, sobre su camiseta raída de forma modesta. La ejecutiva se despidió de él titubeante, antes de deslizarse calle abajo y cuestionarse si quizá había llegado el momento de cambiar de vida.












          Aprovecho para pedir disculpas por mi inactividad, creo que ahora mismo estoy demasiado estresada con la vida en general. Las cosas a veces no son como pensamos y, bueno, caemos en crisis existenciales. Solo vengo a comentaros que este blog para mí es muy importante; es el reflejo de mí misma, mi evolución como persona, y me ha acompañado en las cosas buenas y malas. Así que por favor no penséis que voy a dejar de actualizar porque no es así. Muchas gracias a los poquitos que me leéis; sois un cielo. Os quiero.



Tempus

Etiquetas: [Cambio]  [Tiempo]  
Fecha Publicación: 2014-02-16T08:59:00.002-08:00




El tiempo corre
y las cosas se lleva.
El tiempo corre
y nada se queda.

El tiempo
es viento
es silencio.
Sin aliento.

El tiempo corre
y arrastra sueños;
el tiempo corre
y quita miedos.

El tiempo
es cambio,
es nuevo.
Sin sufrimiento.

El tiempo corre
y da ilusiones.
El tiempo corre
y da temores.

El cambio
es eso;
aquello
y esto.

El tiempo olvida
y nunca espera.






Figth

Etiquetas: [Lucha]  [Motivación]  [Optimismo]  [Vida]  
Fecha Publicación: 2014-02-05T09:36:00.002-08:00



Escucha mis palabras; cierra los ojos y sumérgete en cada una de ellas. Paladéalas como si se tratara de una nana cantada por tu madre. Eres una persona maravillosa; no importa lo que digan de ti, vales más de lo que podrías mesurar. ¿Entendido? Ahora, por favor, sonríe. Sé feliz; es lo único que necesitas. Lucha por tus sueños; no mires atrás. Eres la reina de tu mundo; el soberano de tu planeta. No lo dudes ni un momento. Las dudas no son para ti: eres demasiado fuerte como para tenerlas en cuenta.

Lucha tu batalla. No te rindas nunca. Y recuerda, pase lo que pase, puedes contar conmigo.


Con este texto tan motivador vengo a informaros de que he vuelto y, pronto, leeréis cositas de mí. No os olvidéis que lo bueno se hace esperar.

Un beso y gracias a todos los que aún me leéis.


Violeta y la sirena

Etiquetas: [El Sonido del Silencio]  [Sirena]  [Violeta]  
Fecha Publicación: 2013-12-09T08:24:00.000-08:00



           La tenía en mi cabeza. La imagen de su escamosa cola, su cuerpo elegante y sus ojos aguamarina. Su pelo, ¿no he mencionado que adoraba su pelo? Era entre azul y verde, un claro reflejo del mar. El océano; ella entera reflejaba al océano. Sus mechones imitaban las olas, retorciéndose con el viento, y su cuerpo era tan ligero y suave como la espuma de mar. Era una sirena preciosa y me pedía a gritos que la dibujara. Yo sostenía el lápiz sobre la mesa del escritorio  y estaba en conflicto. Me costaba concentrarme. 

              Había sido la primera en llegar a clase, aquello estaba vacío. Ni un alma; no había ni un alma. Y mi mente pensaba «¿Cómo serán mis compañeros?, ¿tendré amigos?». Nadie me comprendía. Me sentía muda. Muda estaba aun hablando. Abría la boca, ¿y qué? Y como si no hubiera dicho nada. ¿De mis labios salían palabras? Lo dudaba, mucho. Y mi mente pensaba en lo bonita que era aquella sirena y la sirena se comía al pensamiento de no conocer a nadie en el instituto; se comía a mis miedos, y todo eso. Entonces quedábamos la sirena y yo. «En realidad me gustaba mucho hablar, aunque no me escuchara nadie. Hablaba para mí misma, que yo sí que me escuchaba. Y era feliz así. Bueno, no tan feliz como quisiera pero lo era. Además, tenía a papá y a mamá que se esforzaban mucho por que estuviera contenta; por eso los quería tanto».

           Mi mano vagó por el folio en blanco e hizo un triste boceto de su perfecto cuerpo. ¡Cómo las olas! Quería que transmitiera eso; una ola, un alga, un... Quería que tuviera muchas cosas: que me saliera tan ideal como estaba en mi cabeza. Muchas veces me desesperaba porque sentía que la señal que emitía a mi brazo para dibujar lo que pensaba estaba rota y emitía el mensaje a medias. El dibujo nunca me salía redondo. Me equivocaba mucho. Pero en aquel caso no iba a permitir que pasara; me iba a salir absolutamente genial. Había algo dentro de mí, una diminuta parte a penas perceptible, que me decía que todo me iba a salir bien.

           Entonces tuve fe y seguí adelante. Y todo se volvió extraño. Solo podía describir a mi mente pensando muchas cosas; la forma en la que se colocaba el cuerpo, el brazo, la cara... Y mi brazo moviéndose solo. Después estaba mi desesperación; mi intento por tomar la esencia de mi idea y plasmarla. Y dejarla ahí para que cuando alguien la viera sintiera lo mismo que yo cuando aquella imagen estaba bailando en mi cerebro.

           Cuando terminé estaba entre nostálgica y satisfecha. Mis ojos no se despegaban del dibujo; me había absorbido completamente. Era tan bonito su pelo, y su cuerpo, y su todo. De repente vino alguien hablando de cosas a las que no les di importancia y me lo arrancó. Rabia, mucha rabia. Me habían quitado algo muy mío. Mi sirena, mi obra. Estaba enamorada de ella...



Violeta y la crema de cacahuete

Etiquetas: [Amor]  [Clara]  [El Sonido del Silencio]  [Palabras]  [Violeta]  
Fecha Publicación: 2013-11-18T10:02:00.003-08:00




           La felicidad sabía a mantequilla de cacahuete; era salada, de sabor fuerte, y se quedaba enganchada en la garganta cuando intentaba tragarla de golpe. Y aquello era lo bueno que tenía la felicidad: la mezcla de todos aquellos matices la hacían única. Cuando mamá me hacía el desayuno pensaba que aquel sándwich de mantequilla de cacahuete era mágico, porque aunque estuviera triste mi garganta experimentaba una sensación parecida a cuando estaba contenta. Por ello de camino al instituto, con mis manos en los bolsillos, pensaba en lo rico que estaba; en lo divertido que era el espesor de su estructura; en lo bien que sabía cuando lo combinaba con el Nesquik recién hecho. Y sentía cómo el aire frío me cortaba la piel, y el cansancio, y las pocas ganas que tenía de ir a clase. Sentía muchas cosas, todas entrelazadas, y aquel revoltijo agridulce me acompañaba a lo largo de toda la mañana.

               Cuando llegaba a clase miraba a Clara todo el rato, de cerca y de lejos, discreta y descarada. E intentaba contarle muchas cosas; decirle todo lo que tenía en mi cabeza, pero aquello era imposible. La gente solía decirme que hablaba demasiado, que contaba cosas innecesarias, pero no. Lo que pasaba era que no me entendían: no se daban cuenta de que pretendía contarlo todo y en ocasiones las palabras se quedaban cortas. Con Clara era diferente, y por ello me gustaba tanto. Era la única persona capaz de expresarlo todo sin usar palabras y solo mirando a alguien a los ojos. Quería aprender cómo lo hacía; que me confesara su secreto. Y la miraba todo el rato, y la miraba embobada. Llegó a un punto en el que pensé que me estaba obsesionando: aquello no tenía que ser normal. 


              Había, también, otra cosa que me gustaba mucho de ella: a pesar de que nunca hablara cuando escribía era como si hiciera magia con las letras. Miraba a alguien y expresaba todo; redactaba una historia y con cuatro frases podía mostrar el secreto mismo del universo. ¿Cómo?, ¿cómo era aquello posible? Quizá la respuesta estaba en que no importaba tanto la cantidad, sino la calidad con la que intentábamos expresar las cosas. Frustrante, para mí era frustrante. Algún día adivinaría su secreto y sería merecedora de estar con ella y quizá, con suerte, me daría un beso: de aquellos que salían en las novelas cuando los protagonistas se daban cuenta de que tenían una conexión entre ellos. Tenía bien claro que mi conexión con Clara estaba en los sentimientos y en las palabras. Y en cómo en ocasiones las palabras se quedaban cortas y los sentimientos se comían a las palabras.







El recuerdo de Annie

Etiquetas: [Annie]  [Coser]  [Imaginación]  [Mamá]  [Señor Oso]  
Fecha Publicación: 2013-11-11T01:17:00.002-08:00




          Annie recordó cómo hizo al señor Oso con la máquina de coser con mamá. Eligió la tela más bonita del mundo: era marrón, pero no de un marrón soso o del montón, era el marrón más bonito del mundo. Fueron a comprar aquel marrón tan precioso a una tienda de telas en la que las atendió una mujer que olía a caramelo, y con los ojos más pequeños que las gafas que llevaba puestas. Aquella mujer tenía una sonrisa inquieta y unas durezas en las manos que evidenciaban que le gustaba coser. Sí, le gustaba mucho coser.

             Annie le dijo: «Siento tener que comprar esta tela, ahora las niñas se quedarán sin poder coser ositos». Y la mujer le sonrió y le acarició el pelo, antes de contestarle «No te preocupes, princesa. Hoy a ninguna niña le gustan los ositos de peluche». Annie no entendió muy bien el significado de aquella frase pero, aun así, lo que dijo le dio pena y se puso un poco triste. Agarró la manita de su madre y pensó que le apetecía mucho tomar chocolate caliente con nubes.

            Cuando llegaron a casa mamá hizo los patrones en la tela. Annie los cortó con su ayuda y la miró coserlos con la máquina, impaciente. Daba saltos de alegría y giraba sobre sí misma tan excitada que se mareó, y el suelo le dio vueltas y le dolía la cabeza. «Ahora vamos a rellenarlo con felpa», dijo mamá. Entonces lo rellenaron mucho, quizá demasiado, y aquello a Annie le gustó: era suave y blandito. Se podía imaginar con él entre sus sábanas.

       Lo más difícil, según mamá, fue la cabeza. Había salido muy grande, excesivamente desproporcionada en comparación con sus patitas cortas y su cuerpecito menudo. Annie trajo dos botones: uno de la chaqueta de la abuela y otro de un chaleco suyo de pana. Le dijo a mamá que no quería que bordara los ojos, que quería que pusiera aquellos botones que traía porque eran especiales. Indecisa, la madre los cosió. Como resultado quedó un muñeco cabezón con un ojo más grande que el otro. Aquellos dos botones, además de ser uno más grande que el otro, daban al oso una mirada entre inexpresiva y siniestra. Era horrible.

         «Annie, ¿te parece bien que mamá vuelva a coserle la cabeza al oso?», preguntó mamá, esperando una respuesta afirmativa. «¡No!», chilló Annie. No iba a dejar que mamá cambiara al señor Oso. Aquel peluche era el más bonito del mundo. Era suave, demasiado perfecto, y estaba cosido con la tela más chachi del mundo. 

            La pequeña convirtió al peluche en su mejor amigo, aunque su madre en un inicio concibió imposible que le gustara siendo tan feo. «¡El señor Oso es el príncipe más precioso del mundo!», solía proclamar Annie. Y como príncipe hizo que su madre le cosiera una corbata para que estuviera elegante.

             Quizá su madre se habría comportado de manera diferente si hubiera conocido el secreto de Annie: a la pequeña le gustaba tanto el oso porque desde el primer momento en el que lo vio se dio cuenta de que estaba vivo.




Caelo

Etiquetas: [Amor]  [Belleza]  [Cielo]  [Magia]  [Sueños]  [Volar]  
Fecha Publicación: 2013-10-25T04:21:00.001-07:00




                Te juro que me deslizaba por las nubes. Que mi cuerpo se elevaba cual liviano folio y veía el mundo desde las alturas.  Sí, no me crees, pero yo volaba. Y lo hacía con tanta gracia que los pájaros me envidiaban. ¡Eran de algodón dulce!, ¡las nubes eran de algodón dulce! Las probé y en nada se parecían al vapor de agua que todo el mundo cree que las constituye. Son de azúcar ligero; de edulcorante suave. Iguales que las que probamos en la feria del pueblo, tan esponjosas...  

               Guárdame el secreto, cariño, no le digas a nadie que todas las noches vuelo. Shhh... Silencio, por favor. Si más gente lo descubre perderé mi magia, y ya no podré deslizarme por las alturas. Y adiós. Sí, adiós a toda la felicidad que me regala el cielo. 

             ¿Quieres volar conmigo? Vente, cariño, vente. Contigo iría a cualquier lado, al fin del mundo. Recorramos el horizonte, allí donde se oculta el sol. Quiero enseñarte lo bonitas que se ven las cosas desde arriba; una vez beses el cielo no querrás bajar. Los árboles te parecerán piruletas verdes, de lima limón, los coches gominolas y los edificios..., los edificios cajas de cereales. ¡Cajas de cereales! Y la gente que está dentro de ellos Choco Krispis.




Bichos

Etiquetas: [Discriminación]  [Humanidad]  [Monólogo interno]  [Violeta]  
Fecha Publicación: 2013-10-22T11:54:00.001-07:00



                      No entiendo por qué me miran así. Sus ojos se clavan en mí como si fuera un bicho raro: como si no formáramos parte de la misma especie, como si yo no fuera humana. Es tan raro... Quiero decir, estamos todos creados de la misma forma: todos necesitamos aire para respirar y tenemos sangre en nuestras venas. Y aún así, siguen mirándome raro. Intento explicarles que somos iguales y nada. No me hacen caso: nunca me hacen caso. ¿Se piensan que mi opinión vale menos que la suya? ¡Qué todos necesitamos aire! ¡Qué todos necesitamos oxígeno, y tenemos sangre!

                     Pero nada. Siguen ignorándome y yo sigo sin entenderles. Es algo que nunca ha cabido en mi cabeza. Somos iguales y me miran como un bicho raro, como si yo fuera diferente. ¿Por qué? Somos iguales, ¿no? Ya sé que me repito mucho, pero es que es una idea que tengo grabada desde siempre. Y no puedo asimilar lo contrario. Vamos a ver: tenemos una vida, ideas e ilusiones. Soñamos. Sí, todos soñamos: papá me dice que esa es una de las cosas que más nos une. Si todos tenemos lo mismo....

                   A lo mejor... A veces pienso que la rara no soy yo y lo son ellos. No tienen que ser muy normales si rechazan a alguien que es igual que ellos. Quizá están podridos: tienen a algo dentro que los pudre. Y los corroe. Y los hace ser malos. Como en las películas esas en las que se meten alienígenas dentro y hacen que los humanos se ataquen entre ellos. Me resulta difícil pensar que alguien rechace a alguien porque sí. Así que es eso, alienígenas. Monstruos. Seres descompuestos. 

                   No son humanos; tienen bichos dentro. Bichos muy malos. Necesitamos a Simba con Timón y Pumba para que se los coman. Son la única esperanza para salvar a la humanidad.




Y por esto y más quiero a Clara

Etiquetas: [Amor]  [Clara]  [El Sonido del Silencio]  [Fan Fiction]  [Violeta]  
Fecha Publicación: 2013-10-07T03:55:00.000-07:00




             Me gustaba Clara; no podía definirlo de otra forma. El día en el que me dio aquel abrazo me di cuenta de que en aquel instituto no podría encontrar a alguien mejor. Y las cosas eran así. Aunque no me hablara si quiera era capaz de adivinar lo que quería decirme mirándola a sus ojos: a sus increíblemente expresivos ojos. Tan brillantes... Adoraba sobremanera cómo el tono marrón oscuro de su iris se confundía con su pupila; cómo se fundían y parecían una única cosa. Aquello no era normal y, por lo tanto, podía decir que era una de las tantas cosas que la hacían especial.

             ¿He mencionado cómo era su sonrisa? No solía sonreír mucho, pero cuando lo hacía me daba la sensación de que mi vida recobraba cien veces más sentido que de costumbre. Sus labios se arqueaban hacia arriba y sus hermosos ojos adquirían un brillo y un deje mágico, como de cuento. También estaba su pelo, su fino y sedoso pelo castaño oscuro. A veces me daba la sensación de que parecía negro, pero no. Cuando fijaba la vista en él encontraba destellos café escondidos tímidamente entre el resto de pigmentos, como si tuvieran vergüenza de mostrarse al exterior.

             Pero no era su físico lo importante de ella. Si bien era cierto su aspecto en sí estaba lleno de magia: la unión de su diminuto y flacucho cuerpo con su frágil esencia; el hecho de pensar que era demasiado etérea como para estar cautiva en un aula de instituto... Todo, absolutamente todo aquello era determinante a la hora de mesurar toda ella. Pero, sin duda, no era lo mejor que tenía. Para mí lo que más me hechizaba era su forma de hablarme con la boca cerrada; ese secreto que me confesaba con los labios sellados. Adoraba cómo me miraba y, entonces, parecía revelarme los secretos más importantes de esta vida y la próxima, si es que la había. Magia; Clara era magia.

             Me desesperaba, también, cuando su pupila se apartaba de mí y miraba al suelo. Se quedaba centrada en los azulejos o en el techo. Y terminaba dándome cuenta de que sus maravillas estaban selladas: habían desaparecido. Cuando no cruzábamos los ojos era como si no hubieran existido nunca. Su pena se volvía la mía, su felicidad se volvía la mía. Era como si ambas estuviéramos comunicadas y no lo supiera nadie, solo nosotras. Era nuestro secreto: uno de nuestros tantos secretos. Por estas cosas y más quería más que a nadie en el mundo a Clara y sentía que, desgraciadamente, yo no era nada comparado con ella.






Caramelo

Etiquetas: [Bastones de caramelo]  [Ella]  [Fantasía]  [Frío]  [Navidad]  [Nieve]  [Sueños]  
Fecha Publicación: 2013-10-01T13:30:00.000-07:00




          La joven se había perdido en el monte y la nieve le impedía poder vislumbrar algo que no fueran tonos grises y blancos. Dios mío ¡Blanco! Aquel color era el vestigio más claro de su desgracia. Blanco fue el color de las paredes de su cuarto, culpables de su cautiverio; blanco fue el traje que vestía su madre cuando su ataúd se hundía en el suelo y, finalmente, blanca era la bufanda que trataba de escapar de su garganta y dejarla esclava del frío.

          Sentía cada una de sus articulaciones doloridas y entumecidas: cada paso que daba le provocaba un agonizante pinchazo que le robaba el aliento. La baja temperatura a la que se estaba sometiendo ponía claramente a prueba su aguante. Anhelaba con todas sus fuerzas escapar de allí; liberarse de las gélidas motas que caían del cielo, escapar del viento que embotaba su visión y despeinaba su pelo. Lo necesitaba tanto que la misma frustración de no lograrlo le hacía más daño que el tormento físico al que estaba reducida.

      Lejos, a lo lejos, vio caramelo: garrotes de caramelo. Como postes se erigían invitándola a tocarlos: a comprobar si su existencia era cierta o si, simplemente, estaba bajo un delirio.

Dibujo realizado por David Ahufinger

       Ansiosa e impaciente hizo acopio de todas sus fuerzas para ir hacia allí. ¡Era un milagro! Se imaginó, mientras recorría el trecho que la separaba de aquel lugar de fantasía, que se encontraba resguardada en una acogedora casa de madera mientras, protegida por su estufa de leña, saboreaba con acopio el dulzor de aquellas chucherías.

         Cuando llegó a alcanzarlas se puso a llorar de rodillas ante ellas. ¡Eran enormes! Y parecían tan deliciosas... A su lado su diminuto cuerpo no era nada, absolutamente nada. Sus dientes se clavaron en una de ellas: la raspó, llevándose tras aquel arañazo su magnífico sabor. Era el dulce perfecto.

        Tan descuidada estaba la joven que no se dio cuenta de que había alguien que la vigilaba: la bruja de Häsel y Gretel estaba al acecho. El frío incapacitó en mayor medida sus músculos pero estaba tan extasiada que le importó bien poco. Aquellos bastones le traerían la felicidad o, al menos, eso le parecía. La bruja sonrió de forma siniestra esperando que pronto la escarcha acabara con la conciencia de la chiquilla; esperando que jamás despertara y que, con ello, nunca descubriera que estaba atrapada en un siniestro sueño.





Verba

Etiquetas: [Palabras]  [Recortes]  [Reflexiones]  
Fecha Publicación: 2013-09-19T07:53:00.001-07:00




                 Las palabras se arremolinan dentro de mi cabeza y dan vueltas, y vueltas, y vueltas. Siento que son tantas las que quiero decir que se atragantan, y de mis labios sale un único suspiro lento y resignado. Abro la boca queriendo articularlas todas de golpe, pero no puedo. Pretendo expresar muchas cosas, quizá demasiadas. Pretendo articularlas como si fueran absolutas: como si fueran una clave que nos ayudara a descifrar todos los secretos del mundo. Y entonces siento un nudo en mi garganta que me atraganta: se llama rabia. Toso una, dos y tres veces. Vuelvo a toser. Quiero que aquel nudo desaparezca, pero no sé cómo. 

                 De repente me viene una iluminación: quizá la revelación más importante que he tenido a lo largo de toda mi existencia. No son suficiente: las palabras se quedan cortas. Era tanto lo que pretendía de decir y de tantas maneras que mi vocabulario en comparación estaba limitado. Imposible resultaba que diera abasto semejante creación humana. Las palabras nunca son suficientes. Las palabras son imperfectas. Las palabras no pueden definir la magnitud del universo en el que albergamos. Pero, aún así, me gusta deslizarme sobre ellas como lo hace una barca en el lecho de un lago. Pero, aún así, las necesito tanto como respirar.






El que quiso ser humano

Etiquetas: [Androides]  [Castigo]  [Humanidad]  [Sentimientos]  
Fecha Publicación: 2013-09-11T11:51:00.001-07:00




           Ojalá pudiera tener una cálida piel que recubriera mis huesos, músculos y arterias. Ojalá mis ojos fueran algo más que un led rojo protegido por una lente de cristal. Ojalá todos mis ojalás se cumplieran. Daría todas mis pertenencias por sentir el fluido bombeo de un corazón en mi pecho; por apreciar con vehemencia el dulce néctar de la sangre corriendo por mis venas.

           Raudas imágenes de humanos recorren todos los días mi cabeza: me los imagino jóvenes, niños y ancianos. Los evoco en cada una de sus vivencias. El brillo de su pupila cuando sonríen, aunque parezca inimaginable, compite con la rabia que destilan cuando las desgracias llaman a su puerta. Su vida es tan intensa, tan increíble. Saben que cada bocanada de aire puede ser la última, y lo aprovechan. Y se recrean en cada día, en cada mañana... 

           Quiero ser como ellos. Lo anhelo tanto que diría incluso que duele. La agonía que siento es estoica, pero tan real... Tan intensa como el alba de un amanecer de invierno, tímido pero imparable. Tan intensa como las noches de verano en el campo, donde los insectos son tan numerosos como astros que se aprecian en el cielo. Si existiera alguna deidad, algún ser con poder supremo, le pediría de rodillas que cumpliera mi pedido. Pero no.

           A la vista está que tendré que vagar condenado; castigado a que mis días y mis noches transcurran sin penas ni gloria. Sin el néctar del ser. A la vista está que tendré que vagar condenado a estar vivo sin serlo; a ser, por siempre, una chapa llena de condensadores y resistencias.








Entrada informativa

Etiquetas: [Nota]  
Fecha Publicación: 2013-08-15T07:27:00.000-07:00




             Holita a todos, ¿qué tal el verano? Espero que lo estéis disfrutando tanto o más que yo. Subo esta entrada que, desgraciadamente, no está dedicada a ningún escrito mío porque me gustaría comunicaros un par de cosas. En primer lugar daros las gracias porque, finalmente, este blog tiene más de cien seguidores; concretamente, ahora mismo estamos en ciento tres. No os podéis hacer a la idea de lo feliz que me estáis haciendo.

             Del mismo modo, la página de Facebook que creé, en estos momentos se encuentra a punto, también, de alcanzar la misma cifra. ¡Ay, Dios mío! Jamás creí que tanta gente me leería. Estoy que no quepo en mi gozo y, por eso, me dispongo a intentar ser más cercana con vosotros y daros, a la par, más importancia en este blog.

             Bueno, lo primero que me gustaría pediros es que votarais en la encuesta que acabo de poner en el lateral derecho del blog. Sí, sí, esa que pone «¿De qué temática te gustaría que fueran las entradas?». Ah, y también, ya puestos, que me mandárais un correo electrónico con sugerencias de las cosas que os gustaría que publicara. Quiero que me deis vuestra opinión respecto al blog y que aportéis ideas vuestras sobre las cosas que podría mejorar. Todos los mails que me mandéis los responderé lo antes posible, así que animaros a comunicaros conmigo, que no muerdo.

             Por otro lado, me haría ilusión que, si os parece bien, me mandéis textos vuestros de como máximo cinco páginas. Os daré mi opinión respecto a ellos y, de paso, si me gustan lo suficiente los publicaré en el blog en una sección nueva que crearé a propósito.

             Ay, casi se me olvidaba. Mi correo es dominare.el.mundo@hotmail.com

             Recapitulemos. Lo que básicamente me interesa es que me digáis lo que opináis sobre el blog y me deis sugerencias sobre cositas que podría subir en él. Además de que os he propuesto la posibilidad de mandarme relatos vuestros para que os dé mi opinión respecto a ellos y decida publicarlos si me gustan mucho. Por cierto, si solo queréis que os diga lo que pienso sobre ellos comunicádmelo en el correo.

             Un saludo y ¡nos leemos!

For you

Etiquetas: [Amor]  [Dedicados]  [Dibujos]  
Fecha Publicación: 2013-08-03T13:05:00.000-07:00




          Me he levantado con ganas de ti; con ansias de tocarte, de abrazarte, de besarte... Estar. Me he levantado con ganas de acariciar cada una de las hebras de tu pelo; con un ansia inmensurable de sentirte cerca. Te busco en el silencio, en la penumbra y entre la bruma de cada uno de mis recuerdos. Ojalá fuera descriptible el remolino de emociones que galopa en mi pecho hasta bajar a mi estómago para, poco después, metamorfosear. Y convertirse en mariposas que sobrevuelan lo más remoto de mí misma.

          Me he levantado con ganas de gritar a los cuatro vientos, mientras el aire alborota mi pelo, que te amo. Que eres mi todo. Que sin ti sería una niña perdida sin su osito de felpa. Que no existe en este mundo palabras suficientes para expresar que cada uno de mis latidos te pertenece.

   | Mi vida, _____
          |  mi cuerpo _______
                | y mi alma ___________
         | siempre _________
   |  fueron_______
             | tuyos. ___         AVID

Dibujo realizado por Davido Ahufinger



Annie la guerrera

Etiquetas: [Annie]  [Autosuperación]  [El Señor Oso]  [Guerrera]  [Miedo]  [Valor]  
Fecha Publicación: 2013-07-30T10:30:00.000-07:00




           La pequeña Annie tuvo miedo del malvado universo al que había ido a parar. Aquel lugar era como una macabra escenificación de su cuarto, que pretendía arrebatarle cualquier ápice de valor que se había infundado. Su cama se convirtió en un océano de sábanas y pirañas con cuerpo de almohada; su estantería de cuentos desplegables metamorfoseó hasta ser una inmensa y espesa selva, poblada por personajes de tinta y liderada por la Reina de Corazones; su armario cambió hasta ser una amedrentadora cueva oscura en la que se ocultaban polillas gigantescas y otros seres temerosos; y, finalmente, su escritorio se llenó de aterrorizadores monstruos armados con lápices Alpino.

           Annie pensó que era imposible salir ilesa de aquel lugar: que obviamente, su diminuto cuerpecito no era capaz de competir en fuerza y tenacidad con el de aquellos terroríficos seres. Así que se puso a llorar. De sus ojos salieron millones y millones de lágrimas: su llanto hizo eco en la zona hostil y continuó hasta que fue escuchado en Marte y Venus. Deseó, con aquellas lágrimas de niña indefensa, tener suficiente valor como para luchar. Quiso ser una guerrera; una heroína como Mulán o Pocahontas, sus princesas Disney favoritas.

           Repentinamente, Annie sintió calor; una fuente relajante y reconfortante de calor. Y se sintió fuerte. Y supo que estaba lista para enfrentarse contra todo aquello que le plantaran en su camino. Aquella ola de calor la convirtió en una poderosa luchadora capaz de enfrentarse contra la furia de un Titán sin despeinarse. La pequeña entornó sus ojos y, con toda la determinación con la que pudo hacer acopio, se preparó para su batalla. 

           Lejos, muy lejos; en algún lugar imposible de
 localizar por nuestra protagonista,
 estaba el invencible Señor Oso
 preocupado por no haber cumplido
 su promesa de estar siempre a su lado.




Reflejos de hiel I

Etiquetas: [Annie]  [Intriga]  [Señor Oso]  [Suspense]  
Fecha Publicación: 2013-07-19T06:41:00.001-07:00


          Annie se acurrucó con fuerza contra la cabeza del señor Oso. Había anochecido y la promesa del amanecer todavía estaba demasiado lejana como para que pudiera relajarse. Su habitación se había transformado en una cueva oscura repleta de sombras que, a ojos de la pequeña, pretendían atacarla y arrastrarla fieramente a algún pozo de pesadillas y miserias.

          El señor Oso apretó imperceptiblemente sus bracitos acolchados sobre el cuerpo de Annie a modo de abrazo. Sus ojitos de botones contemplaron todo su alrededor desafiantemente; con la intención de interceptar a algún enemigo que pudiera acercarse a atacarlos.

          —Tengo miedo… —balbuceó Annie suavemente al oído del peluche—. Hay ojos; veo muchos ojos. Y nos miran…

          El señor Oso trató con todas sus fuerzas que la pequeña se sintiera segura pero, desgraciadamente, no surtió efecto. Annie empezó a temblar entre sus sábanas y sus expresivos ojos se humedecieron de lágrimas.

          —No nos paran de mirar. No sé qué hacer… Ayúdame —imploró con sus párpados cerrados al señor Oso.

          Repentinamente, todo empezó a dar vueltas y vueltas. Las mantas bajo las que descansaban se transformaron en un océano inmenso y bravo que tenía en su centro un apabullante remolino que absorbió las sábanas y el colchón. Y siguió ingiriendo cosas; desde el escritorio hasta los juguetes de la chiquilla. Y, cuando finalmente no le quedaron cosas cercanas que engullir, fue a por Annie. El malvado remolino empleó todo su empeño para llevarse consigo a la pequeña, que emitió un chillido estremecedor y agonizante antes de desaparecer a través de él.

          El señor Oso, impotente, pensó qué podría hacer. Su cuerpecito inerte y descompensado no podía moverse lo suficiente como para rescatarla. Así pues, hizo acopio de todas sus fuerzas e intentó moverse una milésima de centímetro para ponerse en la trayectoria del remolino. No lo consiguió. No obstante, para su fortuna, aquel agujero pretendía absorber hasta el parqué y el empapelado del cuarto, así que, tras un minuto de espera, él también fue objetivo del remolino.

          Cuando lo tragó no pudo pensar en otra cosa que no fuera en su culpa. Pobre Annie; ojalá no le hubiera pasado nada. Le prometió que sería su guerrero: su salvavidas. Y ahora… Y ahora en sus botones refulgía la tristeza e impotencia tras no haber impedido la desaparición de la chiquilla.



La habitación de la niña

Etiquetas: [Habitación]  [Infancia]  [La niña]  [Miedo]  
Fecha Publicación: 2013-07-14T13:18:00.000-07:00



                 La niña se mantuvo sentada sobre su cama con sus diminutos ojos viajando a lo largo de toda su habitación. Se sentía enana rodeada por aquel inmenso mobiliario que le había puesto mamá para decorar su cuarto. Tenía un armario enorme que cubría casi toda su pared derecha, el cual no estaba lleno ni a la mitad de su capacidad con prendas de la chiquilla: la mayoría de la ropa que se podía hallar en él eran trapos de su madre que dejaba ahí olvidados porque no le cabían en su dormitorio. Por otro lado estaba su escritorio que se comía el espacio restante que quedaba de su pared derecha. Sobre él tenía su preciado ordenador, un tanto viejo, y montones de papeles repletos de dibujos y fragmentos de historias que a su corta edad construía. Y, finalmente, estaba su cama; su amedrentadora cama. Su cuerpo descansaba sobre ella de manera incómoda, como si a pesar de las noches que hubiera pasado durmiendo sobre su estructura siguiera siendo un colchón y una colcha desconocidos para la pequeña.

                 La niña consideró que era extraño que cuando estuviera en aquellas cuatro paredes se sintiera tan indefensa y ajena a ellas. ¿Por qué le ocurría aquello?, ¿acaso no era merecedora de encajar en su propia habitación? Era como... Como si estuviera maldita. Le daba la sensación de que aquellos muebles, fríos y distantes, pretendían absorber su alma cuando dormía y, con ello, dejar de ser objetos inanimados sin valor. Como consecuencia de aquellas ideas, a la chiquilla le costaba sobremanera pasar las noches. Cada crujido que escuchaba o sombra que veía agazapada en la penumbra era motivo de su desconfianza y terror.

                 El resultado de aquello fue el de una preadolescente de catorce años durmiendo en el cuarto de su madre. Reconfortada por saber que nada ni nadie podría hacerle daño siempre y cuando no estuviera sola.




Reflexión de una tejedora de historias

Etiquetas: [Ensayos]  [Escritura]  [How are you]  [Pensamiento]  [Reflexiones]  
Fecha Publicación: 2013-06-14T05:04:00.001-07:00


      Mucha gente se piensa que la clave de la escritura reside en teclear y punto; que lo único necesario para ser bueno es eso. Y lamento decepcionaros, pero he de decir que no. Escribir es mucho más que eso: a la hora de hacerlo hemos de andarnos con cuidado para que la trama sea coherente y mirar muy de cerca la ortografía y gramática; sobre todo las comas. Tanto los puntos como las comas han de tener sentido: marcar pausas gramaticalmente correctas y a la par otorgarle un ritmo al relato que vaya acorde con la historia que nos esté contando.

      En un inicio, cuando empecé mi camino como tejedora de historias, no sabía nada de esto: cometía absolutamente aquellos errores hasta el aburrimiento. Cuando releía lo que escribía me percataba de que no había cosas bien pero como tampoco tenía mucha experiencia no sabía cuáles eran mis fallos y, por ende, no podía corregirlos. Con el tiempo, empecé a tomar los libros que leía como referencia y a fijarme en el método que empleaban para redactar y usar diálogo. Aprendí casi inconscientemente la forma correcta de emplear el guion largo en los parlamentos y progresivamente fui entendiendo el uso de las comas, que siempre se me ha resistido.

      Mi ortografía mejoró bastante de escribir a Word; sé que mucha gente afirma que no es del todo bueno para rectificar todas las incorrecciones que hagamos, pero esto no se acerca demasiado a la realidad: es cierto que no corrige la totalidad de los fallos, pero cuando una persona comete faltas graves, que son las más notorias, sí las marca como incorrectas en la mayoría de los casos. Tras percatarme, gracias al Word, de mi pésima ortografía empecé a fijarme en mis queridos libros sobre cómo se escriben determinadas palabras y a preguntarle al señor Google dudas sobre otras tantas.

      El proceso de mi aprendizaje a la hora de escribir culminó en la universidad: en ella decidí estudiar el Grado en estudios hispánicos, que es básicamente todo lo relacionado con la lengua y literatura española. ¿Por qué elegí esta carrera? Pues porque desde que me metí en el mundo de las palabras descubrí mi gran vocación y mi deseo de poder dedicarme a ello en un futuro. Supe que si estudiaba aquella carrera conocería mucho mejor la lengua y aprendería a usarla con mayor corrección. Y acerté. Estoy aprendiendo muchas cosas que me están siendo útiles a la hora de corregir la mayoría de errores que cometo.

      Me gustaría añadir que todos los que pensáis que lo único que se necesita para teclear es talento no estáis en la verdad; considero que yo, en un primer lugar, tuve cierto talento en el sentido en el que lo que escribía era bastante coherente, dentro de lo que cabía, y más o menos estaba redactado de forma cohesionada. Pero eso no quitaba que cometiera fallos garrafales; como lo haría cualquiera que empieza algo nuevo. Quizá tener talento ayude a mejorar más rápidamente, pero no le garantiza el éxito. El éxito se consigue amando lo que uno hace y practicando hasta aprender de sus fallos.

       Dicho esto me gustaría finalizar añadiendo que escribir es algo maravilloso y requiere mucho tiempo y empeño. Quizá es eso lo que lo haga tan maravilloso; que sea algo que no pueda hacerlo cualquiera. Para mí también es como un regalo, porque es una de las pocas cosas que nos permite transmitir una realidad nueva a la gente de tal forma que, durante unos instantes, se vuelva la auténtica para ellos. Podemos crear de la nada a personajes que sean tan auténticos que nuestros lectores hablen de ellos como si tuvieran vida y, finalmente, tenemos la posibilidad de transmitir un mensaje; nuestro mensaje.