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“Los mercenarios 3” (2014) – Patrick Hughes

Etiquetas: [Acción]  [Crítica]  
Fecha Publicación: 2014-08-17T19:15:00.002+01:00


Quién iba a decir, cuatro años atrás, que The Expendables llegaría hoy a presentar su tercera entrega. Y es que el invento de Stallone levanta pasiones entre quienes nos curtimos con las andanzas de estos grandes héroes del cine de acción de los 80 y 90. Toda una generación que ha acogido con los brazos abiertos al regreso de estas viejas glorias, demostrando que todavía hay sitio para ellos en el cine actual. 

Difícilmente aparezcan jamás en el ranking de las películas más taquilleras del año, y con toda seguridad tampoco entre las mejores, pero la saga tiene su público fiel, y eso se ha traducido en ganancias más que suficientes como para seguir dándole cuerda a la serie.

Y es que el público que acude a la sala lo hace con la ilusión de devorar un buen cubo de palomitas mientras se empacha de un lujuriosa orgía de tiros y explosiones al más puro estilo de la vieja escuela. Y es ese agradecido público, ni más ni menos, al que se destina un producto como “Los mercenarios 3”. Por desgracia, esta vez la diversión que nos brindan estos tipos duros es bastante descafeinada.

En esta nueva entrega celebramos la incorporación de Mel Gibson en el papel del villano Conrad Stonebanks, a quién podríamos considerar el némesis de Barney Ross (Sylvester Stallone). Stonebanks fue miembro cofundador de los Mercenarios y socio de Barney, hasta que decidió desviarse de la ruta e ir por el mal camino, obligando a este último a acabar con él. Sin embargo, Stonebanks reaparece diez años después vivito y coleando, y convertido en un peligroso traficante de armas. Barney, dispuesto a acabar con él de una vez por todas, decide prescindir de su equipo por miedo a conducirles a una muerte segura, y recluta a un puñado de jóvenes con sangre caliente para llevar a cabo su misión suicida.

Uno de los puntos fuertes de “Los Mercenarios 2” fue su jocoso tono autoparódico y su gran sentido autoreferencial, algo que aquí se abandona para retomar, en cierto modo, la senda que seguía la película original. Por tanto, y aún sin olvidar las coñas (algo absolutamente imprescindible en esta saga), lo cierto es que esta secuela rehúye ligeramente del factor nostalgia buscando encandilar al público con otros alicientes.

Entre esos alicientes se encuentra la inclusión de sangre nueva y joven al reparto, destacando (por resultarnos más conocidos) a Kellan Lutz (afincado, tras su paso por la saga Crepúsculo, a producciones de baja categoría) y a Ronda Rousey (luchadora profesional de la UFC que realiza aquí su debut como actriz). 
El problema es que estos “yogurines” no nos interesan lo más mínimo, al tiempo que echamos de menos al viejo equipo de Barney. Sabemos que en un momento u otro esos carrozas han de volver a la acción, pero durante su ausencia en pantalla hay un vacío importante que coincide, además, con un bajón significativo en el ritmo de la película. Y es que lo que viene siendo el nudo de la historia se torna algo aburrido. Ni el reclutamiento de los mercenarios de reemplazo (todos ellos carentes del más mínimo carisma), ni las apariciones estelares de Kelsey Grammer o Harrison Ford (más perdido éste que un pulpo en un garaje; amén de visiblemente cascado), hacen que la película levante el vuelo. 


Para ello hemos de esperar directamente a la gran traca final, en el que los fuegos artificiales se adueñan de la función. Si bien aquí hay que lamentar la poco inspirada dirección de Patrick Hugues tras las cámaras, algo que me duele especialmente habiendo sido su anterior película, “Red Hill”, una de mis favoritas de la edición de 2011 del Festival de Cine Fantástico de Sitges.

Esperaba algo más de su labor, pudiendo ser las escenas de acción más vistosas y espectaculares de lo que realmente son, más teniendo en cuenta que algunas de ellas se prestan muy fácilmente a ello (la secuencia inicial en el tren, por ejemplo). También la inclusión de baratos efectos digitales empobrece el resultado final, condenando la película al estigma de subproducto de videoclub (aunque en el fondo sea ese tipo de cine al que, directa o indirectamente, pretenda homenajear).

Es evidente que no estamos ante una superproducción de Bruckheimer, algo de lo que deberían tomar conciencia sus responsables (no sólo Hugues sino también Stallone, que se encarga del guión) para evitar en la medida de lo posible tener que recurrir a efectos generados por ordenador cuando el presupuesto no es el suficiente para mostrar algo medianamente decente (la gran explosión final es simplemente espantosa).

Otro punto en contra, claramente enfocado a ampliar el target de público que acude a las salas, es el haber cercenado el espíritu violento de la saga sumiendo la acción bajo un inofensivo PG-13 que, en este caso, mengua notablemente la chabacana diversión que tan bien le sentaba a las anteriores películas. Ya nadie revienta en pedazos, y la sangre asoma nada más que para mostrarse en heridas y arañazos en los rostros y cuerpos de nuestros hercúleos protagonistas.

Stallone parece más interesado en ampliar la audiencia del film que en satisfacer al que hasta ahora había sido su público fiel. Y ya no nos vale con meter a viejas glorias para ganarse al espectador si acabas traicionando el espíritu de la franquicia.


Ante este panorama no resulta extraño que alguien, a priori, tan fuera de lugar como Antonio Banderas termine siendo una de las incorporaciones más agradecidas. El propio actor parece haber improvisado y aportado bastante de sí mismo para el papel. A sabiendas que no es ni mucho menos un “machomen” como el resto de sus compañeros, Banderas opta por reconducir su personaje hacia la vertiente humorística, convirtiéndose en una especie de tragicómico charlatán. Su interpretación bien podría haber terminado siendo cargante, pero dadas las circunstancias sus intervenciones  son muy bien recibidas, aportando el toque cómico y dicharachero a la película.

Otra grata incorporación, además de la de Gibson como malote de la función (más por ver volver a ver al actor en acción que por los escasos minutos de lucimiento que le permite el guión) es la de Wesley Snipes, a quién parecen no pesarle lo más mínimo sus días en la trena (incluso se permite el lujo de bromear sobre ello en un momento dado de la cinta). A Snipes se le ve en forma y, lo que es más importante, muy cómodo en su rol. Y es que su personaje, con su puntito desafiante y fanfarrón, funciona a las mil maravillas, sobre todo al atribuirle una sana rivalidad para con el personaje de Jason Statham (Christmas).  Stallone haría bien en tener a Snipes en nómina para futuras entregas como un miembro más del equipo de mercenarios.

Por su parte, Harrison Ford, que viene a sustituir la forzada ausencia de Bruce Willis (a quién Sly guarda un par de pullitas en los diálogos…), está para lo que está: poner el piloto automático y cobrar el cheque. Ni más ni menos. Tan metido con calzador él como Schwarzenegger o Jet Li (este último, un visto y no visto tanto en ésta como en la anterior entrega).

De lo poco que sigue funcionando en la franquicia es el aroma de acción sin pretensiones que rodea al conjunto. También aspectos que desde el inicio han formado parte de la saga, como son la lealtad, la amistad o ese sentimiento de “familia” que une a los miembros del equipo, permanecen aquí inquebrantables, cuando no generosamente potenciados. Son estos detalles los que rescatan esta secuela de la mediocridad, aunque no sean suficientes para terminar de acogerla con los brazos abiertos. Y es que después de todo, “Los Mercenarios 3” se siente como un pequeño paso atrás en la franquicia; una ligera decepción si la comparamos con su gloriosa y descacharrante predecesora.




Valoración personal:

Cryptshow Festival - Clase magistral con Colin Arthur

Etiquetas: [Actualidad]  [Artículo]  [Crónica]  
Fecha Publicación: 2014-07-06T17:59:00.000+01:00



6 de Julio de 2014. Es domingo por la mañana, y el último día del Cryptshow Festival 2014*, que cierra su edición de este año con un invitado muy especial: el maestro de los efectos especiales Colin Arthur.

Con él hemos compartido los asistentes dos horas de nuestra vida en una divertida y sobre todo didáctica master xclass que nos ha demostrado lo cercano que es como persona, y el amor que sienten profesionales como él hacia el trabajo que realizan. Un trabajo, el de los efectos especiales, que no será jamás suficientemente valorado.

Colin Arthur, que ha trabajado en películas tan míticas como “2001: una odisea en el espacio” (las máscaras de los simios fueron obra suya), “La historia interminable” o “Conan el bárbaro”, es uno de esos admirables supervivientes a la era digital. Desde su estudio ubicado en Madrid, Dream Factory, Colin y su equipo de especialistas sigue trayendo al mundo todo tipo de criaturas fantásticas, y haciendo físicamente posible lo imposible y lo inimaginable.

Tras la irrupción de los efectos generados por ordenador, las viejas técnicas han quedado relegadas a un segundo plano, lo cual resulta entristecedor habida cuenta no sólo de que pueden convivir una con otra, sino que en realidad así DEBERÍA ser, pues se necesitan mutuamente. Siempre habrá cosas que un ordenador haga mejor y probablemente más rápido que, por ejemplo, un animatrónico, pero habrá ocasiones en las que suceda justamente lo contrario. Y Colin Arthur es la viva prueba de ello.

A lo largo de estas dos horas que se nos han hecho demasiado cortas, Colin nos ha contado  anécdotas de su trabajo, y nos ha brindado detalladas explicaciones técnicas de sus creaciones, descubriéndonos desde dentro el mundillo del maquillaje y los efectos especiales artesanales (responsables éstos de buena parte de la magia del cine con la que muchos hemos crecido y nutrido como amantes del séptimo arte). Pero sobre todo, ha logrado transmitirnos su devoción por el látex, la gomaespuma y los circuitos eléctricos que conforman la base de su arte, reafirmando en nosotros el cariño y respeto que sentimos hacia su estimable obra y la de muchos de sus semejantes.

Aunque a día de hoy la presencia de este tipo de efectos haya disminuido notablemente en favor del CGI, no ya en el cine sino también en otros ámbitos como la publicidad, no cabe duda de que todavía son necesarios, por no decir indispensables. Y algunos de los últimos trabajos publicitarios de Colin así lo atestiguan. Sirva de ejemplo un spot para una compañía de telefonía móvil portuguesa para el que hubo que recrear a escala real una enorme ballena.

Y no es ese el único mamífero de gran tamaño que Colin y su equipo han tenido que elaborar para el sector publicitario (allá por el 98 crearon un rinoceronte que se mostraba especialmente cariñoso con una Renault Kangoo).

Pero uno de los momentos culminantes y más entrañables de la charla ha llegado cuando Colin nos ha mostrado algunas valiosas piezas de su colección privada; entre ellas un ejemplar original de la cabeza del come-piedras de “La historia interminable”, película con la que, como no podía ser de otra forma, el festival clausura su octava edición.

Durante la tanda de pregunta ha sido inevitable afrontar el eterno debate de “efectos artesanales vs efectos digitales”. Obviamente, Colin se ha mostrado afín a aquellos que ocupan su profesión, si bien reconoce que algunas películas como la reciente “Avatar” se han acercado bastante  a la hora de lograr transmitir el realismo que sólo algo que es real y tangible es capaz (llamémoslo “alma”, o como cada uno desee).

También ha quedado patente la escasa relación que tuvo con algunos de los directores con los que trabajó. Poco ha podido contarnos Colin sobre Stanley Kubrick o John Millius, con quienes tuvo un contacto reducido a lo estrictamente profesional, lo que de algún modo evidencia cuán alejados están a veces estos artistas de quiénes manejan el timón, pese a estar todos en el mismo barco. Y es que a estos “obreros de la magia del cine” no siempre se les brinda la importancia y reconocimiento que merecen. Ni tan siquiera dentro de la industria. Por suerte, para eso están los premios y, sobre todo, los festivales, marcos de incomparable valor que posibilitan el acercar a estos maestros del cine a aquellos a quienes su obra ha maravillado, y así poder transmitirles en vivo y en directo nuestra profunda admiración y nuestro más sincero y agradecimiento. Y es que eso, muchas veces, vale más que todos los premios del mundo juntos.


*Cryptshow Festival es un festival independiente que nace en 2007 en Sant Adrià del Besós, y que poco a poco ha ido creciendo y ganando adeptos. Un punto de encuentro para aficionados al fantástico y al terror que anualmente se congregan para asistir a la proyección de una variada selección de cortometrajes y películas, así como para disfrutar de sus distintas actividades (clases magistrales, conferencias, exposiciones, retrospectivas, etc.)

Devoradores de cadáveres, del libro a la gran pantalla

Etiquetas: [Artículo]  [Especiales]  
Fecha Publicación: 2014-06-26T18:11:00.001+01:00



Después del apabullante éxito que tuvo, en 1993, la adaptación cinematográfica de “Parque Jurásico”, Michael Crichton se convirtió en uno de los escritores más codiciados por la industria hollywoodiense. Y si bien en la década de los 70 ya se habían llevado al cine varias de sus novelas (algunas, como “El gran robo del tren”, dirigidas por él mismo), fue durante los 90 cuando su obra obtuvo un mayor reconocimiento reviviendo buena parte de la misma en el celuloide. Hasta un total de ocho de sus libros fueron adaptados a la gran pantalla entre 1993 y 1999, con resultados obviamente dispares (tanto en calidad como en recorrido comercial), pero siempre despertando un gran interés a su alrededor.

La última de esas novelas en ser adaptada fue “Devoradores de cadáveres”, que para tales menesteres fue bautizada bajo el título de “The 13th Warrior” (en España: “El guerrero nº13”) en honor al protagonista y narrador del relato.

El encargado de trasladar las aventuras de unos valientes y fieros vikingos enfrentados a un misterioso y maligno enemigo fue John McTiernan, todo un experto -y genuino artesano- en el cine de acción. McTiernan venía de rodar la última (y soberbia) entrega de la Jungla de Cristal, que supuso otro taquillazo en su carrera. En vista de eso y de su más que meritorio currículum, no cabe duda que para el estudio se trataba de una apuesta  segura. Y de hecho, a título personal, considero que así fue, aunque cueste discernir cuánto permaneció de McTiernan y cuánto añadió Crichton en una película que fue víctima de varios re-rodajes y re-ediciones hasta alcanzar el corte final.

Económicamente hablando ya es harina de otro costal, pues tras su decepcionante estreno en cines adquirió el dudoso honor de ser considerada como uno de los mayores fracasos taquilleros de los 90. Y quizás uno de los motivos de ese fracaso se debiera, en parte, a la mala prensa ocasionada por los negativos test-screenings que obtuvo el corte inicial del filme.


 La escasa aceptación en los pases previos indujo a Crichton a ocupar la silla de director y hacerse cargo de la re-edición de la película, añadiendo entre otras cosas un nuevo final y sustituyendo la banda sonora original compuesta por Graeme Revell por la -todo sea dicho, magnífica- partitura de Jerry Goldsmith, habitual colaborador en la filmografía del escritor/director californiano.

Estos cambios ocasionaron, cómo no, gastos adicionales en la post-producción y promoción del filme, originalmente presupuestado en 85 millones para terminar costando, según fuentes consultadas, unos 160. En consecuencia, hubo que prorrogar también su estreno en salas, no viendo la luz hasta dos años después de comenzar su producción en verano de 1997.

¿Cuán significativa fue la aportación (sin acreditar) de Crichton para con el resultado final de la película? Probablemente nunca obtengamos respuesta a esa pregunta. Durante un tiempo se llegó a lucubrar sobre la posible existencia  de un director’s cut, pero tal versión no ha existido nunca ni parece que vaya a existir jamás.

Por ese mismo motivo tampoco sabremos qué motivó el descontento del autor respecto al trabajo hecho por McTiernan. Lo que sí podemos hacer es, con el filme resultante en las manos, tratar de discernir las diferencias entre el libro y su adaptación. Diferencias que en realidad no son tantas o por lo menos no demasiado alarmantes.

Ya sea por la mano de McTiernan o por la de Crichton, hay que señalar que “El guerrero nª13” es, a grandes rasgos, bastante fiel a la novela que adapta. Es cierto que hay algún que otro cambio importante al respecto, pero esto es algo que sucede en toda adaptación, asumiendo que muchas de las licencias responden a decisiones creativas vinculadas exclusivamente al medio cinematográfico. Dicho de otro modo, y por el bien de la narración y del filme resultante,  la mayoría de veces resulta inevitable tomarse ciertas libertades. Los guionistas de la película así lo hicieron, y algunos de estos cambios son, en mi opinión, en beneficio del relato. Sirva de ejemplo, para empezar, el hecho de prescindir de traductor.


En la novela, nuestro protagonista, el árabe lbn –Fadlan, no entiende ni papa del idioma nórdico, como es lógico, por lo que necesita de alguien entre sus acompañantes que le traduzca lo que se habla a su alrededor, y que al mismo tiempo traduzca también sus palabras al resto del grupo. Esa función la realiza Herger (Dennis Storhøi en la película), nórdico con quién lbn –Fadlan entabla cierta amistad. Ambos personajes dialogan con frecuencia, a menudo siendo sus diálogos una ristra de preguntas-respuestas en las que Crichton evidencia el choque cultural entre ambos. La desaprobación de las costumbres y creencias por parte de lbn –Fadlan sobre sus compañeros escandinavos es constante a lo largo del viaje, así como la mofa y burla de éstos hacia él por lo que consideran preguntas y comportamientos estúpidos por su parte. Ibn- Fadlan considera a los vikingos unos tontos (sentimiento recíproco) y, en cuestiones de higiene, unos puercos.

Esto se resuelve en la película rápidamente haciendo que lbn –Fadlan, encarnado por Antonio Banderas, aprenda el idioma en cuestión de días (apenas unos minutos reales en pantalla) observando concienzudamente a los nórdicos. Así, los guionistas se cargan de un plumazo las funciones de Herger como traductor para agilizar el relato, ya que de otro modo hubiera ralentizado demasiado la narración, amén de resultar su uso cansino y repetitivo. Cierto es que resulta un poco increíble que el protagonista aprenda la lengua nórdica tan fácilmente, pero es una licencia artística que podemos llegar a perdonar.

Lo que no es tan perdonable es que por el camino se pierda bastante información acerca del análisis que Crichton plasma sobre las costumbres del pueblo escandinavo. Hay que hacer constar que el escritor se nutre del manuscrito que el cronista y viajero musulmán Ibn-Fadlan escribió hace más de mil años sobre sus experiencias y observaciones conviviendo con los vikingos del Volga. Se trata del relato testimonial más antiguo que se conoce sobre la vida y la sociedad de estas gentes del norte de Europa. Poco de este conocimiento se observa en la cinta, más allá de alguna que otra costumbre sobre su aseo o sobre el entierro de sus muertos (algo por lo que se pasa muy de puntillas). Se omiten también otros muchos detalles, como por ejemplo la actitud de aquellos hombres con respecto al sexo opuesto. Detalles, todos ellos, sacrificados en beneficio de la acción, ni más ni menos.

Pero tampoco es que el relato de Crichton sea la panacea en cuanto a rigor histórico, siendo éste bastante criticado por expertos tanto por la errónea representación de los wendolcomo Hombres de Neanderthal (que ni eran antropófagos ni se tiene constancia de que sobrevivieran a la última edad de hielo), como por la descripción incorrecta del rito funerario vikingo. Así que dicho esto, la ausencia de estos detalles representan un mal menor, al tiempo que se agradece que al menos McTiernan nos ahorre algunos de los tópicos que el cine ha inventado acerca de estos guerreros (ergo, ni rastro de cascos de prominentes cuernos).


Otra diferencia significativa entre libro y película atañe al carácter de lbn –Fadlan, quién en el filme es interpretado por Banderas como un diestro y valiente guerrero (aunque participe en la misión a desgana y en contra de su voluntad), mientras que en la novela es un hombre cobarde que apenas se involucra en los enfrentamientos contra los temidos wendol. Este cambio es una clara concesión de cara al espectador, para que éste pueda simpatizar con el héroe protagonista, cosa harto difícil que ocurra leyendo la novela.

El resto de la trama acontece más o menos en la línea de los hechos narrados en el libro, acortando no obstante muchos de sus pasajes.

Para la epopeya en la que se involucra el grupo protagonista, Crichton tomó como fuente de inspiración la leyenda de Beowulf, sustituyendo al troll Grendel, el monstruo que amenaza al reino de Hrothgar, por los wendol, una tribu de salvajes caníbales (algo así como los últimos vestigios del Hombre Neanderthal). El propio Beowufl vendría a encarnarse en la figura de Buliwyf, el gran héroe vikingo, así como su encuentro contra el dragón se escenifica en la secuencia del ataque de los wendol a caballo con sus llameantes antorchas (uno de los momentos culminantes de la cinta).


Con todo, la película tiende más hacia el mero espectáculo de evasión que al estudio casi antropológico del que hace gala el libro, el cual, aún dentro de un marco de ficción histórica, apuesta más por el tono documentalista que por el folletín novelesco. Para mi sorpresa, la prosa de Crichton es aquí algo errática y se muestra escasamente adornada, o menos de lo que debería tratándose de un relato de reminiscencias sobrenaturales. Quizás por ese motivo, y a título personal, me estimule más la película, que por otro lado es una más que decente adaptación y una estupenda cinta de aventuras. Otro gallo cantaría si una historia como la de “Devoradores de cadáveres” estuviese narrada por alguien como Robert E. Howard. En ese hipotético e improbable (por no decir imposible) caso, probablemente preferiría el libro.

“X-Men: Días del futuro pasado” (2014) - Bryan Singer

Etiquetas: [CienciaFicción]  [Crítica]  [CómicSuperhéroes]  [Fantástico]  [VRecomendable]  
Fecha Publicación: 2014-06-05T15:17:00.000+01:00


El estreno, tres años atrás, de la magnífica “X-Men: Primera generación” supuso todo un soplo de aire fresco para una franquicia, la de las mutantes, que tras tres entregas y un spin-off necesitaba renovarse urgentemente… o morir. Por supuesto, Fox no iba a dejar que lo segundo ocurriera, así que decidió darle a la saga un nuevo rumbo por medio de una opción muy socorrida: la precuela.

Matthew Vaughn, director de corta pero notable filmografía, fue el elegido para encargarse de esta renovación. Vaughn  supo otorgarle a la película la personalidad necesaria para desvincularse de lo anteriormente visto sin por ello renunciar a la esencia del universo mutante (además de cascarse secuencias y planazos de aúpa). Al toque sesentero casi bondiano de esta película de orígenes se le unía un reparto repleto de caras nuevas que tenían por difícil misión hacernos olvidar a McKellen, Stewart  y cía. Y lo consiguieron. ¡Vaya si lo consiguieron! James McAvoy y Michael Fassbender hicieron suyos los personajes de Charles Xavier y Magneto, respectivamente, y en esta última entrega, frente a sus homónimos, vuelven a demostrarlo.

Si “X-Men: Primera generación” nos contaba, entre otras cosas, cómo se conocieron Xavier y Magneto, y cómo llegaron a ser buenos amigos para, finalmente, declararse eternos enemigos. Pues bien, aquí vuelve a ponerse de manifiesto aquello que tanto les une y a la vez les separa: la supervivencia de los mutantes. Cada uno persigue su objetivo de forma distinta. Mientras uno, Xavier, prefiere seguir la vía del diálogo para convivir en paz y harmonía con el resto de los mortales; el otro, Erik, prefiere optar por la supremacía de su especie por encima de los humanos. Esta batalla, presente desde la primera “X-Men”, ha llevado a ambos bandos a la autodestrucción.

“X-Men: Días del futuro pasado” nos traslada a un futuro lleno de tinieblas; un mundo oscuro y devastado en el que tanto los mutantes como los humanos son especies en peligro de extinción. ¿Los culpables? Los Centinelas, unas máquinas letales creadas por los humanos con el fin de exterminar a la raza mutante, y que para desgracia de todos se han convertido en los amos y señores del planeta. Los pocos supervivientes mutantes que quedan en pie han decidido unir fuerzas, y capitaneados por Xavier y Magneto, afrontan el último recurso que les queda para evitar tan fatídico destino: viajar al pasado y cambiar el curso de la historia.

Singer vuelve a tomar las riendas de una franquicia que es suya por derecho propio (aunque la abandonara a su suerte para fracasar estrepitosamente con su fallida “Superman Returns”). Su regreso significa la unión de dos conceptos: el renovador iniciado por Vaughn en First Class y el continuista de la saga madre, de modo que convergen en un mismo espacio (aunque no físico) los Xavier y Magneto de McAvoy /Stewart y Fassbender/McKellen. A estos se les une el sempiterno Lobezno, personaje predilecto de Singer y alma mater de la saga desde sus inicios. Y es que aquí, el mutante de las afiladas garras de adamantium vuelve a cobrar importancia en la trama para servir de nexo de unión entre pasado y futuro y, en consecuencia, compartir protagonismo con los jóvenes Xavier y Magneto, dos personajes que se verán obligados a firmar una tregua con el fin de evitar un destino fatal. Pero, ¿puede el futuro ser cambiado?


No hay duda que uno de los puntos fuertes de esta última entrega es la espectacularidad de sus escenas de acción, y el buen hacer que tiene Singer para con los personajes, quienes siempre se nos muestran vulnerables a cuanto les rodea. Personajes de carne y hueso que, pese a su superioridad física, deben asumir conflictos personales y morales como todo humano vulgar que se precie.

Quizás empieza a ser algo cansino que, tras cuatro películas, se vuelva a recurrir a la dualidad de Magneto como contrapunto a la causa mutante. Es decir, el continuo vaivén de cambios de bando (ahora lucho con vosotros; ahora lucho contra vosotros) suena ya algo repetitivo. En la anterior entrega estaba más que justificado para tratar de explicarnos el porqué de la enemistad entre  ambos personajes, amén de que el verdadero villano era Sebastian Shaw, el personaje que interpretaba Kevin Bacon. Aquí, sin embargo, se obligan a dividir el cauce de la trama a tres bandas, con Magneto por un lado, Mística por el otro y Lobezno, Xavier y cía por una tercera vía. Contando que además de vez en cuando el relato salta del pasado al futuro para extremar la sensación  de “ir a contrarreloj” que justifica la premisa de la cinta, al final el batiburrillo de elementos tiende a la sobrecarga.

Sin embargo, Singer lo compensa con buenas dosis de acción cada vez más imposibles (a la secuencia del estadio me remito), y momentos de intensidad dramática en los que se pone de manifiesto el triunfo de ésta saga por encima de otras muchas películas de superhéroes: la calidad en el tratamiento de sus personajes principales (en detrimento de una aportación casi insignificante de los personajes secundarios, relegados siempre a una mínima presencia en pantalla, cuando no a simples cameos). Y es que por muy potentorra que sea la pirotecnia desplegada, lo cierto es que al igual que su predecesora, “X-Men: Días del futuro pasado” es una película que funciona de maravilla aun cuando no hay mamporros ni superpoderes en pantalla. Y ese dice mucho de ella. Le falta la elegancia visual de Vaughn para los planos, pero de cara a lo demás, Singer demuestra haberle tomado el pulso a la franquicia desde el principio y no haberlo perdido en su ausencia. Por el contrario, se echa de menos un acercamiento más exhaustivo de ese nefasto futuro tan atractivo visualmente. Pero a fin de cuentas, como continuación de First Class que es, los Magneto y Xavier originales quedan relegados a un segundo plano.


Es por ello que esta nueva entrega se muestra como una más que digna sucesora de esa especie de “reinicio” de franquicia que supuso “First Class”. Película aquella que, a gusto de un servidor, sigue siendo la mejor y más redonda de todas cuantas se han hecho hasta ahora dentro del universo mutante. Pero aún a su sombra, “X-Men: Días del futuro pasado” tiene algo nuevo y viejo que ofrecer al espectador: el poder empezar casi de cero con todo lo transcurrido a lo largo de las, ahora ya sí, cinco películas.

Y es que el viaje en el tiempo de Logan origina una serie de cambios importantes que afectarán considerablemente a las entregas venideras (y muy probablemente también a la propia saga de Lobezno en solitario). Estos cambios miran de corregir, de algún modo, los errores cometidos en el pasado (sobre todo en “X-Men: La decisión final”), y cuadrar un poco el pifostio cronológico en el que el estudio se ha ido embarrullando a cada película.


A partir de este momento, Singer y cía tienen carta blanca para hacer lo que les plazca, pudiendo explorar nuevos horizontes con los mismos personajes de siempre (y otros nuevos) y crear otra línea temporal divergente y a la vez paralela a la franquicia original. El futuro de los mutantes está en sus (buenas) manos.



Valoración personal:

“Al filo del mañana” (2014) - Doug Liman

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Fecha Publicación: 2014-05-30T13:29:00.000+01:00


Después de aparecer en películas potencialmente premiables como “Leones por corderos” o “Valkiria”, parece que al fin Tom Cruise ha abandonado sus infructuosas aspiraciones por alzarse con una estatuilla de la Academia (o cuanto menos añadir algunas nominaciones a su currículum). Y es que de un tiempo a esta parte, el bueno de Tom parece haberse entregado por completo a un tipo de cine cuyo mayor reconocimiento se encuentra en un lugar muy distinto: la taquilla.

Más dispuesto a granjearse una buena jubilación que a la posibilidad de recibir premios por sus interpretaciones, el actor se ha dejado ver, en estos últimos años, en producciones comerciales bien diversas. A su regreso a la reactivada saga de Misión Imposible hay que sumarle sus trabajos en cintas de acción como “Noche y día” o “Jack Reacher” (otra con visos a convertirse en franquicia), o en la ciencia-ficción (post-apocalíptica) de “Oblivion”. Perteneciente a éste último género nos llega ahora “Edge of Tomorrow”,  basada en un manga de Hiroshi Sakurazaka publicado a principios de este año: “All You Need Is Kill”. Aunque visto lo visto, lo más apropiado hubiese sido bautizarlo como “All You Need Is To Die”.

Y es que el resultado de esta adaptación a la gran pantalla es lo más parecido a mezclar en un coctelera a “Atrapado en el tiempo” (por su premisa temporal), “Salvar al Soldado Ryan” (por sus escenas bélicas), “Starship Troopers” (por el futurista look militar y la temática) y “Matrix” (por el parecido de los aliens con los Centinelas).


En un futuro próximo, la Tierra ha sido invadida por una letal raza extraterrestre cuyo avance  parece imparable. Para hacer frente al enemigo existen las Fuerzas Unidas de Defensa, unos comandos especiales equipados con la última tecnología militar. Ahí va a parar a modo de castigo nuestro protagonista, el Comandante William Cage (Cruise),  un oficial que nunca ha entrado en combate y al que obligan a participar en una misión suicida.

Cage fallece durante su primera incursión en el campo de batalla, pero es en el instante de su muerte  cuando se produce un fenómeno inexplicable: éste se despierta de nuevo justo en la víspera de la batalla. A partir de ese momento, Cage entrará en un bucle temporal en el que revivirá continuamente el fatídico día, combatiendo hasta la muerte y resucitando una y otra vez…

A cada batalla que libra, nuestra protagonista adquiere experiencia y se convierte en un soldado más hábil y eficaz. Sin embargo, eso no es suficiente para vencer al invasor, y necesita de la ayuda de Rita Vrataski (Emily Blunt), la soldado más valiosa del ejército, para derrotar definitivamente a los alienígenas.  

La presentación del personaje que encarna Cruise se aleja un poco de lo habitual, pues la primera impresión que nos causa es la de encontrarnos ante un cobarde chupatintas. Por supuesto, sabemos que esa postura miedica ante la idea de entrar en combate no va a durar mucho. A fin de cuentas, éste representa al héroe destinado a salvar a la humanidad. Es por eso que a lo largo de la película, mediante sus continuas reincidencias en el campo de batalla, su actitud irá cambiando y su posición respecto al conflicto irá adquiriendo un matiz más personal.

 

Con cada “reinicio”, Cage no sólo mejora sus habilidades en el combate sino que también toma consciencia de que, sin comerlo ni beberlo, se ha convertido en la última esperanza de la humanidad; en la pieza clave en la lucha contra los alienígenas. Pero el meollo de la cuestión no radica sólo en sus progresos como soldado sino en el cómo afronta esas situaciones una y otra vez. En cómo afronta los obstáculos y cómo las decisiones que toma se adaptan a los cambios que él mismo hace y deshace, o hace y rehace. Y quizás la peor condena de todas no sea, cuál Sísifo o Prometeo, la tortura de revivir el día de su muerte o verse obligado a morir cada vez para seguir avanzando hacia la victoria contra el enemigo, sino el hecho de recordar todo lo vivido y revivido mientras que el resto de personas a su alrededor lo vive todo de nuevo por primera vez.  Un detalle especialmente molesto de cara a ganarse el afecto de Rita, su única aliada en esta infernal pesadilla. Y es que mientras que él va pasando más tiempo con su compañera y conociéndola mejor, ésta en cambio se encuentra con él siempre en el mismo punto.

La relación inusual entre estos dos personajes y el buen aprovechamiento de una premisa que, sin ser del todo original, sí es muy atractiva, unido a los afortunados toques de humor (en ocasiones realmente hilarantes) y a la espectacularidad pirotécnica de turno, convierten a “Edge of Tomorrow” un gratificante entretenimiento.

Contiene elementos de muchas otras películas, algunas ya citadas en el encabezamiento de esta crítica, pero en última instancia, se convierte en una propuesta con suficiente  personalidad propia. Y quizás sea por sus viajes en el tiempo, por sus exotrajes  y su variopinto grupo de soldados a lo “Aliens”, o quizás sólo por la mera presencia de Bill Paxton, pero lo cierto es que se percibe cierto regustillo a lo James Cameron. Y eso, amigos, siempre es bueno.


Harto de ver cómo muchas películas con buenos argumentos se vienen  bajo en el transcurso de los minutos, da gusto comprobar cómo el nuevo y mejor film de Doug Liman desde “El caso Bourne” sabe mantener el tipo hasta el final.  El ritmo frenético, el carisma de Cruise y las potentes secuencias de acción son, junto a su juguetona trama, sus mejores armas contra el aburrimiento.


P.D.: Vale la pena destacar, amén del aspecto mecánico/pulposo de los alienígenas (bastante alejados del típico “bicho insecto/cucaracha” (cuando no, lagartija) con el que tan a menudo se representa a este tipo de monstruos), también esos ultramodernos trajes de combate que recuerdan al exo-esqueleto que lucía Matt Damon en “Elysium”. Aunque puestos a buscar referencias, quizás habría que señalar sus orígenes en la literatura de género, citando las novelas “Tropas del espacio” de Robert A. Heinlein y “La guerra interminable” de Joe Haldeman como principal fuente de inspiración.



Valoración personal: 

“Snowpiercer (Rompenieves)” (2013) - Bong Joon-ho

Etiquetas: [Acción]  [CienciaFicción]  [Crítica]  [CómicSuperhéroes]  [Drama]  [VRecomendable]  
Fecha Publicación: 2014-05-12T15:19:00.004+01:00


Hace algunos años sonaron las alarmas y todo el mundo hablaba de ello: el calentamiento global de nuestro amado planeta era una realidad que ya no podíamos seguir ignorando. ¿Los culpables? Nosotros, los seres humanos, con nuestras emisiones de gases contaminantes -producto de la quema de combustibles fósiles como el carbón, la gasolina o el petróleo- a la atmósfera.

Para algunos, este “cambio climático” debido a causas humanas  no son más que paparruchas; falacias alarmistas a las que no hay que hacer el menor caso. Sin embargo, el consenso científico es general, y se han propuesto algunas medidas para mitigar estos cambios de temperatura. Véase el Protocolo de Kyoto, un acuerdo internacional cuyo objetivo es estabilizar dicha concentración de gases. Claro que del compromiso al hecho hay un buen trecho, y no parece que estemos contribuyendo a una mejora significativa. 

Desde el pasado siglo, la concentración de los gases contaminantes ha aumentado un 30%, la temperatura ha aumentado aproximadamente 0,6°C , y el nivel del mar ha crecido de 10 a 12 centímetros. Los efectos pueden ser variados y nos afectan a todos: desde inundaciones a sequías, pasando por intensas olas de calor. Recientes estudios indican que es probable que la temperatura global de la superficie aumente entre 1,1 a 6,4 °C durante el siglo XXI. De seguir así, muchas especies animales (el oso polar, entre los más amenazados) y vegetales acabarían por extinguirse delante de nuestras narices.

No hay vuelta atrás ni existen milagros tecnológicos para paliar los efectos del cambio climático. ¿O sí?
La última película del surcoreano Bong Joon-ho (Memories of Murder, The Host) nos plantea un futuro en el que sí es posible, aunque para nuestra desgracia la solución se nos muestre afín al dicho de que “es peor el remedio que la enfermedad”.

 “Snowpiercer (Rompenieves)”, basada en la novela gráfica francesa “Le Transperceneige”, de Jacques Lob y Jean-Marc Rochette, nos sitúa en un futuro próximo en el que un fallido experimento para contrarrestar el calentamiento global ha provocado  una edad de hielo que ha acabado con casi toda la vida en la Tierra (en la línea de la reciente “The Colony”). Los últimos supervivientes habitan en el  'Snowpiercer', un tren enorme y en perpetuo movimiento que atraviesa el planeta de punta a punta a través de desiertos de hielo y nieve. En su interior, los residentes se amontonan en los vagones dividiéndose en un claro sistema de clases: los pobres, que malviven en la cola del tren pasando frío y hambre; y los privilegiados, que gozan de todas las comodidades en la parte delantera.

Tras años de represión y constante sufrimiento, emerge entre los habitantes de la cola un nuevo líder, Curtis (Chris Evans), dispuesto a cambiar el estado de las cosas iniciando una rebelión con el fin de apoderarse del tren.


Más allá de la temática ecológica subyacente, y dentro de un marco postapocalíptico ciertamente estridente y algo inverosímil, la película Bong Joon-ho pone sobre la mesa una clara denuncia a la división de clases, al totalitarismo y la represión ciudadana

Desde tiempos inmemoriales, en los que los primeros asentamientos entre seres humanos fueron constituyendo las primeras civilizaciones, fueron también apareciendo las divisiones entre clases sociales. En la división resultante es inevitable notar que al tiempo que unos están arriba de la pirámide, otros muchos se encuentran abajo. Arriba, los que someten; y abajo, los que son sometidos. Los que tienen poder y los que carecen de él…

La reducida comunidad alojada en el apocalíptico Snowpiercer constata el hecho de que para que unos gocen de privilegios, otros tantos tienen que sufrir su subyugo. Y ante la injusta opresión surge, como es de esperar, un sentimiento de rebelión. Sentimiento éste alojado profundamente en el alma de nuestro antihéroe protagonista, quién emprende un ardua gesta hacia libertad cuya meta le ha de llevar finalmente a la redención personal.

La eterna lucha de clases reducida a los estrechos y asfixiantes vagones de un tren ultramoderno como metáfora del mundo en el que vivimos. Un lugar en el que mientras unos disfrutan de las burbujeantes aguas de su jacuzzi  o saborean los más deliciosos y prohibitivos manjares, otros malviven sin tener apenas un trozo de pan que echarse a la boca ni agua corriente con la que asearse debidamente. Esos serían los extremos más claros aunque no siempre los más visibles ni tampoco los más abundantes, si bien entre uno y otro existen infinitos intermedios en los que se entremezclan miseria y riqueza a partes muy desiguales.

El último Capitán América cinematográfico, Chris Evans, vuelve a encarnar al heroico protagonista, sólo que esta vez se trata de un héroe muy diferente al que encarna en las superproducciones de Marvel. Su personaje, atormentado por la culpa, representa aquí el último resquicio de esperanza para un grupo de hombres, mujeres y niños desesperados y ansiosas por una vida mejor o, cuanto menos, más justa. Es tal la desesperación, tras tanto motín fallido, que Curtis/Evans no dudará en sacrificar lo que haga falta (y a quién haga falta) con tal de conseguir su objetivo. Ese egoísmo, unido a su inseguridad para con su posición de líder, así como ese sentimiento de culpa procedente de un pasado oscuro, hacen de él un antihéroe singular.
Evans lleva sobre sus hombros el peso de la cinta, demostrando como pocas veces sus dotes dramáticas, además de sus ya sobradamente conocidas dotes físicas. Pero no está solo, pues le acompaña un ilustre trupe de secundarios encabezada por el veterano John Hurt, el casi siempre desaprovechado Jamie Bell y ese gran intérprete surcoreano que es Song Kang-ho. Amén de sólidas actrices como Octavia Spencer o una Tilda Swinton extremadamente cargante (así lo exige su caricaturesco personaje). Y como guinda del pastel, un hombre en la sombra que, obviamente, no voy a desvelar.


Aún con su evidente mensaje por bandera, “Snowepiercer” no abandona su condición de filme de acción, algo que afronta con inusitadas explosiones de brutal violencia. En éstas, el poderío visual de Bong Joon-ho hace acto de presencia, manejando la cámara con virtuosismo y mostrándonos impactantes enfrentamientos cuerpo a cuerpo que son una auténtica carnicería.

Quizás esa excelsa brutalidad en pantalla (en ocasiones, muy bruta)  incomode a algunos espectadores, e incluso muchos consideren que entorpece o estorba el mensaje que el guión dispara a bocajarro, pero para quien esto escribe la mezcla funciona. Probablemente se erija más como filme de acción/ciencia-ficción, pero su contenido interno va más allá, y eso ya es mucho más de lo que ofrecen muchos blockbusters u otras cintas de corte similar.

“Sownpiercer” es salvaje, excesiva, incómoda y cruda, pero también deja espacio a la esperanza. El transcurso de la acción a modo casi de videojuego, saltando los personajes de un vagón a otro como si de niveles de un juego se tratara, entraña a cada rato una serie de hallazgos  que poco a poco van desenmarañando una trama mucho más compleja de lo que parece a simple vista. El Snowpiercer no sólo es un tren sino también una caja llena de sorpresas, la mayoría desagradables para nuestros rebeldes protagonistas, y que en cada vagón nos invita a hacer un descubrimiento para ir encajando las piezas del rompecabezas.  Este juego funciona a las mil maravillas, haciendo bien de guardarse unos cuantos ases en la manga a modo de golpes de efecto que han culminar en un inconmensurable desenlace.


Con todo, “Snowpiercer” es un cita ineludible para el buen aficionado a la ciencia-ficción. 



Valoración personal:

Autobombo: escribiendo para Phenomena Experiencie

Etiquetas: [Autobombo]  [Personal]  
Fecha Publicación: 2014-05-08T10:14:00.000+01:00


Poco a poco, y sin proponérmelo, voy extendiendo mis tentáculos por la red cinéfila española, escribiendo en otros medios además de en este humilde blog.

A mi inclusión, desde hace ya unos cuantos años, al staff de Scifiworld (participando tanto en la revista impresa como el portal web), se unen ahora mis colaboraciones para la revista digital de Phenomena Experience.

¿Y qué es Phenomena Experience? Pues para los que no lo conozcáis, se trata de una iniciativa impulsada por el director español Nacho Cerdá con el fin de recuperar las míticas dobles sesiones de antaño proyectando, de nuevo en la gran pantalla, grandes clásicos de los 70, 80 y 90. La primera proyección tuvo lugar en Barcelona en el año 2010, y desde entonces se han ido programando un buen puñado de títulos (Tiburón, Alien, Regreso al futuro, Gremlins…) tanto en la ciudad condal como, más tarde, en Madrid y Zaragoza.

Desde enero de 2014, Phenomena Experience edita su propia revista digital con detallada información acerca de las películas que forman parte de sus próximas proyecciones. Con motivo al especial que el inminente Salón del Cómic de Barcelona dedica a la guerra en las historietas, este mes se presenta un programa doble que rinde homenaje al cine bélico. En dicha sesión se proyectarán dos clásicos de los ochenta: “La chaqueta metálica” de Stanley Kubrick, y “Evasión o victoria” de John Huston.

Y es precisamente en este número en el que un servidor se ha estrenado como redactor escribiendo un breve artículo sobre la obra magna antibélica de Kubrick. Para leer éste y otros artículos, podéis descargaros gratuitamente la revista desde su página oficial: www.phenomena-experience.com.

Espero y deseo que os guste mi artículo.



Saludos!

Artistas de cine: El maravilloso arte del cartel ilustrado (de Saul Bass a Paul Shipper)

Etiquetas: [Artículo]  [Especiales]  
Fecha Publicación: 2014-04-27T17:11:00.000+01:00


Hubo una época, antes de la aparición de las computadoras y sus poderosas -y peligrosas, en las manos equivocadas- herramientas digitales, en las que los carteles cinematográficos se realizaban con técnicas más rudimentarias y artesanales.

Desde sus primeras exhibiciones públicas, el cine ha necesitado promocionarse. A principios del siglo XX empezaron a emplearse carteles ilustrados en los que se escenificaba alguna escena concreta de la película o bien una serie de imágenes superpuestas de diversas escenas de la misma. Más adelante, éstas también irían acompañadas de sencillos montajes en los que los rostros de sus intérpretes cobrarían mayor protagonismo.
Si bien el cartelismo cinematográfico ha ido evolucionando a lo largo de las décadas, mostrando una amplia gama de estilos artísticos, lo cierto es que aquellas primerizas composiciones sentaron todo un precedente, y sus fórmulas y derivaciones siguen hoy día siendo válidas y viéndose frecuentemente en las marquesinas de los cines o en las carátulas de las ediciones domésticas. Además, dicho elemento publicitario se ha ido extendiendo, con el paso de los años y la sofisticación de las herramientas  (y el aumento de la inversión económica de los estudios), a otros soportes como las vallas publicitarias o las banderolas, infiltrándose cada día más en el entorno urbano del ciudadano, es decir, del potencial espectador.

Quizás uno de los primeros artistas en romper “las reglas (estilísticas) no escritas” del nuevo arte en cartelería fue Saul Bass, diseñador gráfico que, una vez afincado en Los Ángeles y montado su propio estudio empezó, a mediados de los 50, a trabajar en la industria hollywoodiense.


El director Otto Preminger le abrió las puertas con su primer encargo para “Carmen Jones” (1954), y éste quedó tan encantado con el resultado que le asignó también diseñar la secuencia de los títulos de crédito. Labor ésta última, que Bass acabaría compaginando con frecuencia con el diseño de carteles (bien conocidos son los de “Vértigo” o “Anatomía de un asesinato” de Hitchcock) y por la que sería reconocido y elogiado dentro del mundillo, erigiéndose finalmente en un referente (por su innovación, su original uso del color y su impacto visual) en lo que al honorable arte de los títulos de crédito se refiere.

Pero cuando hablamos de “romper las reglas”, merece la pena cruzar el charco para mencionar el fenómeno que se produjo entre los años 60 y 90 en países de Europa del este como Checoslovaquia, Polonia o la antigua URSS. Durante tres décadas, los artistas plásticos de aquellos países, privados de exponer sus obras al público por la censura, se empleaban en el ámbito de artes aplicadas diseñando carteles de cine de inusitado valor artístico. Mientras que en el resto de Europa se seguían utilizando los métodos tradicionales (dibujo ilustrativo/descriptivo de la película, fotografías de los protagonistas…), en Checoslovaquia y Polonia estos artistas se inspiraban en el arte informal, el arte pop y la fotografía moderna, volcando su imaginación con singulares pinturas, collages y fotocollages, etc.

La libertad con la que trabajan estos artistas ocasionaba, a menudo, que la obra final poco o nada tuviera que ver con la película a la que pertenecía… Resultado: piezas dignas de ser expuestas en una exposición sobre surrealismo de algún museo de arte.

Pero volvamos de nuevo a EE.UU., porque es ahí donde comienza, en la década de los 60, una nueva era para el cartel de cine ilustrado. Y lo hace de la mano de Robert Peak (o Bob Peak), considerado como el “Padre del cartel de cine moderno”. Peak fue un ilustrador comercial estadounidense cuyas obras aparecieron en publicidad, revistas nacionales (Time) e incluso sellos (concretamente, para los Juegos Olímpicos de 1984). Su primer trabajo para la industria cinematográfica se produjo cuando United Artists le encargó el diseño de las imágenes de los carteles del musical "West Side Story", en 1961. A partir de ahí, el trabajo de Peak estuvo ligado al cine, realizando los carteles de películas tan conocidas como "My Fair Lady", "Excalibur", "Apocalypse Now" o "Superman", así como para varias entregas de James Bond y Star Trek.

Sus innovadoras ilustraciones inspirarían a autores posteriores de las que enseguida hablaré. Pero Peak no fue el único artista a destacar, y antes y durante la época en que su obra decoraba las marquesinas de los cines, otros artistas, quizás hoy día no tan (re)conocidos, lograron hacerse un hueco muy significativo dentro del panorama del cartel cinematográfico ilustrado. Ilustradores como el gran Frank McCarthy, otro prolífico artista a quién le debemos los magníficos carteles de, por ejemplo, “Los diez mandamientos”, “12 del patíbulo”, “Hasta que llegó su hora” o “Thunderball” (entre otras entregas del popular agente 007); Tom Jung, que además de ilustrar los carteles de “Lo que el viento se llevó”, “Papillon” o “Doctor Zhivago”, también realizaba story-boards; Howard Terpning que ilustró “Los cañones de Navarone” o “Lawrence de Arabia”, entre otros; Robert McGinnis, cuya obra comprendía más de 40 carteles, entre ellos los de “Barbarella” (aunque sea mucho más popular el que realizó el ilustrador Boris Vallejo) o “Desayuno con diamantes”; Tom Chantrell, recordado sobre todo por sus trabajos para la Hammer (amén de su magnífico cartel para “La guerra de las galaxias”);  Reynold Brown, cuya carrera empezó a principios de los 50 y se mantuvo hasta mediados de los 6o (suyos son los carteles de “Ben-Hur” o “El ataque de la mujer de 50 pies”); o Jack Davies, fundador de la revista de humor Mad, y cuyo estilo caricaturesco lograba hacerle destacar fácilmente entre el resto de ilustradores (véase su trabajo promocional para “Los violentos de Kelly”).


Todos ellos (y muchos otros sin nombrar) contribuyeron, con su arte, a una parte muy importante –y merecedora de mayor reconocimiento- de la promoción cinematográfica. A diferencia de hoy día, en dónde contamos con abundante material promocional a través de Internet (trailers, clips de la película, featurettes, etc.) u otros medios (revistas, anuncios y/o reportajes de televisión), antaño el cartel de una película obedecía a un poder de reclamo mucho mayor.  Un buen cartel debía seducir, más que informar (que también), para así poder atraer a más espectadores a las salas.  Espectadores que, una vez en la puerta de entrada de los cines, se decidían por una u otra película dejándose llevar, no pocas veces, por el póster que lucía en las marquesinas.

Y no es que dicho objetivo para con el cartel haya cambiado, ni mucho menos, pero sí ha menguado su importancia o relevancia con respecto a otros soportes publicitarios en los que también se apoya la promoción de un estreno. Soportes que sin duda le han ido comiendo terreno (los trailers, sobre todo).

Echando la vista “no tan atrás” (allá por los 80…), cuántos de nosotros, cuando éramos unos críos y visitábamos, por ejemplo, el videoclub del barrio, no nos habíamos dejado arrastrar por la carátula de la caja (del vídeo Beta primero y del VHS después) a la hora de alquilar una película. ¡Y la de auténticos despropósitos que contemplaron nuestros ojos por ese mismo motivo! Y es que un buen cartel o carátula no siempre –de hecho, muy pocas veces- era sinónimo de una buena película. Los autores de dichos carteles eran, en su mayoría, grandes -y a menudo, desconocidos- artistas, mientras que las producciones a las que se destinaban sus obras suponían toda una tómbola en cuanto a calidad. Sin embargo, el poder de reclamo de un bonito cartel era algo a lo que muchos no podíamos resistirnos.

De todos modos, cuando hablamos de carteles ilustrados, hay un nombre que, para muchos de nosotros (toda una generación), prevalece por encima de todos los demás; que nos viene a la mente antes que ningún otro. Un artista que ha formado parte de nuestra infancia cinéfila. Sí, ya lo habréis adivinado. Me refiero, obviamente, al gran Drew Struzan, maestro entre maestros y genio incomparable.

Si Peak fue el padre del cartel de cine moderno, Struzan fue sin duda el hijo pródigo, el alumno aventajado que logró hacerle sombra a sus predecesores y e incluso a coetáneos tan notables como Richard Amsel o John Alvin, otros dos grandes artistas que convivieron junto a Struzan en una época, los 80, en la que los fotógrafos empezaron a pisarle el terreno a los ilustradores (en todos los ámbitos, no sólo en el cinematográfico). Struzan, Amsel y Alvin fueron los herederos del arte de Peak, la nueva generación de ilustradores de carteles de cine que lograron hacerse un nombre en unos tiempos claramente poco favorables hacia a su oficio en comparación con los tiempos dorados que vivieron sus antecesores, en los que buena parte de la producción cartelera era ilustrada.


Aquellos tres artistas se repartieron los encargos de los estudios para las producciones de la época. En ocasiones, varios autores llegarían incluso a ilustrar para la misma película. Es el caso, por ejemplo, de los carteles de Alvin y Struzan para “Blade Runner. Quizás por ese motivo a menudo se tendía a confundir la autoría de los trabajos de ambos artistas.

De Amsel, que también ilustró portadas de discos y revistas, se recuerdan sobre todo sus carteles para “En busca del arca perdida”, “Flash Gordon”, “El golpe”, “El cristal oscuro” o “Tras el corazón verde” y su secuela. Alvin, por su parte, colaboró con preciosas piezas para algunos clásicos de Disney como “Aladdin”, “La Bella y la Bestia” o “El Rey León”, y además de la citada “Blade Runner”, suyos son los carteles de “Gremlins”,”E.T. El extratrerrestre” o “La princesa prometida”. Struzan, a quién ya le dediqué hace algunos años un artículo a raíz del especial de “Indiana Jones”, fue el más prolífico y popular de los tres, y el que más tiempo ha permanecido en activo. Y pese a anunciar su retiro hace algún tiempo, lo cierto es que ha seguido trabajando en otros proyectos y sus servicios han sido requeridos alguna que otra vez por la industria del cine. Además, ha sido objeto de un documental, “Drew: The Man Behind the Poster”, que repasa su extensa obra con la ayuda de entrevistas a cineastas y actores (Steven Spielberg, George Lucas, Harrison Ford, Michael J. Fox…) involucrados en los proyectos para los cuales trabajó.

Y de Struzan nos vamos a Paul Shipper. Porque si hay alguien en la actualidad que pueda considerarse digno heredero de su arte, ese es Shipper. Para empezar, es más que evidente la influencia del primero en éste; el estilo, la técnica y el tipo composiciones que recrea Shipper recuerdan sobremanera a las ilustraciones de Struzan. Tanto es así, que si no fuera porque un servidor se conoce al dedillo la obra de Struzan, no sería difícil caer en el error de atribuirle a Struzan la autoría de algunos de sus fantásticos carteles. Su talento le ha permitido trabajar con la mismísima Lucasfilm, y en la actualidad elabora las cubiertas de una serie de cómics basada en Star Trek (IDW Star Trek: Khan Series).

Otras artistas claramente influenciados por Struzan son Mark Raats o el catalán Jordi Pérez Mascaró (de nombre artístico Mo Caró), y sus portafolios así lo atestiguan. A Caró, precisamente, se le ha atribuido la etiqueta de “el Struzan español”, y aunque a mi modo de ver la comparación sea demasiado generosa, lo cierto es que su talento es innegable.


Seguramente sigan surgiendo más ilustradores que se dediquen al buen arte de ilustrar carteles de cine, pese a que en actualidad sea Photoshop quién lleve la voz cantante en esta materia. La popular herramienta de Adobe, indispensable en el día a día de todo diseñador gráfico, es un gran aliado para estos y otros menesteres, siempre y cuando sepa hacerse buen uso de ella. Por desgracia, la mayoría de grafistas de Hollywood parecen empeñados en darle mala fama a base de horripilantes fotomontajes en los que se cometen tropelías de todo tipo. Esa es la razón por la que, con más motivo, echemos tanto de menos los carteles ilustrados de antaño.

Para compensar, de algún modo, tantas atrocidades cometidas con el defenestrado Photoshop, surge en estos últimos años Mondo, un colectivo de artistas dedicado por entero a la creación de carteles ilustrados para clásicos de toda la vida y estrenos más recientes. Se trata de ediciones limitadas que, además, pueden contemplarse en vivo en una galería permanente en Austin, Texas.


Los estilos que aglutina Mondo son de lo más variado. Cada artista tiene su propio sello de identidad, por lo que las obras de unos no son comparables con las de los otros. Puestos a citar los nombres de algunos de estos talentosos artistas, éstos serían Ken Taylor, Martin Ansin, Aaron Sorkey, Kevin Tong o Olly Moss, éste último uno de los “culpables” en poner de moda los carteles minimalistas.



“The Amazing Spider-Man 2 – El poder de Electro” (2014) – Marc Webb

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Fecha Publicación: 2014-04-18T17:05:00.000+01:00


Aunque no gozara del beneplácito del fandom pro-Raimi más radical, lo cierto es que “The Amazing Spider-Man” hizo buena caja y ganó más adeptos de los que se esperaba (servidor, entre ellos).Ese es el motivo de que aquél –en primera instancia, repudiado- reboot tenga ahora su secuela, y de que eso signifique gozar de una de las películas de superhéroes más estimulantes y emocionantes de los últimos años.

Pero no adelantemos acontecimientos…

Primero de todo, hay que reconocerle a Sony el haber hecho bien los deberes desde el principio al tratar de alejarse, para bien o para mal, lo máximo posible de la franquicia predecesora. Más que nada, porque no era plan de volver a contar lo mismo pero con otras caras.

Es por eso que todo cuanto nos cuentan Webb y cía resulta, en cierto modo, novedoso (al menos para los neófitos del cómic). Desde el nacimiento del héroe hasta su madurez, pasando por su primer gran amor o el misterioso pasado de sus padres. De hecho, esto último es el arco argumental sobre el cual se sustenta toda esta nueva saga. Aunque en cada entrega la presencia de un villano principal suponga una historia autoconclusiva en sí misma, todo lo que tiene que ver con la desaparición de los padres de Parker y su vinculación con Oscorp es el eje sobre el que giran estas nuevas aventuras del trepamuros. De este modo, podríamos considerar la primera película como el inicio de la historia, esta secuela como el nudo y la futura tercera entrega como el desenlace (cuya primera piedra se instala al término de ésta).

Esta continuidad ligada al entorno familiar de Parker es el “gran secreto” que se desvela en “The Amazing Spider-Man 2 – El poder de Electro” para entender la naturaleza del héroe y también la de sus antagonistas pasados, presentes y futuros. Al fin Parker descubrirá la verdad y comprenderá el porqué de su forzoso abandono. Todo ello mientras trata de lidiar con el amor de su vida, la encantadora Gwen Stacy.

El acierto de Webb para con Spider-Man es el haber sabido tejer las relaciones humanas entre los personajes. En esta ocasión, con más razón todavía, pues Parker sufre, Gwen sufre y Tía May sufre… ¡Y qué  demonios!, yo sufro porque ellos sufren. Ese grado de vinculación con los protagonistas es crucial a la hora de disfrutar de la película a otro nivel. No se trata sólo de dejarse asombrar por el espectáculo pirotécnico, que también, sino de acercarse íntima y psicológicamente a esos personajes.  


El reincidente debate interno de Parker entre su alter ego (y su deseo de llevar una vida lo más normal posible junto al amor de su vida) y su lado justiciero (la euforia de embutirse en el traje y hacer cabriolas en el aire; la satisfacción de zurrar a los malechores y ser admirado por ello, etc.) está sólidamente retratado, haciendo hincapié en aquello de “un gran poder conlleva una gran responsabilidad”. Las dificultades de llevar una doble vida son inevitables. Ser Spidy puede ser tan divertido como peligroso, sobre todo para quienes le rodean (sus seres queridos más cercanos, especialmente). Pero ser Spider-Man no es ni tan siquiera una elección sino un deber; algo que esos poderes le exigen ser. Es el legado (no tan casual) que indirectamente le otorgaron sus padres. Su inevitable destino.

Ese debate interno tiene ahora el foco de atención puesto en la promesa hecha al padre de Gwen, algo que no ha parado de atormentarle desde entonces. Parker quiere demasiado a Gwen como para alejarse de ella, pero reconoce que a su lado ésta está en constante peligro. Esa disputa entre lo que quiere y lo que cree que es correcto; entre lo que le dicta su corazón y lo que le dicta su conciencia, es el motor que hace avanzar y retroceder su relación amorosa.

Pero no todo en la doble vida de Parker tiene que ser tan engorroso, y aunque cueste sobrellevar los quehaceres diarios de su vida de adolescente con la de justiciero enmascarado, sobre todo viviendo con su tía (quién pese al comportamiento cada vez más extraño de su sobrino, poco sospecha del gran secreto que le oculta), lo cierto es que su alter ego se ha beneficiado, a su manera, de tan envidiosos superpoderes. Poco queda ya de aquél nerd patético y ahostiable que encarnó Maguire. El Parker de Garfield es un joven que ha ganado confianza en sí mismo (¿quizás demasiada?), lo que se traduce a su vez en un Spider-Man más seguro y dicharachero. Y aunque existan voces en su contra, lo cierto es que los ciudadanos de Nueva York le adoran y le aclaman allá por donde pasa.

Spider-Man es un héroe que inspira a la gente, y eso es lo que, pese a cualquier obstáculo que se le presente o cualquier calamidad que aflige su corazón, le hará seguir embutiéndose en esas ajustadas (y sorprendentemente resistentes) mallas de azul y rojo. La ciudad necesita Spider-Man, y eso está por encima de todas las cosas.

Parker se divierte siendo Spider-Man y sufre siendo Peter Parker. Es la historia de su vida, y nunca mejor contada que en esta secuela.


Por otro lado, Webb ha decidido introducir algunos cambios visuales relevantes con respecto a su primera incursión en el universo del trepamuros. Si, por ejemplo, en la primera película decidió apostar por un mayor realismo de cara a los desplazamientos de Spidy empleando cables y dobles de acción en sustitución del recurrido píxel, en esta ocasión hace justo lo contrario y se beneficia más que nunca de los efectos digitales en favor de un mayor y superlativo grado de espectacularidad. Y es que hay cosas harto difíciles de realizar sin la ayuda de un ordenador, a menos que Garfield o su doble tengan realmente superpoderes. Así pues, Spidy se desplaza ahora entre los rascacielos de Nueva York surcando los cielos haciendo virguerías imposibles propias de las viñetas. El dinamismo que eso confiere a las secuencias de acción es fundamental de cara a la confección de las mismas, con un ágil y escurridizo Spider-Man de gestos y movimientos más arácnidos que nunca, y al que podemos observar en todo su esplendor gracias a los ralentíes y cámara lenta a los que de vez en cuando recurre Webb en las moviditas secuencias de acción.

Otro cambio evidente es el diseño del traje, debido muy probablemente al descontento generalizado (aunque una vez en movimiento tampoco desentonaba tanto) con el que Garfield/Parker lució en la primera entrega. Se abandona, por tanto, el moderno (y deportivo) rediseño previo para volver a los orígenes comiqueros y de este modo recuperar el aspecto más clásico del traje que Spider-Man lucía en los cómics (y también en las películas de Raimi, todo hay que decirlo).   

A la guasa que se gasta nuestro protagonista en plena en acción, hay que añadirle en términos de humor, la gran variedad de ingeniosos gags y simpáticos guiños que aportan a la historia la frescura y diversión friki que hay que exigirle a una película de este tipo. A fin de cuentas, no vamos al cine a llorar como magdalenas sino a pasar un buen rato devorando un cubo de sabrosas y saladas palomitas. A tales efectos, “The Amazing Spider-Man 2 – El poder de Electro” es la elección perfecta para pasar una agradable velada en la oscuridad de una sala de cine. La película lo tiene todo: acción, humor, romance, tragedia, espectacularidad…  Un genuino divertimento que supone la consagración de Spidy en el cine. Apta para todo buen fan del cine de superhéores y, sobre todo, de Spider-Man (salvo que seas demasiado fan de la versión de Raimi).


Valoración personal:

“Noé” (2014) – Darren Aronofsky

Etiquetas: [Catastrófico]  [Crítica]  [Drama]  [Fantástico]  [VInteresante]  
Fecha Publicación: 2014-04-07T11:30:00.002+01:00


Podrá gustar más o podrá gustar menos (en humilde mi caso, ni fu ni fa), pero si hay algo  absolutamente incuestionable que se pueda decir acerca de Aronofsky, es que desde que desde sus comienzos, cada una de sus películas ha sido muy diferente a la anterior. Desde sus extraños thrillers psicológicos como “Pi, fe en el caos” o “Cisne negro”, hasta la miseria más descarnada de “Réquiem por un sueño” o la dolorosa redención de “El luchador”, el cineasta ha perseguido siempre el componente dramático y turbador de aquellas historias que ha llevado a la gran pantalla. Ahora, tras algún que otro intento fallido por el camino, Aronofsky ha conseguido llevar a nuestras salas de cine una de las grandes epopeyas bíblicas del Antiguo Testamento: el diluvio universal.

La película cuenta con el australiano Russell Crowe en el papel de Noé, un hombre justo y bondadoso en un mundo en el que el resto de sus semejantes se han convertido en unos salvajes caníbales.  Pero Noé vive en paz y harmonía con la naturaleza junto a su mujer Naameh y sus tres hijos: Sem, Cam y Jafet. Por ese motivo, Dios le elige a él para encomendarle una misión de vital importancia antes de que tomar medidas drásticas contra la humanidad. Noé recibe, a través de los sueños, el encargo de construir una embarcación en la que salvar a su familia y a dos animales (hembra y macho) de cada especie antes de que el Creador se disponga a erradicar la violencia y la maldad del hombre destruyendo su generación con un catastrófico diluvio.

Aunque un prólogo algo cochambroso nos haga temer lo peor, lo cierto es que “Noah” logra, de entrada, una de sus principales propósitos: ofrecer un brioso espectáculo visual a la altura de lo que demanda el relato.

Nunca antes se había llevado a la gran pantalla la historia de Noé como en esta ocasión. Se han realizado distintas cintas de animación, miniseries para televisión e incluso algunas películas se han inspirado en ella para elaborar libres versiones, como “El arca de Noé” de Michael Curtiz, que transcurre durante la I Guerra Mundial, o una inofensiva aventura familiar de Disney titulada “El último vuelo del Arca de Noé”. Por ello, Noé no tiene con qué compararse, lo que en cierto modo es una ventaja. La personal versión de Aronofsky sienta un nuevo precedente cinematográfico, aunque lo suyo también pueda considerarse como una libre adaptación más que como “la obra definitiva” al respecto.

De entrada, sorprende el propósito más bien comercial (y no tanto aleccionador, cosa que se agradece) que parece haberse fijado de cara al asistente a las salas, pues el “Noé” de Aronofsky luce como un blockbuster y funciona como tal. Podríamos pensar que tratándose de un cineasta de la clase de Aronofsky, es decir, un autor, las pretensiones podrían haber ido a más (y quién sabe, quizás lo haya pretendido), pero lo cierto es que a grandes rasgos esta aventura bíblica no es otra cosa que un gran espectáculo para todos los públicos (creyentes o no creyentes). Por supuesto, está sujeta a la libre de interpretación que de ella pueda hacer cada espectador en relación a sus creencias (o a la falta de ellas), pero considero que dejando de lado ese aspecto tan subjetivo y personal, la cinta se erige, no sin ciertas dificultades, como un válido entretenimiento épico-religioso.


Al relato en sí no es que le falte fantasía, precisamente, pero aun así Aronofsky aprovecha todo lo que puede del relato original para magnificar los aspectos que más y mejor pueden corroborar y afianzar esa condición de blockbuster. Véase, por ejemplo, a los Vigilantes, unos ángeles caídos y transformados -por castigo divino- en gigantes de piedra, que intervienen en la historia para ayudar a Noé.  Estos gigantes, de movimientos un tanto peculiares (más que digitales, parecen estar hecho en stop-motion) están dispuestos, si hace falta, a repartir leña entre quiénes osen interferir en los propósitos de Noé. Aunque éste último tampoco es que se quede corto en estas lides…  Hostias a diestro y siniestro entre el buen sirviente de Dios y sus blasfemos enemigos liderados por el malo maloso Tubal-Caín (Ray Winstone) aderezan una historia que se contagia del cine épico-fantástico reciente tan made in Hollywood. Aunque por encima de todo eso, y más allá de su espectáculo visual, subyace un claro convencimiento de que la cinta logre trasladar al espectador un mensaje de esperanza. Un último repunte de fe en la humanidad y en la capacidad de redención.

Es a lo largo de todo el tramo final donde la película presenta una mayor discordancia para con los sucesos previos, pues se deja a un lado la acción para dejar paso al lado más humano del relato: el debate interior de un hombre de fe sometido a la presión de una terrible decisión. Un acto en sí mismo ha de decidir el destino de toda la humanidad.


El periplo familiar, por tanto, no termina con el diluvio sino que con éste se inicia la etapa más dura del viaje. Y es al final de ésta cuando se nos mostrará el triunfo del amor, la fe y la esperanza por encima del odio y el miedo. El nacimiento de una nueva era, la semilla del porvenir. La creación frente a la destrucción. La búsqueda de un futuro mejor tras haber aprendido de los errores del pasado.

De todos modos, y de cara al aspecto más religioso de todo el tinglado, decir que hace más por la doctrina de la Biblia la habitual programación televisiva de Semana Santa que el “Noé” de Aronofsky. Bien podría haberse convertido ésta en la “Los diez mandamientos” de nuestros tiempos, pues mimbres para ello tiene y de sobras, pero Aronofsky no es ni mucho menos DeMille, y al final la cosa deviene simplemente en un entretenido pasatiempo delujosa  producción y atractivo reparto. Que en estos tiempos que corren tampoco es nada desdeñable, aunque viniendo de quién viene quizás muchos se sientan decepcionados o algo insatisfechos con el resultado.

 P.D.: Mi conclusión colateral al respecto de todo esto es que la humanidad somos producto del incesto (¡al diablo con la teoría de la evolución!). Pero bromas aparte,  hay que reconocer que la película se presta, sin quererlo, al cachondeo constante. No hay más que ver a Noé en su empeño por complacer a su Creador, mientras que sus hijos adolescentes parece que sólo piensen en fornicar...


En cualquier caso, el que prefiera tomársela más en serio, no creo que no encuentre obstáculos para ello. Por el contrario, el que busque “fidelidad” quizás se dé con un canto en los dientes.



Valoración personal:

“300: El origen de un imperio” (2014) - Noam Murro

Etiquetas: [Acción]  [Bélico]  [Crítica]  [Fantástico]  [VRegular]  
Fecha Publicación: 2014-03-10T11:13:00.001Z


Tras debutar con el formidable remake de “Amanecer de los muertos”, el cineasta Zack Snyder se puso manos a la obra con “300”, adaptación de la conocida novela gráfica de Frank Miller. Precedida de una fuerte campaña publicitaria y unos trailers arrolladores, ésta llegó a los cines en 2007 para convertirse en pocas semanas en la segunda película más taquillera del año por detrás de “Piratas del Caribe: En el fin del mundo”. Aunque la crítica más sesuda se cebó con ella, lo cierto es que los espectadores (servidor incluido) se mostraron encantados de contemplar el brioso, sangriento y ampuloso espectáculo que Snyder ofrecía a golpe de cromas.

Como es habitual en la industria hollywoodiense, semejante éxito no podía quedarse sin su pertinente secuela, de la cual se estuvo hablando durante largo tiempo. Por aquél entonces, los productores tomaron la decisión de esperar a que Miller hiciera lo propio con su novela gráfica, es decir, que escribiera una continuación de su puño y letra para luego ésta ser llevada a la gran pantalla. Y así es como ha sucedido, aunque esto les haya llevado más tiempo del que seguramente tuvieran previsto, pues “300 – El origen de un imperio” llega a nuestras carteleras ocho años después del filme original. Y lo hace con el desconocido Noam Murro en la silla de director en sustitución de Snyder, ahora productor.

Aunque se llegó a rumorear la idea de realizar una precuela, parece que la negativa de Gerard Butler a encarnar de nuevo a Leónidas obligó a concebir esta segunda entrega como una continuación directa de aquella sin la presencia del rey espartano. Y si bien esto es así, lo cierto es que la cinta contiene un poquito de precuela y secuela a la vez, e incluso parte de la acción transcurre simultáneamente en el tiempo a los hechos mostrados en su antecesora.

Para situarnos en el contexto, el director nos propone un -algo largo- prólogo (voz en off mediante) en el que nos presenta rápidamente al nuevo protagonista, el general griego Temístocles, al tiempo que nos relata los orígenes del temible Xerxes, un mortal devenido en dios rey. A partir de ahí, la película desarrolla los intentos de Temístocles de unificar toda Grecia para combatir al poderoso y numeroso ejército persa, y su lucha constante contra la armada de dicho enemigo, lo que obviamente propiciará los violentos e impactantes enfrentamientos que el público desea presenciar.

Si bien ya no tenemos a Snyder tras la cámara, lo cierto es que su sello sigue presente. Murro, que en su currículum contaba hasta el momento con tan sólo una comedia dramática a sus espaldas, se ha limitado a plagiar el estilo de su mecenas, que a fin de cuentas es lo que se le exigía. Y eso se traduce, además de fidelidad en la particular estética comiquera de su predecesora, en un constante uso (o abuso, según se mire) de cámara lenta y en una fijación absolutamente desmesurada por la violencia exhibida y la generosa hemoglobina (digital) resultante de ella.

En este sentido, es totalmente continuista y fiel al producto original, tanto en el aspecto visual como en todo lo demás. Sus pretensiones van ligadas al tipo de espectáculo que pretende ofrecer, por lo que al guión tampoco se le puede pedir mucho más. Y es que cuando uno va a ver un blockbuster de este tipo no busca, ni mucho menos, alimento para sus neuronas; tan sólo mero entretenimiento con el que satisfacer al crío juguetón e impresionable que todos llevamos dentro.

Acudir a una sala de cine a disfrutar de un blockbuster es lo más parecido a irse a un McDonald’s a saciar el hambre. Lo malo es que en esta ocasión la hamburguesa sabe a plástico y encima te deja con hambre…


En su momento, “300” poseía un look pocas veces visto, y deudor de otra adaptación cinematográfica de Miller, “Sin City”, aunque alguno que otro antes que Rodríguez y Snyder ya había osado rodar algo parecido (¿alguien se acuerda de la fallida “Sky Captain y el mundo del mañana”?). Por entonces, aquello era algo novedoso y muy atractivo, y eso, unido al culto al cómic y a la fuerza visual del director, hacía de la primera entrega un espectáculo único en su especie. Luego vendrían Speed Racer, The Spirit, Watchmen… E incluso la pequeña pantalla se vería contagiada por el “virus del croma” con series como “Spartacus: sangre y arena”. Pero más allá de lo visual, la clave de todo residía en que la película molaba porque los espartanos molaban; porque Leónidas molaba (un huevo y parte del otro). Pero aún con toda su espectacularidad (y no es poca), esta secuela no ha conseguido otra cosa que dejarme frío.

He sido testigo impasible de su sanguinaria violencia y sus cuasi pornográficas explosiones de testosterona sin atisbo alguno de emoción o empatía hacia lo que transcurría ante mis ojos. Quizás se deba, en parte, a lo artificial de su mencionada estética;  a lo esquemático y repetitivo de su “trama” (por llamarla de alguna forma) o al agotador “non-stop” de acción desenfrenada (no hubiese estado de más dejar que el espectador se tomara un respiro algo más prolongado entre batallita y batallita). Pero tales pormenores podrían atribuírsele perfectamente a su predecesora, y sin embargo aquella sí resultaba un producto sumamente disfrutable. Entonces, ¿cuál es el problema? Que la sombra de Leónidas es muy alargada, y que pese a su poderío visual, su estruendoso dolby-surround y portentosa banda sonora, y sus sangrientas batallas, esta continuación palidece ante las comparaciones.

Porque aunque Gerard Butler no haya hecho prácticamente nada destacable tras la cinta que lo catapultó a la fama, es innegable que posee carisma, y en la piel de Leónidas éste desbordaba la pantalla, lo que contribuía a hacer del rey espartano un personaje admirado y querido. Su relevo aquí, el también australiano Sullivan Stapleton, no le llega ni a la suela de los zapatos. En parte, porque el personaje, aunque es un gran estratega militar (como se demuestra en las distintas batallas navales entre atenienses y persas), carece del ímpetu guerrero de los espartanos y de la arrolladora presencia de su líder. Pero sobre todo, porque Sullivan es un sosainas.

La ausencia de un protagonista digno de mención se compensa, no obstante, con la fuerte presencia de una villana de excepción: Eva Green, que encarna a la vengativa Artemisia, comandante de la armada persa. Pese a lo funesto de sus líneas de diálogo (algo común al conjunto del guión), la actriz compone una antagonista de peso (despiadada, inteligente, manipuladora, sexy…), y que contra todo pronóstico cobra un protagonismo muy por encima del esperado por un Xerxes casi ausente que ni pincha ni corta en la historia.


Artemisia es el motor de la película, y la que con sus apariciones logra despertar el interés de un espectador (servidor), totalmente absorto del vacío espectáculo que se le ofrece. Porque aunque entretiene (eso no se le puede negar), “300 – El origen de un imperio” no deja ningún poso; no invita a entrar en su historia sino a contemplarla desde fuera, como si se tratara de un videojuego al que otro juega mientras nosotros le observamos.

La sensación es muy parecida a la que transmitía “Sucker Punch”, que ni con toda su parafernalia y espectacularidad lograba arrastrar al espectador dentro del virtuoso torbellino de imágenes que se desencadenaban. Aquí ocurre exactamente lo mismo.

Me considero defensor a ultranza del film de Snyder aun admitiendo sus innegables carencias. Incluso eché el rato con esa burda copia que era “Immortals”. Sin embargo, no logro mostrarme igual de indulgente con la película de Murro. Y eso pese que el cambio de aires con respecto al campo de batalla (de la arena al mar) le sienta de maravilla (las batallas navales son todo un espectáculo). También los enfrentamientos, aunque exagerados (litros y litros de sangre por doquier aún con el mínimo cortecito en la piel, y saltos imposibles dignos del mejor espectáculo circense), están muy bien coreografiados; el exceso de CGI es el que se presume en un film de estas características; y hay imágenes realmente impresionantes en un sentido estrictamente visual. Pero no, no es lo mismo…


Y aun así, creo que la inmensa mayoría de fans del original la disfrutarán y le proporcionarán la taquilla suficiente para dar luz verde a la evidente tercera entrega que el desenlace de ésta nos sugiere. A los que no hemos caído rendidos a sus pies (¿una minoría?), no nos queda otra que deleitarnos con un revisionado de la “300” original.


Valoración personal:

“Monuments Men” (2014) – George Clooney

Etiquetas: [Aventuras]  [Bélico]  [Crítica]  [Drama]  [VRegular]  
Fecha Publicación: 2014-02-23T09:58:00.001Z

Al tiempo que su carrera como actor cinematográfico (tras sus comienzos en televisión) se ha ido consolidando (con un Oscar y tres Globos de Oro en su haber), George Clooney ha flirteado también con las labores de dirección y guión que le hicieron debutar en 2002 con la extraña (y fallida) “Confesiones de una mente peligrosa”.  Más tarde llegaron sus dos mayores logros en este campo: “Buenas noches, y buena suerte”, con 6 nominaciones a los Oscar; y la más reciente “Los idus de marzo”, en opinión de un servidor un drama político magnífico y su mejor película hasta la fecha.

Entre ambas cintas el actor reconvertido en director/guionista rodó “Ella es el partido”, una comedia romántico-deportiva muy al estilo del Hollywood clásico (Cary Grant hubiera estado encantado de protagonizarla), y que pese a resultar un simpático trabajo libre de pretensiones no terminó de cuajar entre el público y mucho menos entre la crítica.

Pero ahora, con más experiencia sobre sus espaldas y con el buen sabor de boca dejado por su anterior filme, lo cierto es que uno esperaba bastante más de su última incursión como cineasta. Sin embargo, podemos afirmar desde ya que se trata de un filme olvidable.

Con “Monuments Men” Clooney nos traslada a finales de la II Guerra Mundial para relatarnos la gran epopeya (basada en hechos reales) de un grupo de hombres -formado por historiadores y expertos en arte- a los que se les encomendó una importante y peligrosa misión: recuperar las obras de arte robadas por los nazis durante la guerra. Desgraciadamente, y dejando de lado las licencias artísticas en las que se hubiera podido caer (imagino que no pocas), lo cierto es que la aventura que se nos presenta aquí no tiene ni pizca alguna de épica. Ni tan siquiera unos mínimos de intriga para tenernos enganchados a la pantalla pendientes de la acción. De hecho, el relato tiende a ser bastante irregular e insulso (parece que no arranque nunca ni ocurra tampoco gran cosa a lo largo del metraje), resultando por momentos incluso algo aburrido. Y eso pese a que cuenta con un reparto plagado de buenos intérpretes y algunos momentos realmente conseguidos.


El problema radica en la inconsistente y poco acertada mezcla de humor y drama que se intenta homogenizar en un film que hubiese requerido ubicarse en un género concreto. Y es que había dos posibilidades de alcanzar la gloria con “Monuments Men”: o bien rodando un sólido drama o bien una desinhibida comedia. Clooney, que escribe el guión junto a su habitual colaborador Grant Heslov, ha elegido las dos opciones al mismo tiempo y ha fracasado en el intento. Y es que por un lado la parte humorística resulta algo insípida y con gags algo fuera de lugar (la secuencia con el joven francotirador).  Si bien no se le puede negar que por momentos sí logra despertar la simpatía del espectador (la secuencia de la mina) gracias, principalmente, al carisma de actores como Murray, Goodman o Dujardin (estos dos últimos muy desaprovechados, todo hay que decirlo).

Por otro lado, en un intento de otorgar profundidad a todos sus personajes y perseguir momentos de memorable dramatismo, Clooney y Heslov no pueden evitar caer directamente en el melodrama más burdo y barato. Prueba de ello es la forma de resolver algunas de las bajas del equipo protagonista, empleando maniobras (la carta en manos de Clooney y voz en off de fondo) que buscan a toda costa el encuentro de lacrimosas emociones durante su visionado. Y de la secuencia de Murray en la ducha mejor ni hablemos…

Y es una lástima, porque hay segmentos en los que la dirección de Clooney está a un paso de alcanzar la excelencia. Precisamente a la hora de mostrar la primera baja de la misión, rodando la secuencia de la funesta muerte fuera de plano. Desgraciadamente, esa sutileza se va a hacer puñetas inmediatamente después cuando Clooney opta por acercar lentamente la cámara hasta conseguir el plano del moribundo en cuestión. Error fatal, pues no era en absoluto necesario. Como tampoco lo era abusar del reiterado discurso acerca de la importancia de la misión (hasta en tres ocasiones nos recalca lo vital de la misma).


De este modo, la cinta va avanzando sin el menor interés, dejándose caer en el drama o en la comedia según le convenga y restando por el camino cualquier atisbo de credibilidad para con la historia. Una película que no engancha y que deja la encomiable misión de aquellos valientes hombres a la altura de una discreta aventurilla de boy scouts.


Valoración personal:

“Jack Ryan: Operación Sombra” (2013) – Kenneth Branagh

Etiquetas: [Acción]  [Crítica]  [Thriller]  [VRecomendable]  
Fecha Publicación: 2014-02-02T11:57:00.001Z


Hasta la fecha, tres fueron los intérpretes que encarnaron al literario agente Jack Ryan en el cine. Ryan, personaje creado por el fallecido escritor Tom Clancy y protagonista de una quincena de sus novelas de espionaje, hizo su primera aparición en la gran pantalla bajo el rostro de Alec Baldwin en “La caza del Octubre Rojo”, del gran John McTiernan. Más tarde sería Harrison Ford quién asumiría y perpetuaría ese rol en sus dos posteriores secuelas, “Juego de patriotas” (1992) y “Peligro inminente” (1994), ambas dirigidas por el australiano Philip Noyce. 

De mediados de los noventa debemos hacer un salto hasta principios de la década pasada, cuando Paramount decidió reiniciar la franquicia con “Pánico nuclear”, una especie de precuela/reboot de las cintas anteriores con Ben Affleck en la piel del agente de la CIA.

Si bien ésta última funcionó bastante bien en taquilla, lo cierto es que Affleck no terminó de convencer al personal, y (con razón) se consideró a esta entrega como la más floja de todas. Quizás por ese motivo el estudio desechó la idea de darle continuidad…

Ahora, en un nuevo intento por devolver al personaje al celuloide, se estrena “Jack Ryan: Operación Sombra”, la primera de las aventuras cinematográficas del agente que no está basada en una novela de su creador.

Jack Ryan, encarnado esta vez por Chris Pine, es un joven veterano de guerra reclutado por la CIA para llevar una doble vida como agente analista y ejecutivo de Wall Street. Gracias a sus habilidades, Ryan detecta un meticuloso complot terrorista orquestado para hundir la economía norteamericana. Para tratar de impedirlo, éste es enviado por sus superiores al corazón de Moscú a fin de desenmascarar a su artífice, un peligroso oligarca ruso que responde al nombre de Viktor Cherevin.

Lo que en principio parecía un sencillo encargo burocrático pronto se convierte en una complicada misión de campo en la que no sólo pondrá en riesgo su vida sino también la de su amada prometida. 

La Guerra Fría, el KGB o el IRA han sido foco de atención en las novelas de Clancy y, por ende, en sus respectivas adaptaciones cinematográficas, ubicadas todas ellas entre las décadas de los 70 y los 90. Pero eso ya es cosa del pasado… 

 
“Jack Ryan: Operación Sombra” es una puesta al día del personaje en un marco actual, aunque no desista en reutilizar a los rusos como antagonistas de la historia. Un reciclaje que pasa por llevarnos hasta los orígenes del personaje para contarnos cómo y por qué ingresa en la CIA y de qué modo, de la noche a la mañana, pasa de ser un audaz analista de la agencia a un crucial agente de campo en medio de un crítico complot terrorista.

Aunque considere “La caza del Octubre Rojo” la mejor película de la saga, lo cierto es que es Ford, con dos cintas a sus espaldas, quién queda para el recuerdo como el agente Jack Ryan. En este reboot, Chris Pine es el elegido para asumir el relevo, y vale decir que se lo adjudica de forma notable, como ya hizo con el emblemático Capitán Kirk en la renovada “Star Trek”.

Esta vez nos encontramos a un joven e inexperto Ryan recientemente prometido y que deberá poner en práctica su formación como Marine para solventar una misión que amenaza a su país y al resto del mundo. Un viaje de descubrimiento para un analista que jamás se imaginó como agente de campo y que deberá, entre otras cosas desagradables, aprender a matar para salvar el pellejo.

Acercarnos a su lado más humano así que como al punto más frágil y vulnerable de su persona, es decir, su relación/compromiso con una guapa enfermera (Keira Knightley), es uno de los aciertos del filme, así como el saber dosificar la dosis de pirotecnia a la largo del metraje. De este modo, Branagh, que ejerce no sólo el rol de villano (con un inmaculado acento ruso) sino que también asume las funciones de dirección, logra huir del mero vehículo de acción al estilo Misión Imposible para acercarse de forma más consiste al (tecno)thriller de espías con sus álgidos puntos de suspense y tensión (la infiltración de Ryan durante la cena con Cherevin o la posterior persecución por las calles neoyorquinas). Un Jack Ryan redefinidoy muy del siglo XXI que convence tanto si empuña un arma como si utiliza únicamente su intelecto. 

 
Por contra, al otro lado de la balanza nos topamos con un exceso de propaganda patriótica nada disimulada (más bien todo lo contrario). Desde los primeros minutos del filme, con un puntual recuerdo al trágico atentado a las Torres Gemelas, hasta el recibimiento del heroico Ryan en el despacho oval, el tufillo patriotero se hace demasiado palpable. 

Claro que desde “Juego de patriotas” se nos ha vendido a Jack Ryan como el gran héroe americano (papel que tan bien sabe encarnar Ford), atributo todavía más acentuado en esta entrega y que quizás indigeste a más de uno a la hora de dejarse llevar por el buen entretenimiento que han sabido ofrecer Branagh y cía. Y es que a excepción de este particular detalle, todo lo demás funciona sorprendentemente bien, siendo meritorio que el invento no se alargue a las dos horas o dos horas y pico como parece ser norma general en casi todos los blockbusters. 

Como curiosidad, resaltar la incorporación como secundario de peso (y mentor del protagonista) del veterano Kevin Costner, actor que en su momento rechazó (a favor de su oscarizada “Bailando con lobos”) encarnar a Ryan en la citada “La caza del Octubre Rojo”. 


Valoración personal:

La película infiltrada: “El lobo de Wall Street” (2013) – Martin Scorsese

Etiquetas: [Comedia]  [Crítica]  [Drama]  [La película infiltrada]  [VImprescindible]  
Fecha Publicación: 2014-01-16T19:15:00.001Z


Nota: con la última obra de Scorsese inauguro una nueva sección en Amazing Movies a fin de dar cabida a la crítica de películas ajenas al cine de género que, por un motivo u otro, considere merecedoras de un rincón en el blog. La sección "La película infiltrada" se crea para tales efectos y su uso será puntual.

Primero fue Robert De Niro, y ahora Leonardo DiCaprio. El californiano se ha convertido en el nuevo actor fetiche de Martin Scorsese, con quién ha trabajado ya en cuatro ocasiones (Gangs of New York, El Aviador –cuya interpretación le valió su primer Globo de Oro-, Infiltrados y Shutter Island), siendo la presente “El lobo de Wall Street” la quinta y última colaboración entre ambos.

En esta ocasión, actor y cineasta se han juntado para contarnos la historia real de Jordan Belfort, un corredor de bolsa neoyorquino que, junto a sus colegas y socios, llegó a amasar una inmensa fortuna estafando millones de dólares a inversores.

Basándose en la propia autobiografía de Belfort, Scorsese nos sumerge en el mundo de las altas finanzas para relatarnos el auge y caída del imperio de dinero, sexo y drogas que Jordan Belfort erigió a su alrededor, empezando primero desde abajo como un honrado principiante en Wall Street para después convertirse en un auténtico “depredador” del mercado financiero.

Belfort, a quién encarna un pletórico –más que de costumbre, que ya es decir- Leonardo DiCaprio, se hizo multimillonario con apenas 30 años a costa a embaucar a sus incautos e ingenuos clientes, que invertían en acciones basura que éste vendía como si fueran oro puro. Su carisma y su gran liderazgo le convirtieron en un audaz manipulador y un soberbio empresario, pudiendo así acumular ingestas cantidades de dinero en muy poco tiempo. Sin embargo, su lujoso y desenfrenado estilo de vida (gastaba toneladas de dinero en fiestas que celebraba por todo lo alto, en drogas –cocaína y tranquilizantes, sobre todo- y en mujeres, incluyendo a su atractiva esposa, una supermodelo con quién tuvo dos hijos) no pasó desapercibido para el FBI, que empezó a sospechar de sus métodos e inició una investigación que culminó finalmente con Belfort cumpliendo condena por fraude y blanqueo de dinero.

La filmografía de Scorsese se ha destacado por acercarnos al mundo criminal de los gangsters y las mafias en películas como “Uno de los nuestros”, “Casino” o “Infiltrados”. En este caso, los delincuentes, que también visten con traje y corbata,  forman parte del (mayormente corrupto) sistema capitalista de la sociedad neoyorquina de los 80 y 90 (cuyas malas prácticas todavía siguen vigentes). Gangsters financieros que inflaban los precios de los valores para venderlos e inmediatamente después hacerlos caer, llenándose así los bolsillos a costa de sus clientes, quiénes terminaban en la ruina al ver como su dinero, probablemente los ahorros de toda una vida o sus hogares hipotecados, se esfumaban en un abrir y cerrar de ojos.

Tal como le explica el corredor de bolsa Mark Hanna (breve pero brillante aparición estelar de Matthew McConaughey) a Belfort al comienzo de la película, se trataba de hacer pasar el dinero del bolsillo del cliente al suyo. Las operaciones del corredor de bolsa no buscaban enriquecer a sus inversores sino única y exclusivamente a ellos mismos. Si en algún momento los beneficiados por el mercado de valores eran ambos, era tan sólo una cuestión de mera casualidad.

Pese a la gravedad del asunto, el director apuesta por un relato con altas dosis de humor. Un tono jocoso, alocado y políticamente incorrecto que empieza desde el minuto y se mantiene en lo más alto hasta el final, llegando en ocasiones al alcanzar el puro delirio con momentos absolutamente hilarantes y desternillantes (Belfort/DiCaprio en el club de campo, puesto hasta el culo de pastillas e intentando llegar a su coche para volver a casa; o la escena del naufragio en el mar). Quizás por ello cueste creerse que todo lo que vemos en pantalla es real como la vida misma, y aunque el cine siempre aporte sus generosas dosis de ficción, lo cierto es que la orgiástica existencia de Belfort resulta tan exagerada y escandalosamente absurda como Scorsese la retrata.



El director no ha tratado de ocultar la verdad ni tampoco dulcificarla, si bien no podemos negar sentir cierta simpatía hacia un personaje, en realidad, moral y éticamente repulsivo (además de ser un yonqui y un adúltero incurable). Un tipo que no pestañeó a la hora de mentir y robar para enriquecerse y vivir la vida como si de una estrella del rock se tratara.

Aunque el retrato irreverente que se hace de él en la película parezca algo magnánimo y hasta propagandístico, en realidad lo que tenemos delante es una gran sátira sobre los lobos y carroñeros del Wall Street de los 80 y 90. Un Wall Street que por entonces carecía de regulación alguna y que se convirtió en el caldo de cultivo perfecto para la proliferación de una nueva generación de ladrones y estafadores. Una imagen de aquellos brokersque ya en su momento reflejó Oliver Stone en “Wall Street”, pero que hoy día podemos juzgar y calibrar desde la óptica del proletariado que paga los platos rotos de toda esa chusma. Desde la perspectiva que nos ofrece el haber sufrido la reciente crisis financiera de 2008 y seguir padeciendo aún hoy día sus efectos, dándonos cuenta que las grandes caídas del ciclo financiero no son cosa del pasado, pues ocurren una vez tras otra, y demostrándonos que no hemos aprendido nada y que los gangsters modernos (no sólo brokers sino también políticos, banqueros y otras gentes de poder) seguirán existiendo y campando a sus anchas.

Scorsese ironiza sobre todo ello a lo largo de tres largas, locas e intensas horas. Y digo lo de largas porque cuando crees que ha llegado el final de la historia, ésta continúa. Ocurría algo parecido con “Gangs of New York” y vuelve a suceder aquí. Quizás no hubiera estado de más condensar un poco los excesos de Belfort. Pero hay que reconocer que esas tres horas son gloriosas y condenadamente entretenidas, y las mejores que un servidor se ha echado a la cara recientemente en una sala de cine. Porque  “The Wolf of Wall Street” es como un chute de cocaína cuyos efectos no desaparecen hasta llegados los créditos. Una película que nos permite ver a un inmenso DiCaprio fuera de sí arropado por una trupe de excelentes compañeros de reparto (y ahí incluyo a un genial Jonah Hill). Una mirada mordaz a la ambición, a la lujuria, a la avaricia, a la vanidad…

Y aunque finalmente Jordan Belfort termine pagando por sus fechorías (en una cárcel de mínima seguridad que más bien parece un club de campo), lo cierto es que de cara al protagonista, lo que sacamos en claro es un “y que me quiten lo bailado” bastante hiriente. Incluso Scorsese se permite, de algún modo, posicionarse y lanzarnos un discreto mensaje en una de las últimas escenas del filme (aquella en la que el agente del FBI Patrick Denham/Kyle Chandler echa una gris ojeada a su alrededor mientras viaja en metro, acordándose interiormente de una conversación anterior mantenida con Belfort), en donde pone en tela de juicio si la rectitud y la honestidad son realmente el camino hacia la felicidad. No es el que director nos inste a vivir una vida como la de Belfort (elegir el camino fácil tiene sus atractivos, hay que considerar también sus no pocos peligros), pero tampoco enaltece los valores opuestos ni cae en el típico tópico del “pobre feliz” y el dicho no siempre realista de “el dinero no da la felicidad” (en este caso la dio, aunque a corto plazo).


Valoración personal: 

6º Aniversario de Amazing Movies

Etiquetas: [Personal]  
Fecha Publicación: 2013-12-22T12:12:00.002Z



Los últimos meses han sido algo complicados a nivel personal. Tanto, que incluso se me pasó que el pasado día 9 de diciembre este blog cumplía seis añitos en la red. Y cuando por fin me di cuenta de ello, no tuve ni siquiera tiempo para publicar el post pertinente. Pero como suele decirse, más vale tarde que nunca, así que aprovecho el día de hoy para hacer constancia de ello en este post.

Como cada año (y no me canso de repetirlo), os doy las gracias a todos los que estáis al otro lado y frecuentáis este blog con mayor o menor asiduidad. Gracias a los que os interesáis por leer mis textos y sobre todo gracias a todos aquellos que religiosamente dejáis vuestras impresiones/opiniones en los comentarios de las distintas entradas.

 Como decía al inicio, estos últimos meses han sido algo complicados, y eso se ha hecho notar en las actualizaciones del blog, que de semanales han pasado a ser prácticamente mensuales, o más bien “cuando he podido”. Y lo cierto es que por motivos laborales (nuevo trabajo –por fin- y nuevos horarios), el futuro del blog se presenta igual de inestable.

Desearía poder mantener el ritmo de actualizaciones que he llevado desde los inicios de este proyecto bloguero, es decir, una crítica o artículo por semana, pero tengo muy claro que no va a poder ser así. De hecho, y dado el mísero tiempo libre que el trabajo me va a conceder, me conformaría con poder realizar uno o dos posts al mes, priorizando siempre la calidad antes que la cantidad. O dicho de otro modo, prefiero entregarme al completo a un único post que publicar varios a medio gas o escritos con prisas.

Amazing Movies nació por la necesidad de expresar mi pasión por el cine, y aunque poco a poco se fue convirtiendo en casi una obligación o incluso un trabajo (no remunerado, of course), lo cierto es que sigue siendo una mera afición. Una maravillosa afición que me satisface enormemente, pero que también me absorbe un tiempo del que ahora no dispongo y unas energías que ahora mismo no sé de dónde sacar.  Es por ello que dadas las circunstancias actuales, esta afición deberá ocupar un obligado segundo lugar en mi escala de prioridades.

No obstante, espero poder mantener en alto el espíritu cinéfilo del blog y lograr que éste no desfallezca en los meses venideros, deseando que su vida en la blogosfera se prolongue unos cuantos añitos más (aunque sea a menor rendimiento).

Por supuesto, me seguís teniendo en Twitter para daros la tabarra con la actualidad cinéfila diaria y mis intrascendentes tuits habituales. También ahí veréis reducida mi actividad, pero  procuraré, en la medida de lo posible, tuitear tanto como pueda.

Dicho esto, os avanzo que el próximo post será, muy seguramente, los ya tradicionales Amazing Movies Awards con lo mejor y más destacado que nos ha ofrecido el cine de género en este 2013.  Así que estad atentos porque seguramente tendréis mucho que decir (y puede que discrepar).


Saludos y gracias!

“El Hobbit: La desolación de Smaug” (2013) – Peter Jackson

Etiquetas: [Acción]  [Aventuras]  [Crítica]  [Fantástico]  [VRecomendable]  
Fecha Publicación: 2013-12-14T16:51:00.000Z


Una vez asumido que un libro de apenas 300 páginas iba convertirse, por obra y gracia de Peter Jackson y su equipo, en una nueva trilogía de películas, tan sólo restaba esperar a que se estrenaran para determinar si por lo menos el invento había valido la pena.

Al respecto, mucho opinarán que sí, que pese a las licencias cometidas en “El Hobbit, un viaje inesperado”, Jackson ha devuelto a Tolkien a la gran pantalla con el mismo acierto que tuvo con la saga de El Señor de los Anillos (ESDLA). Para otros, en cambio, el regreso a la Tierra Media no podría haber sido más decepcionante y lejano del esplendor de aquella primera y maravillosa trilogía.  

Como ya dije en su momento, ESDLA y El Hobbit no son lo mismo, pese a que ambas obras sitúen sus acontecimientos en la Tierra Media e incluso compartan personajes. Mientras que una es un épico relato fantástico de la eterna lucha del bien contra el mal, la otra es un relato de fantasía a mucha menor escala. Resulta inevitable, pues, que la majestuosidad de una empequeñezca la modestia de la otra. De cara a su traslación al celuloide, el resultado es equiparable en magnitud, de modo que le sea imposible a Jackson siquiera acercarse a la gran epopeya representada en ESDLA.

No obstante, la intención del director parece haber sido la de encontrar el equilibrio entre mantenerse fiel al espíritu más bien infantil del cuento original de Tolkien, y desplegar la grandeza visual y emocional de la trilogía precedente. Y si bien el resultado queda lejos de la perfección, también lo está del fracaso.

Pese a los distintos defectos que se le puedan achacar a estas dos primeras entregas, lo cierto es que volver a la Tierra Media es y será siempre un placer del que sólo Jackson sabe hacernos disfrutar.

Muchos consideran que el director se ha limitado a ofrecernos un “más de lo mismo”, pero de peor calidad. Ese “más de lo mismo” es, precisamente, lo que uno debería esperar y desear encontrarse. De hecho, de haber optado por algo diametralmente opuesto o bien muy diferente a lo visto con anterioridad, los palos a Jackson le hubieran llovido igual o con mayor saña. Si uno acude a las películas de El Hobbit buscando algo distinto, debo indicarle que su predisposición es la incorrecta.


En cuanto a la calidad, obviamente eso ya es muy subjetivo, y ahí es donde realmente uno es libre de considerar a esta nueva trilogía como una pérdida de tiempo o como un regalo. En mi opinión, algunos de los errores cometidos en “El Hobbit, un viaje inesperado” se solventan en “El Hobbit: La desolación de Smaug”, al mismo tiempo que se cometen de nuevos. Ahora bien, considero que en ambas entregas las virtudes le ganan a la partida a los defectos, especialmente en el film que nos ocupa, el cual logra ser mucho más disfrutable y entretenido que su predecesor.

Nos encontramos nuevamente con toda la trupe al completo (Bilbo, Gandalf y los 13 enanos) justo en el lugar y en el momento en el que nos dejó la anterior cinta, es decir, con nuestros amigos logrando librarse por los pelos del enésimo ataque de los orcos, y más cerca ahora de su ansiado destino: la Montaña Solitaria.

Aunque lo que reste de viaje no sean más que un puñado de kilómetros, los peligros que acechan a nuestros protagonistas no son pocos. Los orcos les siguen pisando los talones, y para llegar hasta la Montaña Solitaria todavía tendrán que atravesar angostos caminos plagados de dificultades y enemigos a los que combatir (atención a su desagradable tropiezo con unas antipáticas y hambrientas arañas gigantes, parientes cercanas de Ela la araña).

Por ello, el viaje resulta esta vez mucho menos monotemático. La diversidad de escenarios y la aparición de nuevos personajes, algunos de ellos inéditos hasta el momento (Tauriel, Bardo), permite insuflar aires semirenovados a la saga. En ese sentido, el despliegue de medios vuelve a ser impresionante, tanto en la recreación de los mencionados escenarios (fantástica la Ciudad del Lago), que logran dar color y forma a los lugares y ambientes descritos por Tolkien, como por el poderío visual que Jackson impregna a las imágenes (siempre apoyándose, en parte, en la colosal partitura de Howard Shore). Claro que la joya de la corona en esta entrega es Smaug, el grandioso y magnífico dragón que custodia el copioso tesoro robado a los enanos, y al que Benedict Cumberbatch presta su grave y solemne voz.


Por contra, la construcción de la trama a base a de virtuosas (y algo aparatosas) set-pieces acrecenta, en ocasiones, la sensación de estar presenciando un mero videojuego; uno en el que los personajes van pasando de un nivel de dificultad a otro hasta alcanzar el enfrentamiento con el final-boss de turno (en este caso, el dragón Smaug). De ahí que la épica se traduzca más en una consecución de desbocadas secuencias de acción insertadas con el único afán de prolongar nuestro asombro a lo largo de las casi tres horas de metraje. Todo muy lícito, por supuesto, y es innegable que gracias a ello Jackson consigue que el ritmo no decaiga nunca y se mantenga la intensidad y el vigor de la aventura siempre en lo más alto. Pero en el camino se sacrifica la parte más emocional de la historia, visible ésta tan sólo en breves instantes de la narración.

Otro escollo insalvable, dado el concepto de “división” en el que se fomenta la adaptación, es el hecho de que no presenciemos una historia completa con su inicio, su nudo y su desenlace. De algún modo, la imposibilidad de concluir la trama implica “simular” esas partes para que la sensación al término de la proyección no sea de satisfacción incompleta. Esto es algo que se consigue a medias, pues justo en el desenlace es cuando se alcanza el mayor clímax de la cinta y cuando, de repente, todo termina en un enorme coitus interruptus.

Del mismo modo ocurría en ESDLA y en otras tantas franquicias que deciden segmentar sus entregas en más de un capítulo. “El Hobbit: La desolación de Smaug” es una parte del viaje que se inició con “El Hobbit, un viaje inesperado” y ha de terminar con “El Hobbit: Partida y regreso”, por lo que esa sensación es común a todas las entregas. De todos modos, se trata de un escollo ya asumido antes de entrar en la sala, y por tanto de menor importancia.

De cara a la tercera y última entrega, poco quedará que desgranar del cuento adaptado, por lo que será más bien la película que sirva de puente definitivo entre esta trilogía y ESDLA, cuyos acontecimientos son cronológicamente posteriores. Ya en ésta hace acto de presencia un viejo conocido que a más de uno pondrá los pelos de punta, y no me refiero al hierático de Légolas.


Mientras tanto, nos queda disfrutar de esta imperfecta pero muy entretenida y divertida montaña de rusa que es “El Hobbit: La desolación de Smaug”. Aventuras al más puro estilo Peter Jackson, tanto para lo bueno como para lo malo. 


Valoración personal:

Sorteo de un Blu-ray Combo de "Pacific Rim"

Etiquetas: [Concurso]  
Fecha Publicación: 2013-12-06T20:58:00.000Z



Pacifim Rim de Guillermo Del Toro ha sido, sin lugar a dudas, una de las películas palomiteras más frikis y disfrutables del verano 2013. Quién hubiera imaginado que un argumento, a priori, tan descabellado tuviera cabida en los planes de algún estudio de Hollywood. Pero Warner Bros. y el director mexicano se lanzaron a la piscina, y bien vale decir que el chapuzón valió realmente la pena.

El pasado 3 de diciembre se puso por fin a la venta la película en Blu-Ray y Dvd para poder ser nuevamente disfrutada en la comodidad de nuestros hogares. Pero si todavía no te has hecho con ella, ahora tienes la oportunidad de llevarte una copia ¡por la cara!

Gracias a Warner Bros, tengo el placer de sortear este estupendo combo de Pacific Rim que incluye Blu-Ray, DVD  y Copia digital. Para participar, tan sólo tenéis que seguir las siguientes instrucciones:

1. Al final de este post tenéis la aplicación de Super Massive Movies, con la que podréis controlar -con el ratón del ordenador- unos simpáticos GIFS, y en la que además encontraréis El TEST DE SUPERFAN:
¿Os consideráis unos verdaderos fans de la película? ¿Cuánto sabéis de ella?

Haced el test para averiguarlo y escribid al correo del blog amazingmovies@gmail.com bajo el asunto “SORTEO COMBO PACIFIC RIM” para contarme el resultado de vuestro test.

2. Una de las cosas más curiosas de la película son los nombres que con los que se bautiza a estos enormes robots, los jaegers.  Los hay de tan rimbombantes como Gipsy Danger, Crimson Typhoon o Cherno Alpha. Pues bien, si tuvierais la oportunidad de bautizar a un nuevo jaeger, ¿qué nombre le pondríais?

Sorprendedme con vuestros imaginativos nombres y enviad la respuesta a la pregunta junto al resultado del test al correo ya indicado, e indicando vuestro nombre y apellidos.

3. Compartid la entrada de este sorteo a través de Twitter con el siguiente tuit (sin las comillas): “Participo en el sorteo de un BluRay de #PacificRim gracias a @PliskeenDR. Entra y participa tú también http://goo.gl/L4B8fx”.

*Nota: no es necesario ser seguidor de la cuenta de Twitter @PliskeenDR para poder participar.


Es muy importante que en el correo indiquéis vuestro nick en Twitter a fin de poder validar vuestra participación. Una vez se haya comprobado que habéis seguido correctamente los tres pasos, se os asignarán dos números, con lo que tendréis el doble de posibilidades de ser los afortunados ganadores. ¿Y por qué digo dos números? Pues porque no deseo dejar a nadie fuera del concurso, así que si no tenéis cuenta en Twitter, podéis participar igualmente en el sorteo siguiendo los pasos 1 y 2. Eso sí, en ese caso se os asignará tan sólo un número.

 El plazo para participar termina el martes 10 de diciembre a las 00.00h (hora española). Una vez cerrado, utilizaré la herramienta de http://www.random.org/ para ingresar los números y sacar uno al azar.

El miércoles día 11 daré a conocer el nombre del ganador en esta misma entrada y lo anunciaré también a través de mi cuenta en Twitter. Una vez anunciado el ganador, me pondré en contacto con él o ella para que me facilite sus datos personales y Warner Bros. pueda hacerle entrega del premio. Por tanto, será importante que estéis muy atentos a la bandeja de entrada de vuestro correo.


IMPORTANTE:
- Solamente podrán participar aquellos que sean residentes en España.
- Un servidor no se responsabiliza, en ningún caso, del envío del premio.

¡Mucha a suerte a todos!

¡ACTUALIZACIÓN!

Ya tenemos al afortunado ganador del sorteo: Rafael Fco. Martínez Figuerola. ¡Enhorabuena y que disfrutes del premio!

A los no afortunados, quisiera agradeceros vuestra participación y desearos suerte en futuros sorteos.

¡Saludos! 

“El caso de Lucy Harbin” (1964) – William Castle

Etiquetas: [Reseña]  [Terror]  [Thriller]  [VRecomendable]  
Fecha Publicación: 2013-11-10T16:51:00.001Z


Afamado productor y director de más de una treintena de títulos (en su mayoría westerns y films de terror), William Castle se hizo todo un nombre en la industria del cine gracias a sus producciones de bajo presupuesto.  En la línea de un Roger Corman, combinando sus habituales labores como director con las de productor, elaboró productos de serie de B de forma rápida, barata y eficaz, lo que le hizo ganarse una notable reputación. Aunque si algo le hizo realmente famoso, fueron sus revolucionarias (entre comillas) e imaginativas triquiñuelas publicitarias.

Con tal de llamar la atención de la prensa y, por ende, del potencial espectador, y conseguir una repercusión añadida a sus estrenos, Castle hurdía una serie de trucos para la proyección de sus películas. Todo empezó con su primer film como productor, “Macabre”, para la cual dispuso enfermeras y coches fúnebres aparcados fuera de las salas de cine, e hizo que con cada entrada se entregara un seguro de vida (con una póliza de 1.000 dólares) en caso de que el espectador muriera de miedo durante el visionado de dicha película.

“Macabre” fue todo un éxito y Castle no dudó en recurrir a toda una variedad de trucos (no siempre tan efectivos) para sus siguientes proyectos, y que iban desde hacer flotar un esqueleto frente a la pantalla durante los últimos minutos de “House on Haunted Hill”(1959) a incluso hacer partícipe a la audiencia del destino final del villano en “Sr. Sardonicus” (1961), entregándole así al espectador una tarjeta con un pulgar que brillaba en la oscuridad y que éste podía mantener hacia arriba o hacia abajo para decidir si el señor Sardonicus se libraba o no de la muerte (curiosamente, el público jamás fue clemente con el personaje, por lo que el final alternativo nunca llegó a proyectarse).

La figura de Castle, con sus simpáticos e ingeniosos trucos, fue indirectamente homenajeada por Joe Dante en “Matinee”, uno de sus films más personales y reivindicables. Y es que pese a la abundancia de títulos, algunos de ellos muy competentes e incluso convertidos ahora en clásicos del género (véase House on Haunted Hill, de la que se hizo un olvidable remake a finales de los 90), la fama de Castle se ha reducido casi siempre a esta anecdótica particularidad, la cual ha sido imitada a posteriori por otros cineastas y productores.

La película que nos ocupa, “Strait-Jacket”, dirigida por el propio Castle y conocida por nuestras tierras como “El caso de Lucy Harbin”, no se libró tampoco del uso estos trucos, y a la entrada de los cines los espectadores fueron obsequiados con pequeñas hachas de cartón. Por qué hachas, os preguntaréis. Pues porque como bien muestra el cartel de la película, ésta es la brutal arma homicida que emplea nuestra asesina protagonista.


La historia comienza cuando Lucy Harbin llega a casa y encuentra a su marido acostado en la cama con su amante. En un salvaje arrebato de furia, Lucy agarra el hacha que emplean para cortar madera y decapita a ambos en presencia de Carol, su hija pequeña. Tras 20 años encerrada en un hospital psiquiátrico, Lucy es dada de alta y enviada a vivir con su hermano Bill y su cuñada Emily, quienes se hicieron cargo de la pequeña Carol en ausencia de sus padres.

El difícil encuentro con una Carol ya adulta y el doloroso recuerdo de los terribles actos del pasado, perturban el bienestar mental de Lucy, evidenciando que quizás no esté del todo recuperada y que, en el peor de los casos, pueda retomar sus viejas costumbres asesinas.

Quizás no tan conocida como “House on Haunted Hill”, y sí más denostada por parte de la crítica que aquella, lo cierto es que “El caso de Lucy Harbin” es uno de los trabajos más sugerentes y notables del William Castle director. Lo que de algún modo demuestra que las mejores obras no son siempre las que perduran en el recuerdo del colectivo cinéfilo.

Rodada en blanco y negro y con un presupuesto visiblemente modesto, la cinta está protagonizada por una sesentona  Joan Crawford en el papel de la “demente” Lucy Harbin. Crawford fue una de las pocas estrellas (de las más importantes y mejor pagadas) del cine mudo que sobrevivió a la aparición del sonoro. Por aquella época (los 60), sus años de gloria habían quedado atrás,  si bien aún pudo retrasar un poco más su retirada del cine prestándose a cintas como ésta.  Para algunas actrices de su edad, como Barbara Stanwyck o Bette Davis (con la que coincidiría en la popular “¿Qué fue de Baby Jane?”, un hecho insólito teniendo en cuenta la consabida mala relación que existía entre ambas), el género de terror o el thriller supusieron una nueva vía de escape para seguir manteniendo a flote sus carreras. A estas cintas, frecuentes durante los 60 y 70, se las conocía coloquialmente como psicho-biddy, hag horror Grande Dame Guignol, siendo su principal característica el estar protagonizadas por peligrosas y mentalmente inestables mujeres de edad avanzada.

En ese sentido, Crawford consigue en este psico-drama toda una prodigiosa composición que despierta en el espectador distintos y encontrados sentimientoshacia su personaje. Desde la inquietud y repugnancia por sus violentos asesinatos o la desaprobación por sus coqueteos con el prometido de su hija, hasta la lástima y la compasión que nos evoca cuando se nos muestra como una corriente e indefensa anciana.

La angustia y sufrimiento constantes de Lucy van mermando paulatinamente sus esfuerzos por mantenerse en un estado mental saludable. Es tanto el miedo a sucumbir a una recaída para quienes la rodean (su hija, su hermano, su médico…) como para ella misma. Más aún cuando las circunstancias a las que se ve abocado su regreso se van enturbiando poco a poco a medida que algunas personas empiezan a desaparecer…


Lo cierto es que el devenir de la trama sugiere una aproximación bastante primeriza de la que a posteriori podrían a ser los sanguinarios mecanismos del slasher. El guión del escritor y guionista Robert Bloch (más conocido por ser el autor de la novela “Psicosis“) se guarda un as en la manga de cara al desenlace; un golpe de efecto al que la habilidad de Castle tras la cámara permite dotar de mayor credibilidad.

Prácticamente todas las decapitaciones que presenciamos ocurren fuera de plano. Castle opta por sugerir antes que mostrar, aprovechándose de un constante juego de sombras muy apropiado y que responde, sin duda, al interés de éste por el buen funcionamiento de los acontecimientos que concluyen la historia. Así es como el director se permite manejar la atención del espectador a su antojo, convirtiendo en imprevisible algo que, a día hoy y con tanto cine visto a nuestras espaldas, resulta bastante más deducible.

La experiencia nos convierte en perros viejos, pero eso no nos priva de disfrutar de una inquietante y perturbadora serie B genuinamente camp. Un cinta que pese al paso del tiempo aguanta bien el tipo y nos deja como legado una asesina absolutamente desquiciada  que bien merece un recordatorio dentro de la galería de famosos homicidas del género.  

Por otro lado, las últimas palabras de Lucy probablemente representen mucho mejor que otras películas lo que es el verdadero “amor de madre”. Un desenlace perfecto. Y como guinda del pastel, un simpático detalle final con el logo de Columbia alterado para la ocasión: tras el último plano, la dama de la antorcha aparece decapitada, con la cabeza a los pies y sin llama en la antorcha.

Una práctica, la de recrearse con el logo del estudio, bastante habitual en nuestros días, pero poco frecuente en  aquellos tiempos (y menos aún de forma tan sádica).

P.D.: No está de más añadir que al William Castle productor le debemos todo un clásico del género: “Rosemary's Baby”, bautizada en nuestro país con el desafortunado título de “La semilla del diablo”.


Valoración personal:

“The Colony” (2013) - Jeff Renfroe

Etiquetas: [Acción]  [CienciaFicción]  [Crítica]  [Thriller]  [VInteresante]  
Fecha Publicación: 2013-10-20T12:50:00.003+01:00


Año 2045. Debido al aumento progresivo de las temperaturas, la humanidad creó unas mastodónticas máquinas capaces de cambiar el clima a su antojo, logrando así reducir el calentamiento global del planeta. Sin embargo, un buen día llegó el frío, empezó a nevar y ya nunca más cesó ni volvió a asomar el sol en el cielo.

Ahora, la humanidad no tiene más remedio que (sobre)vivir en búnkeres subterráneos para escapar del frío extremo. Pero las condiciones de esta nueva vida son precarias, y a la escasez de alimentos se suma una enfermedad viral que en estos días de frío eterno, y con pocos medicamentos al alcance, se ha convertido en algo mortal: el resfriado común.

“The Colony”, proyectada recientemente en el Festival de Cine Fantástico de Sitges, es una producción canadiense en cuyo reparto aparecen sólidos intérpretes sobradamente conocidos para el espectador como Laurence Fishburne o Bill Paxton, entre otros rostros algo menos populares, como el joven Kevin Zegers, quién quizás os suene por su participación en películas como “Frozen” (Bajo cero, 2010) o “Dawn of the Dead” (Amanecer de los muertos, 2004).

Zegers es, en realidad, el principal protagonista de esta cinta, mientras que los otros dos ejercen roles algo más secundarios. Zegers interpreta a Sam, uno de los supervivientes de la Colonia 7, un búnker subterráneo liderado por los soldados Briggs (Fishburne) y Mason (Paxton), quienes dictan y aplican las duras reglas de convivencia del lugar. Una de esas reglas es bien simple: si enfermas, te dan la opción de elegir entre abandonar el búnker e iniciar una larga caminata a través de la nieve, o cortar por lo sano y acabar con una bala en la cabeza. No hay una tercera opción.

Algo que en nuestros días, el resfriado común, es una enfermedad leve y pasajera, en el 2045, en una constante e interminable era glacial y sin apenas medicamentos con los que aliviar sus síntomas, se ha convertido en la principal causa de mortalidad entre la humanidad superviviente. Por ese motivo, y dado su elevado factor de contagio, al mínimo indicio de poseer el virus, el individuo es sometido a cuarentena, y si en unos días no mejora, es expulsado de la comunidad. Y esto último garantiza, irremediablemente, una muerte segura, bien por la vía rápida a manos de Mason (persona asignada para ejecutar -nunca mejor dicho- tan desagradable e inhumana tarea), o bien a causa del implacable clima imperante.


Pese a lo inhumano de esta actitud, esto no significa que las comunidades supervivientes hayan perdido su sociabilidad, y entre algunas existen pactos de colaboración mutua en los que unos y otros se ayudan si las circunstancias lo requieren.

Ese es precisamente el motivo que lleva a los protagonistas a iniciar una misión de reconocimiento/rescate a la Colonia 5, lugar desde el que han recibido un mensaje de socorro. Al no obtener respuesta alguna por radio con los residentes de la colonia, Briggs y un par de voluntarios (entre ellos, Sam), deciden aprovisionarse y dirigirse hacia allí para averiguar qué es lo que está ocurriendo.

Una vez llegados a su destino, descubrirán la terrible verdad que ha llevado a la Colonia 5 a unas condiciones de vida alarmantes que han situado a sus residentes al borde del exterminio.

La dolorosa realidad a la que son sometidos los últimos habitantes de la Tierra ha provocado el resurgimiento del instinto de supervivencia más básico y primario del ser humano; aquél que no nos diferencia de cualquier otro animal hambriento. La desesperación ha vencido a la razón, y la hambruna se ha convertido, después del frío mortal, en el peor enemigo del hombre. Por consiguiente, aquellos que han descendido a la más salvaje condición de depredadores, de caníbales sin escrúpulos, ocupan ahora la cima de la cadena alimenticia.


El panorama, más desolador que nunca, sitúa a nuestros protagonistas en una posición verdaderamente delicada, por lo que a medida que transcurren los minutos la historia va adquiriendo tintes survival en los que la violencia más salvaje cobra un gran protagonismo. En ese sentido, se agradece que el director no se ande con demasiados remilgos, algo que en una superproducción estadounidense destinada al gran público sería algo difícil de ver.

Y lo cierto es que se advierte en “The Colony” un intento por aproximarse al habitual blockbuster postapocalíptico de Hollywood, si bien es evidente que los recursos son algo limitados para alcanzar ese propósito. Con todo, la película ofrece un look atractivo, y aunque en ocasiones los efectos digitales se muestren algo insuficientes para llevar a buen término algunas secuencias (las explosiones en el puente y en la Colonia 5, por ejemplo), en líneas generales el trabajo infográfico es más que aceptable y permite dar credibilidad en pantalla a la inclemente era glacial que el director nos propone. La cuidada ambientación y el cumplidor reparto, unidos al buen ritmo de la cinta, convierten a “The Colony” en una propuesta nada desdeñable dentro de su subgénero, aunque la idea, probablemente,  pudiera haber dado más de sí con un presupuesto más holgado.

No obstante, su principal defecto reside en el pobre desarrollo de los personajes (especialmente flagrante en el caso del protagonista y su guapa novia). Y quizás el hecho de que sus cimientos se basen en un reciclaje de ideas y conceptos ya vistos con anterioridad en el género deje al espectador algo insatisfecho o indiferente. Pero en lo personal, me ha parecido un “producto de serie B” resultón y entretenido al que no se le puede exigir mucho más. Y en vista de los antecedentes fílmicos del director (cuyo currículum está plagado de baratos telefilmes), lo cierto es que el resultado es hasta cierto punto milagroso.



Valoración personal:

“2 Guns” (2012) - Baltasar Kormákur

Etiquetas: [Acción]  [Comedia]  [Crítica]  [Thriller]  [VRecomendable]  
Fecha Publicación: 2013-09-28T08:27:00.003+01:00


No todo en el mundillo de las novelas gráficas son superhéroes, criaturas surgidas de nuestras más profundas pesadillas u otras historias de carácter fantástico y de ciencia-ficción. En sus páginas ilustradas también hay lugar para otras temáticas, y éstas también pueden ser llevadas al cine. Así lo demuestran la denuncia social-política de “Persepolis”, el drama mafioso de “Una historia de violencia”, el noir de “Camino a la perdición” o la comedia de acción de “The Losers” y “RED”.

 “2 Guns”, la nueva película del director hispano-islandés Baltasar Kormákur (Contraband, The Deep), podría catalogarse dentro de ese último grupo: la comedia de acción.

Desde hace 12 meses, el agente de la DEA Bobby Trench (Denzel Washington) y el oficial naval de inteligencia Marcus Stigman (Mark Wahlberg) trabajan, cada uno por su cuenta, como infiltrados en una organización criminal que trafica con drogas. Cuando su intento por recuperar los millones de un cártel de la droga mexicano se descontrola, Trench y Stigman se verán entre la espada y la pared. El único modo de librarse de la cárcel o de una muerte segura será trabajando codo con codo. Y no les resultará nada fácil confiar el uno con el otro…

Una de las claves del subgénero de “buddy movie”, es decir, de las “películas de colegas”, es juntar a dos personajes con personalidades opuestas que se ven obligados a unir fuerzas por un objetivo común. A menudo, el contraste suele potenciarse remarcando otros aspectos que les diferencien a simple vista, como por ejemplo la edad o la raza. Pero para que la pareja funcione, más allá de sus diferencias (o gracias precisamente a ellas), es imrescindible que haya química entre sendos intérpretes. Y de química, Washington y Walhberg andan sobrados. Ambos actores forman aquí tan buena pareja, que uno se pregunta cómo es posible que no hubieran coincidido con anterioridad. A fin de cuentas, los dos están bien afincados al cine comercial, y ser el héroe de la función no es algo que les resulte desconocido a ninguno (y menos al amigo Denzel, habituado al rol de poli bueno).

El colegueo se percibe desde el primer instante en que comparten escena. Ambos son agentes inmersos en una misma operación, pero llevan sus investigaciones de forma paralela para sus diferentes agencias. Ninguno de ellos sabe que el otro es un agente federal encubierto, hasta que las cosas se complican y se encuentran, por así decirlo, con el culo al aire.

Cuando sus superiores les dan la espalda, no les queda otra que cooperar juntos para salir del buen lío en el que se han metido. Y es que tener a un cartel mexicano y a un agente de la CIA corrupto cabreados y pisándote los talones no es una situación agradable de la que se pueda uno librar sin la ayuda de un buen aliado.

A medida que los planes se van torciendo y los problemas van aumentando, la alianza entre Trench y Stigman se va fortaleciendo. Y por muy peliaguda que se ponga la situación, uno u otro siempre encuentra tiempo para hacer alguna bromita o lanzarse una puyita.

Ahí radica uno de los puntos fuertes de la cinta. La relación “amor-odio” entre sendos personajes y el cachondeito que se traen a lo largo de la trama. Sobre todo por parte de Sitgman/Walhberg, el graciosillo de la pareja. Dos personajes, en el fondo, egoístas y que se ven obligados a hacer piña ante una situación de riesgo en la que el sistema para el que trabajan se ha puesto en su contra.


Bajo la sencilla premisa se establece una trama algo más compleja que apunta a distintos frentes y que se va volviendo un tanto rocambolesca por momentos. Quizás una de los pecados del guión sea precisamente eso: rizar el rizo en exceso,  situando demasiados villanos en el escenario (lo que limita el papel de Bill Paxton –el mejor de todos- a menos minutos de los deseables) y llegando a forzar algún que otro giro más o menos predecible.

De todos modos, Kormákur es lo suficientemente hábil como para lograr que eso no afecte al ritmo de la película, por lo que ésta se mantiene exultante en todo momento, sirviéndose descaradamente de lo que en el fondo es su gran pilar: su pareja protagonista

Como complemento, un agradecido reparto de secundarios (Paxton, James Olmos, Patton…) que cumplen sobradamente con su labor, un humor que siempre (repito: siempre) funciona y aisladas escenas de acción poco resultonas pero bien ejecutadas. Así es como “2 Guns” se convierte en una de las agradables sorpresas de la temporada, equilibrando francamente bien la balanza entre pretensiones y resultados, y dejando para el recuerdo una singular pareja de polis que parecen estar pidiendo a gritos una secuela.

P.D.: La idea del robo en el banco de “Tres Cruces”, luagr en el que la mafia deposita sus ganancias, está tomada de un film de Don Siegel, “Charley Varrick” (aka La gran estafa). Un recomendable thriller setentero protagonizado por un Walter Matthau en un papel bastante inusual en su carrera. Merece la pena echarle un vistazo (aunque por lo demás nada tenga que ver con la película de Walhberg y Washington).



Valoración personal:



“Justin y la espada del valor” (2013) - Manuel Sicilia

Etiquetas: [Animación]  [Aventuras]  [Comedia]  [VInteresante]  
Fecha Publicación: 2013-09-21T14:56:00.000+01:00


En un mercado como el de la animación por ordenador, con estudios (americanos) tan potentes como Disney/Pixar o Dreamworks, entre otros, no resulta nada fácil hacerse un hueco. No sólo hay que competir con sus multimillonarios presupuestos, que les permiten un acabado visual impecable, sino también con su poderosa mercadotecnia publicitaria y sus voluminosas exportaciones al mercado internacional.

La industria americana es fuerte e implacable, pero estrenos recientes como “Tadeo Jones” han demostrado que, si se hacen bien las cosas, con el producto nacional también se puede conquistar al público (y a la crítica) y arrasar en taquilla. Y eso que los comienzos fueron algo torpes e inseguros.

“Donkey Xote”, sin ir más lejos, fue uno de los primeros intentos fallidos de nuestra industria. Aún se estaba tanteando el terreno, y no sólo la animación no estaba a la altura sino que tampoco el guión daba la talla (y pasar a copiar al burro de Shrek no fue, precisamente, un movimiento acertado). Al año siguiente la empresa granadina Kandor Graphics llevó a cabo, con el apoyo de la productora de Antonio Banderas, un nuevo proyecto: “El lince perdido”, cinta de animación con una historia -al que Donkey Xote- muy autóctona y con un trasfondo ecológico. Y si bien ésta aún quedaba lejos del cine que se producía al otro lado del charco, no es menos cierto que empezaban a apreciarse en ella ciertas mejoras tanto a nivel visual como en otros aspectos.

Con la llegada de “Planet 51” las cosas tomaron un cariz muy distinto. Se trataba ya de una superproducción de elevado presupuesto en la que se invirtieron muchos años de trabajo, y que tuvo unas ventas considerables a nivel internacional, proyectándose en 170 países de todo el mundo (sólo en EE. UU. se exhibió en 3500 salas). No es de extrañar, pues, que con esa cifra se convirtiera en la película española más taquillera de aquél año 2009.

Ahora, pasados varios años desde su debut, Kandor Graphics y Antonio Banderas vuelven a la carga con “Justin y la espada del valor”, una curiosa vuelta de tuerca a las gestas caballerescas.

Justin vive en un reino en donde los caballeros han sido desterrados y la justicia pasa por manos de los abogados. Su mayor sueño es llegar convertirse en un caballero, como lo fue su abuelo, pero su padre Reginald, consejero de la Reina, tiene otros planes para él: desea que su hijo siga sus pasos y se convierta en abogado.

Aguerridos y astutos guerreros, diestros con la espada y la palabra, de brillantes armaduras y obedientes corceles, y siempre dispuesto a servir y proteger al más débil.  Así son los caballeros. O al menos así eran… Sus tiempos de gloria, cuando eran reconocidos, admirados y respetados por todos, terminaron con la llegada de los burócratas y sus abusivas leyes.

En el reino de Justin ya no hay lugar para los caballeros, quiénes fueron desterrados y declarados proscritos a los ojos de la ley. Y sin embargo, la ilusión que persigue Justin desde bien pequeño es ser un caballero, pese a los designios de su padre, quién insta en convertirlo en un respetado abogado a su imagen y semejanza.


La historia de Justin es la historia de un muchacho que desea luchar contra el destino que se le impone. Su intención es tomar las riendas de su vida y su futuro, y lograr así alcanzar su anhelado sueño de convertirse en caballero. Y si para ello debe huir a escondidas del reino en busca de aventuras, que así sea.

Pero convertirse en caballero no es tarea fácil. Su admirable valentía y su buen corazón no son suficientes para alzar la espada en duelo, por lo que tendrá que afrontar un duro adiestramiento con, eso sí, los mejores maestros que uno pudiera desear.

De aspecto severo pero carácter afable, Legantir es el monje prior de la Abadía a la que Justin acudirá para su entrenamiento. Allí sus otros dos maestros serán Braulio, un sabio monje inventor de ingeniosos artilugios (atención a su “temible dragón”); y Blucher, un rudo y viejo caballero de la orden de los Caballeros del Valor que le instruirá en el manejo de la espada.

Con su ayuda, el delgaducho y patoso Justin se pondrá a prueba a sí mismo, tratando de mejorar sus habilidades hasta hacerse digno de lucir su reluciente armadura. Y debe darse prisa porque una amenaza se cierne sobre su reino: el malvado Sir Heraclio, un desterrado caballero en busca de venganza, ha reunido  a un ejército de maleantes con la seria intención de arrebatarle el trono a la Reina.


Una vez más, se trata de la eterna lucha del bien contra el mal, sólo que esta vez un admirable caballero es el villano de la función y un joven aprendiz de abogado es el héroe. Y como ya hace tiempo que dejamos atrás aquello de la damisela en apuros, nos topamos también con personajes femeninos de armas tomar como Talia, una compañera de aventuras diestra y leal (y a quién el intrusivo doblaje de Imma Cuesta le hace un flaco favor). A esta simpar pareja se une un mago muy peculiar que responde al nombre de Melquiades… O bien al de Karolius, según cuál sea la personalidad que adopte este excéntrico y bipolar hechicero. Todo un guiño éste a un “mítico” personaje de la farándula televisiva española de la década de los 90: Carlos Jesús/Micael (¿quién no se acuerda de sus revelaciones sobre Raticulín?).

En eso y poco más quedarían las escasas referencias patrias de la película (el resto son más bien cinéfilas), ya que por lo demás se trata de una propuesta universal y fácilmente exportable a otros mercados. Una vuelta de tuerca a las historias de caballería, con personajes estrafalarios tanto a un bando como al otro (además de Melquiades, tenemos también a Sota, el afeminado compinche de Heraclio; o Sir Antoine, un cobarde y avaricioso impostor), y portadora de valores que no por típicos dejan de ser fundamentales, como son el confiar en ti mismo y nunca darte por vencido, el luchar por lo que es justo o el decidir tu propio destino aún a expensas de lo que los demás quieran para ti.

Todo ello hace de “Justin y la espada del valor” una amena cinta de aventuras para toda la familia, demostrando una vez más que la animación nacional puede ser competente(no sólo a nivel técnico) y una válida alternativa al cine USA.


Si algo hay que reprocharle a la película, no obstante, sería su endeble apartado cómico, que no termina nunca de arrancarnos una buena carcajada.  



Valoración personal:

“R.I.P.D.” (2013) - Robert Schwentke

Etiquetas: [Acción]  [Comedia]  [Crítica]  [Fantástico]  [VInteresante]  
Fecha Publicación: 2013-09-20T08:47:00.000+01:00


Después del fracaso de crítica y público de “Green Lantern”, a Ryan Reynolds le convenía elegir bien sus siguientes proyectos.  Con “Safe House” (aka El invitado) se acercó a los números de taquilla que hizo con el superhéore de DC, pero la diferencia estribaba en que ésta última había costado prácticamente lo recaudado, 200 millones de dólares, y el thriller de acción protagonizado junto a Denzel Washington “solamente” 85 millones, con lo que el margen de beneficios fue mucho mayor.

Anotado este tanto, quedaba por ver cómo se las apañaría Reynolds en su siguiente superproducción, “R.I.P.D.”, cuyo presupuesto ha ascendido a la friolera de 130 millones, y con la cual no podía permitirse otro tropiezo. Y sin embargo, así ha sido.

Con críticas demoledoras a sus espaldas y una recaudación risible en suelo doméstico, es más que probable que “R.I.P.D.” sea el nuevo pelotazo de Reynolds que acaba estrellándose en el largero. Pero, ¿es tan mala como dicen?

El detective Nick Walker (Ryan Reynolds) parece tenerlo todo en la vida: es un buen agente de policía en la cúspide de su carrera y está felizmente casado con Julia (Stephanie Szostak). Sin embargo, él desea más, y esa avaricia le lleva a cometer un error que pagará muy caro. Durante una redada, Nick es traicionado y abatido mortalmente por su propio compañero, Hayes (Kevin Bacon). Una vez muerto, y para su sorpresa, es requerido para formar parte del R.I.P.D., el Departamento de Policía Mortal, que se encarga de perseguir a los demonios que habitan en el mundo de los vivos para mandarlos de vuelta al infierno. En su nuevo empleo post mortem, al joven agente le asignan como compañero al veterano sheriff Roy Pulsifer (Jeff Bridges), un testarudo cascarrabias que prefiere trabajar solo.

Ambos tendrán que superar sus diferencias para evitar que unos delincuentes acaben con el equilibrio entre los dos mundos…

Robert Schwentke, responsable de, entre otras, “RED”, uno de los sleepers -más incomprensibles, a juicio de un servidor- de 2010, dirige esta adaptación de un cómic estadounidense  que nos presenta a un departamento de policía muy especial. Una agencia del Más Allá encargada de que los muertos no regresen ilegalmente al mundo de los vivos. El deber de sus agentes, los mejores de cada época, consiste en detener y llevar ante la justicia a esos delincuentes que intentan escaquearse del Juicio Final buscando refugio en la desprevenida Tierra. Esto último lo logran camuflándose bajo una apariencia humana normal, pero en realidad su verdadero aspecto es monstruoso, un efecto que al parecer se produce cuando llevan demasiado tiempo fuera del lugar al que verdaderamente pertenecen.

Reynolds interpreta a un agente muerto en servicio que, dado su buen historial policial, es requerido para formar parte de dicho departamento. Pese a sus 15 años en el cuerpo, en su nueva etapa como policía no es más que un novato, y debe aprender a manejarse en este mundo que le es tan extraño. Las lecciones corren a cargo de su nuevo compañero, el sheriff Roy Pulsifer, un veterano alguacil chapado a la antigua que lleva cientos de años muerto trabajando como agente de R.I.P.D. Él le enseñará, a regañadientes, todo lo que necesita saber, y no será fácil, ya que entre ambos surgirán enseguida las tiranteces.

Se desarrolla así el clásico concepto de buddy movie en el que la pareja de polis empezarán por no llevarse demasiado bien, pero que en el transcurso de su investigación se verán obligados a unir fuerzas para evitar, en esta ocasión, una terrible catástrofe.


Pese a que sus orígenes se encuentren en las viñetas de unos cómics, el curioso universo fantástico desarrollado en la película nos es muy familiar. Demasiado, quizás.  Y es que no son pocos los detalles que nos recuerdan a los elegantes cazaalienígenas de “Men In Black”. Desde la pareja de polis formada por el novato y el veterano, hasta el concepto de fantástica y secreta agencia gubernamental, pasando por la fealdad de los monstrencos que, cómo no, se camuflan en nuestro mundo como personales normales y corrientes.  El parentesco con el film de Sonnenfield ya quedó patente en los primeros avances, pero a lo largo de la película su sombra es muy alargada.

Quizás por ello resulte inevitable señalar la falta de frescura de la propuesta, así como la carencia de ingenio y buen hacer que se requerirían para llevar a buen puerto dicho espectáculo.

Y lo cierto es que a nivel visual el director se las apaña medianamente bien, y aunque no invente nada, ofrece una dirección muy dinámica y juguetona, aunque a veces tienda a forzar en demasía algunos planos. Pero la historia, aunque atractiva (la idea en sí ofrece un amplio abanico de posibilidades), no termina de atrapar al espectador como sí lo hiciera en su momento Men In Black; y los efectos especiales, si bien se muestran muy competentes en algunos aspectos (la épica destrucción durante el tramo final pone de manifiesto el abultado presupuesto con el que se cuenta), en otros como en la recreación de los susodichos monstruos no dan la talla, lo que lamentablemente deja una sensación a producto chapucero y de baja categoría.

Por otro lado, resulta un poco triste contemplar a Jeff Bridges haciendo el ridículo con sus estúpidas y cansinas intervenciones y su estrambótico acento de paleto sureño (el cual lleva arrastrando desde “Valor de ley” y que, todo parece indicar, volveremos a sufrir en “Seventh Son”). Su exacerbada sobreactuación es algo que, esta vez y sin que sirva de precedente, el doblaje en español consigue disimular un poquito.

Reynolds sale mejor parado. El actor está en su línea, es decir, que ni demasiado bien ni demasiado mal, pero al menos en los momentos, llamémosles, dramáticos, el chico cumple. Como también cumple Kevin Bacon en su ya habitual –y siempre bienvenido- rol de villano.

Aunque lo intente, “R.I.P.D.” no es Men In Black. Ahora bien, para pasar el rato, la película funciona sin demasiadas quejas por mi parte, más teniendo en cuenta que no se anda con rodeos a la hora de desarrollar la trama y que su ajustada duración propicia que el tiempo pase rápidamente. Esto último algo de lo que algunos directores podrían tomar buena nota, porque no es necesario que un blockbuster dure de dos a dos horas y media. A veces, con hora y media (u hora tres cuartos) es más que suficiente.

Por otro lado, si a “R.I.P.D.” se la considera, desde el otro lado del charco, lo peor del año, entonces, ¿en qué quedan cosas como “A Good Day to Die Hard” o “G.I. Joe: Retaliation”?


Todos los años le toca a un blokbuster recibir, de forma un tanto exagerada, toda la saña de la prensa especializada y los palos del público. Y por desgracia para Reynolds le ha vuelto a tocar a él pagar el pato. Y sinceramente, no veo razones suficientes para semejante linchamiento. A peores cosas nos hemos enfrentado este año en una sala de cine.



Valoración personal:

“Percy Jackson y el mar de los monstruos” (2013) - Thor Freudenthal

Etiquetas: [Acción]  [Aventuras]  [Crítica]  [Fantástico]  [VInteresante]  
Fecha Publicación: 2013-09-13T18:07:00.002+01:00


De todos los intentos por conseguir una nueva franquicia juvenil que pudiera competir contra el todopoderoso Harry Potter, probablemente el único o de los pocos que no devino en un sonado fracaso fue “Percy Jackson y el ladrón del rayo”. Si bien no se puede decir que dicho film causara el impacto ni provocara el fenómeno de masas que sí tuvo (y retuvo) Potter, lo cierto es que a esta primera adaptación de la saga literaria “Percy Jackson y los Dioses del Olimpo” le fue lo suficientemente bien en taquilla como para justificar la aparición de una segunda entrega. Dicha secuela llega tres años después de su predecesora con la intención de contentar a sus seguidores y, a ser posible, sumar nuevos adeptos.

En esta ocasión, Percy y sus amigos deben encontrar el legendario vellocino de oro mágico para poder defender el Campamento Mestizo, amenazado éste por monstruos mitológicos que han logrado sortear sus barreras protectoras.

El viaje llevará a nuestros protagonistas a embarcarse en una peligrosa odisea a través de las aguas del inexplorado y mortífero Mar de los Monstruos, al que los humanos conocen como Triángulo de las Bermudas.

Ya ha transcurrido un tiempo desde que Percy Jackson salvara al Olimpo de su destrucción. Desde entonces, su vida en el Campamento Mestizo ha pasado más bien sin pena ni gloria, por lo que llega a cuestionarse si su primera gran victoria no fue sólo fruto de la casualidad; si en realidad aquello no fue más que una heroicidad de un solo día. Ahora que sus dudas le perturban, se cierne sobre él y el resto de los hijos de los dioses una terrible amenaza. El Campamento corre un serio peligro, y Percy no duda ni un segundo en volver a entrar en acción para demostrarse a sí mismo y a los demás que es un digno hijo de Poseidón.

Por supuesto, sus amigos, Annabeth (hija de Atenea) y el sátiro Grover, le apoyarán y se unirán a él en esta aventura en la que tendrán que hacer frente desde un toro mecánico que escupe fuego hasta cíclopes gigantes, entre otras terroríficas criaturas.

El recital de referencias a la mitología griega sirve, tal como ocurría en su antecesora, para trasladar objetos y personajes de aquellos mitos a la actualidad y confeccionar nuevas hazañas para nuestros jóvenes protagonistas. Así que si alguien confiaba en que esta segunda entrega se mantendría algo más fiel a aquellas leyendas, que se vaya olvidando de ello. A fin de cuentas, el objetivo de Rick Riordan, autor de las novelas, no residía en adaptar dichos mitos a a nuestros tiempos sino en extender aquellas historias, en darles aires renovados  para que sus fantasías pudieran seguir conquistando a las generaciones venideras.

Éste concepto es trasladado a las películas, beneficiándose de las ventajas del medio audiovisual para desplegar en él dichas aventuras con la espectacularidad requerida. A tales efectos, no obstante, cabe lamentar que el apartado infográfico no esté a la altura de las circunstancias. Los efectos especiales/digitales son, en ocasiones, bastante resultones, pero en otras más bien cantan la Traviata, lo que dificulta seriamente la credibilidad del repertorio fantástico que se da cita en pantalla. Y para una superproducción que se apoya prácticamente en sus efectos, eso resulta bastante daniño de cara al disfrute del espectador. 


También se nota la ausencia de Chris Columbus en la silla de director. El hombre a quién le debemos –ya sea como guionista o como director- algunos clásicos de nuestra infancia (Los Goonies, El secreto de la pirámide o Gremlins), el que dio vida a las dos primeras entregas de Harry Potter y en quién se confío los mandos de esta nueva franquicia, ejerce en esta ocasión de mero productor ejecutivo, quedando patente que a su sustituto, Thor Freudenthal (El diario de Greg), el encargo le viene un pelín grande.

Aunque “Percy Jackson y el mar de los monstruos” mantiene la esencia del film original y persigue sus mismo patrones aventurescos, se percibe en ella un aumento en las dosis de humor (a ratos simpático, a ratos risible). Las gracietas cómicas ya no recaen en exclusiva en el personaje del sátiro, si no que todos aportan su granito de arena. Quizás lo mejor en este sentido sea la breve pero estelar aparición de Nathan Fillion (¿o es Richard Castle?) como el Dios Hermes, y su sutil guiño hacia “Firefly”.

El hijo de Hermes, por cierto, vuelvo a ser el villano de la historia, pese a su supuesto fallecimiento en la primera entrega. Y es que ya se sabe que en una saga la muerte de un personaje no siempre es definitiva.

El regreso de Luke sigue condicionado por su odio hacia los Dioses, esos padres sobrenaturales y ausentes a quienes parece no importarles lo más mínimo la vida de sus descendientes. Luke pone en marcha su pérfido plan y, por supuesto, Percy y sus amigos tratarán de desbaratarlo. Y esta vez lo harán incorporando nuevos aliados a sus filas: Tyson, un inesperado hermanastro de Percy afectado por su condición de medio-monstruo; y Clarrise, hija de Ares (el Dios de la guerra) y principal rival por el liderazgo en el Campamento Mestizo.

Así que un repertorio heroico ampliado y nuevos monstruos es lo que ofrece esta continuación que, en líneas generales, se mantiene en la línea del anterior film, esto es, un ligero e inofensivo entretenimiento para la chiquillada. Por tanto, si aquella te gustó o como mínimo te hizo pasar el rato, ésta también lo hará. Si por el contrario te pareció otro fallido producto juvenil, lo más probable es que esta secuela no mejore tu opinión al respecto.


¿Habrá tercera entrega? La película deja un final abierto para que así sea, y dado que la (primera) saga literaria consta de tres libros más, lo lógico es que el estudio esté interesado en adaptar todos y cada uno de ellos. Pero como siempre, el que manda es el público, y si éste no responde como es de esperar, ésta podría ser la última aparición cinematográfica de Percy Jackson. A su homónimo en papel, no obstante, seguramente le quede cuerda para rato.


Valoración personal:

Autobombo: Crítica y Crónica de "La gran familia española"

Etiquetas: [Personal]  
Fecha Publicación: 2013-09-13T16:57:00.003+01:00



Hoy se estrena en la cartelera de nuestros cines "La gran familia española", una estupenda (y recomendadísima) comedia dramática dirigida por Daniel Sánchez Arévalo (Primos, Gordos, AzulOscuroCasiNegro) y protagonizada por Quim Gutiérrez, Antonio de la Torre, Roberto Álamo, Héctor Colomé, Miquel Fernández y Verónica Echegui, entre otros.

Teniendo en cuenta que la película no se inscribe dentro de la temática de Amazing Movies, he decido quitarle el polvo a mi otro blog, Diario de una mente perturbada, y publicarla allí. De este modo, reactivo aquél sin necesidad de duplicar contenidos.

Pero además, y dado que echamos (tristemente) el cierre a Tu Blog De Cine, he decidido que las críticas y otros artículos no relacionados con AM sean también publicados en una web amiga. Y para tales efectos, la elegida ha sido http://www.tomacine.com/.

Mi estreno en ella se produce no sólo con la crítica de "La gran familia española", sino también con un pequeño reportaje con las declaraciones del director y miembros del reparto presentes en la presentación de la película que hubo tras el pase de prensa. Un servidor tuvo la oportunidad de charlar con ellos y entrevistarles, así que en dicho reportaje/crónica podréis leer sus declaraciones. 

A continuación os dejo los respectivos enlaces:

Crítica de "La gran familia española"

http://tomacine.com/criticas/4441-critica-la-gran-familia-espanola.html

Entrevistas al equipo de "La gran familia española"

http://www.tomacine.com/directores/47-directores/4442-la-gran-familia-espanola-cronica.html


Saludos,

“Riddick” (2013) – David Twohy

Etiquetas: [Acción]  [Aventuras]  [CienciaFicción]  [DirectorDavid Twohy]  [VRecomendable]  
Fecha Publicación: 2013-09-10T15:14:00.002+01:00



Recientemente se conocía, de boca del propio Vin Diesel, que éste habría hipotecado su casa para llevar adelante esta tercera –y tardía- entrega de la franquicia. Un acto que demuestra el cariño y el compromiso del actor para con el personaje que, junto al Dom Toretto de “Fast & Furious”, le abrió de par en par las puertas de Hollywood.  Riddick se ha convertido en un figura icónica dentro del género, así como la película que nos la presentó, la estupenda “Pitch Black”, es un ejemplo perfecto de cómo muchas veces en el pote pequeño está la buena confitura. 

El culto proferido a esta deliciosa serie B animó a Diesel y Twohy a embarcarse en una secuela, “Las crónicas de Riddick”, mucho más ambiciosa (con “Dune” de Frank Herbert como claro referente), a la par que costosa. Y lo pagaron caro, pues en esta ocasión el público (incluyendo al fan de la primera parte) le dio la espalda. Un sonado fracaso de taquilla que anulaba cualquier posibilidad de sumar continuaciones a la saga. 

Huelga decir, no obstante, que se trata de una película que, una vez asumida la ruptura conceptual con su predecesora, gana enteros con cada nuevo visionado. Quizás por eso, y por el enorme potencial del personaje, se lleva años persiguiendo una tercera parte. Y ahora que por fin está aquí, no queda otra que verla y juzgar.

Traicionado por los suyos y dado por muerto en un planeta desolado, Riddick (Vin Diesel) tiene que sobrevivir al acecho de una letal raza alienígena de depredadores que ocupa el primer puesto en la cadena alimenticia del lugar. Su única vía de escape pasa por activar una baliza de emergencia, atrayendo a una serie de mercenarios y cazarrecompensas que acudirán al planeta a por su cotizada cabeza. 

La cinta empieza de forma pausada y solemne, con Riddick hablándonos de sus pensamientos más profundos, observando su adaptación en este inhóspito y salvaje planeta, y relatándonos la historia de traición que le ha llevado hasta allí. 

Consciente del descontento general con “Las crónicas de Riddick”, Twohy decide pasar página con respecto al tema de los Necróferos, y nos desvela de forma muy breve los detalles que han llevado a nuestro protagonista a la extrema situación en la que se encuentra. Así despacha rápidamente cualquier vínculo con el universo expandido en su predecesora, y prepara el terreno para lo que está por venir: un regreso a los orígenes. Y eso significa volver a posicionar a Riddick en un entorno  hostil en el que casi todo ser viviente, humano y animal, es un enemigo mortal al que combatir. 

Pero aquellos que quieren dar caza a nuestro amigo Riddick deberán unirse a él con tal de sobrevivir a la mortífera amenaza que se cierne sobre ellos, haciendo válida aquella emblemática frase de “el enemigo de mi enemigo, es mi amigo” del mismo modo en que ocurría en el film original.


Podríamos decir que Twohy se plagia a sí mismo, pero en todo caso esa sería una afirmación, si bien no errónea, sí un tanto frívola. Sería más acertado considerar que el director remodela y readapta la fórmula de “Pitch Black” partiendo de un punto de partida distinto que le permite incorporar ligeras pero significativas variaciones al esquema base.  En ese sentido, no sólo modifica al verdugo (esta vez se enfrenta a un monstruo alienígena de hábitat acuático-terrestre), algo absolutamente necesario, sino que convierte al grupo que acompaña al protagonista en una numerosa y dispar cuadrilla de mercenarios, cosa que favorece el discurrir de la trama en términos de acción. Además, al tratarse de dos equipos de mercenarios distintos, la forzosa alianza se realiza a tres bandas, multiplicando las discrepancias, rivalidades y conflictos internos entre ellos (patentes ya en el primer encuentro entre sendos equipos).

Durante buena parte del metraje, Riddick es el monstruo; la salvaje e implacable bestia asesina que sale de su madriguera para dar caza al incauto visitante. La presa se convierte en cazador, y los cazadores en presas, dando pie al consabido juego del gato y el ratón; sólo que esta vez el ratón es más astuto que toda la manada de gatos.

Twohy recupera así alRiddick más feroz y letal (atención a las gloriosas explosiones de violencia y gore), pero sin olvidar en ningún momento ese lado humano (y sufridor) que siempre le ha caracterizado, y que en esta ocasión se delata ante un peculiar y peludo compañero de andanzas. Un lado más amable que contrasta positivamente con su brutalidad a la hora de batirse en duelo ante el enemigo. 

La chulería y la socarronería habituales del personaje, aspectos que, junto al resto de atributos, le han convertido desde la primera entrega en un gran personaje (aunque aquí alguna de sus vaciladas –la venganza contra Santana- peque de exagerada), aumentan considerablemente con respecto a sus predecesoras. El humor, un factor eventual en la saga (quién no recuerda la muerte por “tazazo” de la segunda entrega), tiene aquí un valor añadido, con momentos bastante salados que nos arrancan una buena carcajada; menudo a costa de Santana, el grotesco y sádico sujeto que interpreta nuestro “querido” Jordi Mollá. De hecho, quien pensara que la presencia del actor español iba a ser meramente testimonial (un servidor, por ejemplo), no puede andar más equivocado. Mollá chupa cámara, y debido a la guasa con la que Twohy construye su personaje, no sólo no desentona en el conjunto sino que se erige como un valioso miembro del reparto de cara al jocoso cachondeo que el director nos proporciona.


Del resto de mercenarios, algunos pasan por pantalla sin pena gloria, como es de esperar, pues no son más que mera carnaza. Otros, simplemente, están ahí de relleno, para que haya variedad (el mercenario yogurín). Y otros, en cambio, se ganan su peso en la trama, como es el caso de Johns (Matt Nable), jefe del grupo de cazarrecompensas más, digamos, civilizado, y cuya naturaleza le vincula con la primera película de la saga, ofreciendo una dualidad muy interesante para con Riddick. También tenemos –quizás un poco desaprovechada- a la televisiva Katee Sackhoff (Battlestar Galactica, Longmire) en el rol de Dahl, la (única) tía dura del grupito y ocasional interés estrictamente físico del protagonista (y del director, quién no duda en mostrar sus bondades a cámara; dile tonto…); y al luchador de la WCW Dave Bautista haciendo currículum en esto del cine en un papel de pocas palabras, a sabiendas de sus limitaciones, pero que cuenta con sus minutos de gloria.

Todos ellos acorralados por unos bicharracos que aparecen oportunamente (cambiemos la propicia oscuridad de “Pitch Black” por la lluvia a modo de excusa para que los animalitos campen a sus anchas y se puedan pegar un buen festín)  para terminar de aguarles la fiesta en lo que viene a ser la traca final de la película. Evidentemente, éste es el tramo más ligado al concepto primigenio que dio lugar a tan soberbia monster-movie.

Si la decepción inicial con “Las crónicas de “Riddick” vino por alejarse, en tono y pretensiones, a lo visto en su predecesora, aquí uno no puede sino complacerse por haberse retomado la esencia de aquello que hizo grande a “Pitch Black”; el concepto survival sumergido dentro de una monster-movie de ciencia-ficción (al estilo Alienso Depredador), recuperando elementos cruciales de aquella (el planeta desértico, las criaturas alienígenas o la nave como única vía de escape) para darles un tratamiento algo distinto que logra compensar su escasez de originalidad con toneladas de diversión. Porque “Riddick” es un producto de “serie B” (38 milloncitos muy bien aprovechados, aunque de forma ocasional se muestren insuficientes) muy bien apañado y que da justo en la diana, erigiéndose como una dignísima y sumamente satisfactoria variante de “Pitch Black” sin que ello se convierta en un hándicap sino todo lo contrario, una virtud.  Twohy trata de cerrar así las heridas abiertas con el fandom, alargando y enriqueciendo un poco más la leyenda de Richard B. Riddick. Por ello, mi sentencia no puede ser otra que: ¡larga vida a Riddick!



Valoración personal: